miércoles, 30 de enero de 2008

Querer

A pesar de ser economista y habiendo aprendido que todo es cuantificable, yo no soy capaz de medir el cariño. Ni medir ni comparar. Aplicar a mis afectos el más, menos o igual que… me resulta imposible. Me pasa con los amigos, con la familia y me pasa, también, con mis hijos. Es verdad que con ellos el cariño es diferente y en este caso sí seguramente infinito pero yo no puedo decir que a los dos los quiera igual. No. Yo los quiero distinto. La relación con cada persona que ha entrado en mi vida y se ha ido quedando en ella tiene una historia y esa historia que nos une y que nos suele hacer reír juntos, o hablar, hablar y hablar, o incluso a veces llorar cuando el otro (o más bien la otra) llora es única. Y, si el cariño nace de esa historia única, por fuerza ha de ser diferente en cada caso. Con mis hijos me pasa lo mismo. Hay un amor implacable desde el mismo momento de su concepción (que para las que concebimos por métodos científicos y modernos está perfectamente identificado) pero su crecimiento y forma se han moldeado con las vivencias comunes. Quizá porque a mí ya me implantaron un embrión formado nunca tuve la sensación de que mis hijos fueran parte de mí, siempre fueron personas diferentes y desde que identificamos su sexo tuvieron su nombre. Y siempre me sentí su alojamiento provisional. Pero la naturaleza hizo que dejaran mi alojamiento antes, o mucho antes, de lo que sus propias leyes indican, y ahí empezamos a relacionarnos de tú a tú. Su gestación, nacimiento y crianza han sido una aventura única en cada caso y llena de riesgos. Peleamos sin descanso cada uno de nosotros con todas las armas que la vida puso a nuestra disposición. Y partimos desde muy abajo, que la primera pelea de mi niño grande hubo de ser aprender lo que casi todos los niños nacen sabiendo…succionar y entre los dos… lo conseguimos; para mi niño chico la batalla empezó antes incluso y ahí mamá solo podía mirar impotente a través del cristal de la incubadora y por lo bajito animar, vamos, corazón, respira, mi niño, respira. Y desde ahí, pasito a pasito, hemos ido peleando cada avance. Con tesón, con paciencia o sin ella, con rabia o a regañadientes pero ganando, poquito a poco, pero ganando. Ahora en casa los tres sabemos que respirar, mamar, sonreír, andar, correr o simplemente existir son los frutos de grandes aventuras de las que hemos salido victoriosos. Y el vivir todas esas experiencias juntos es lo que nos ha unido más allá de las leyes de la genética. Nos queremos, sin duda, pero sólo el aventurero mayor se atreve a cuantificarlo: te quiero mamá como de aquí a esa estrella o, mejor, como de aquí al final del cielo… pero mamá ¿dónde termina el cielo?.

martes, 29 de enero de 2008

Después

Experimentados y entusiastas esquiadores confiesan que el mejor momento de un día de esquí es el de quitarse las botas. Vigorosos gimnastas y nadadoras aficionadas que me rodean (las nadadoras eh, a mí solo me rodean las nadadoras) coinciden en que no hay nada como la ducha calentita después del esfuerzo. Más del noventa por cien de la población XX adulta estará de acuerdo conmigo en que el mejor momento de una boda o una noche de fiesta es el de quitarse los tacones. Y hay también un alto porcentaje de población, masculina y femenina, que en ciertos momentos íntimos y, sin quitar méritos al durante, otorga una puntuación más elevada al “después de”. Y seguro se nos ocurre alguna situación más. Bueno, a mí se me ocurre el caso de una intimísima amiga que después de (y no durante) su última relación sentimental ha estado más guapa y más contenta que en toda su vida, pero no debería decirlo porque está feo, no dice mucho a su favor y los efectos ya se le han pasado. Así que no lo digo.
Del párrafo anterior podríamos deducir nuestra estupidez supina, con no ponernos las botas, no ir al gimnasio, no machacarte haciendo largos en la pisci, no ponerse tacones, no perder mucho tiempo en…eso y no iniciar relaciones sentimentales sin tener la certeza de su buen fin estaría todo arreglado. Pero no. No es así. Hay que ponerse las botas porque disfrutar esquiando horas y horas es la causa del imprescindible dolor de pies que convierte en un placer el quitarlas; habrá que seguir yendo al gimnasio o a la piscina porque la delicia de la ducha final estriba en que te la has ganado y cuanto más te esforzaste más gozosa es; deberemos seguir poniéndonos tacones de vez en cuando porque, siendo cierto que los pies terminan doliendo, no lo es menos que mientras tanto está una “divina de la muerte”; lo siguiente me lo salto porque me lee mi padre y, al fin y al cabo, ya todos me entendéis. Y en cuanto a las relaciones sentimentales el buen fin nunca está garantizado al cien por cien (es una lástima), pero no obtiene premio el que no lo intenta y sin duda hay durantes que merecen la pena. Bueno, eso es lo que le dicen a esta amiga mía sus amigas filósofas. Que anda que no tiene. Y son de listas…

domingo, 27 de enero de 2008

Frustración (o lo siento pero yo no soy Anna Simón)

Ahora está de moda la teoría sicológica de que a los hijos hay que frustrarlos, enseñarlos a convivir con la frustración. Y ahí ando yo frustrando a diestro y siniestro. Que son mis hijos y, al fin y al cabo, es mi obligación. Pero acabo de descubrir que soy probablemente, aunque de manera involuntaria, culpable de alguna otra frustración que quiero paliar cuanto antes.
Con estos avances tecnológicos no era yo consciente de que al abrir un blog en blogger.com todo el blog y cada palabra de su contenido pasaban a los buscadores de google y, aunque eso puede ser bueno para recibir nuevos e inesperados lectores, me temo hay algunos casos en los que las esperanzas de las personas en búsqueda se ven frustradas, incluso brutalmente, con mi blog.
Por ejemplo hay alguien que tal día como hoy ha tecleado “blog de ganchillo” y como tercera opción le ha salido el mío y, claro, nada que ver. Existe también un pobre hombre que inició su búsqueda con la frase “¿cómo llevar a mi novia a Bora-Bora?” y va google y le manda a mi blog. Que me quedé yo intrigada pensando si habría conseguido su objetivo, aunque luego lo pensé mejor y prefiero no enterarme de quién es porque como dé la puñetera casualidad de que sea un exnovio mío buscando viajecitos exóticos para contentar a nuevas novietas no estoy segura de poder controlar mi furia.
Pero por los que me siento más compungida es por los pobres fans de Anna Simón. Yo he investigado y parece que Anna Simón es una presentadora rubia y estupenda (no voy a decir yo aquí lo que suelen decir los XY, que yo de chicas no entiendo) de un Canal de Televisión. No debe haber fotos de ella desnuda porque las búsquedas son siempre así “anna simón desnuda” y… terminan en mi blog… Y a mí me dan pena, oye, los pobres chicos buscando ver en bolingas a Anna Simón y terminan leyendo una chorrada sobre mi vida (vamos, como mucho una) y nada de carne al descubierto, pobres. Pero como la pena que me dan no me alcanza para llevar mi desnudo personal y literario al terreno práctico y friolero voy a optar por facilitarles la búsqueda, ya que en este mismo “cajón de blogs” existe uno dedicado a ella: http://anna-simon.blogspot.com/ Y mira, no sé, lo mismo si se lo pedís insistentemente termina despelotándose en la portada de cualquier revista. Suerte, chicos.

viernes, 25 de enero de 2008

Definir bien

A raíz de una petición mía, hay una revista literaria de pequeña tirada y con sede en una capital de provincia del sur que puede ser que, quizá a lo mejor y si les cuadra, tengan a bien publicar alguno de mis textos. Me pidieron que eligiera uno y, después de hacer una encuesta entre mis lectores y lectoras preferidos y no conseguir que se pusieran de acuerdo más de dos, me di cuenta de que la extensión límite era tan breve que solo valía uno así que fue elegido por causas de fuerza mayor. Pero en ese mismo mail en el que me solicitaban la elección de uno también se interesaban por mis anteriores publicaciones (omito relatarlas aquí porque dan penita) y por saber también cuál era mi “especialidad en alguna rama de la literatura”. Según recibí el correo pensé “yo a este párrafo ni contesto, que no quiero auto-humillarme”, pero recordando uno de mis más profundos credos literarios (cualquier situación puede ser interesante si consigues contarla bien), me devané los sesos pensando cómo podría yo decir que lo que estoy leyendo ahora es una novela y un libro de autoayuda y que lo que escribo son chorraditas en un blog, pero de manera que quedara profundamente literario e intelectual. Después de arduas deliberaciones conmigo misma llegué a la siguiente frase: “como lectora me interesa la narrativa contemporánea y el ensayo literario y sicodidáctico y como escritora me especializo en micro-relatos costumbristas fundamentalmente urbanos”. Hala. Y lo he enviado y todo. Pero me da a mí que en muy poquito tiempo voy a descubrir cómo se dice “vaya usted a contar sus micro-relatos costumbristas y urbanos a su mismísima familia y amiguetes” de forma “profundamente literaria e intelectual”. Ya os contaré.

miércoles, 23 de enero de 2008

Botones

Ayer por fin conseguí culminar mi primer gran proyecto del año entrante: comprar unos botones para el babi del cole de mis compañeros de piso. Seguro hay algún listo o lista que ya se está sonriendo pensando que yo soy medio lela considerando esto un proyecto. Pues no, o quizá sí pero sería independiente de este tema. En un pueblo o ciudad pequeña si necesitas unos botones te vas en un ratillo a las dos o seis mercerías que conoces, si resulta que los tienen los compras, y si no tienen pues compras los que hay y reduces o agrandas el ojal. Y problema resuelto. Pero en Madrid es diferente. Madrid es muy grande (aaahhhh, ¡qué suertaza!), y aquí seguro los tienen en algún sitio. Así que hay que buscarlos. Sólo eso. Y esa búsqueda… se convierte en todo un proyecto.
En mi casa la “crisis” se desencadenó el martes de vuelta al cole después de las vacaciones de Navidad. Al preparar los babis resultó que al del mayor de mis compas le faltaban cuatro botones (interesante proporción cuatro de seis), el caso es que él los mordisquea y por el número de desaparecidos supongo que alguno debe tragarse así que gracias a que soy madre previsora y tengo otro babi busqué el otro, al que faltaban otros dos, y solucioné el problema con una aritmética aplastante: dos babis, seis botones, pues todos los botones al mismo babi y ya está, solucionado… provisionalmente.
Entonces es cuando emprendí la búsqueda de los botones por la apasionante ruta de las mercerías madrileñas. Empieza por las dos mercerías de mi barrio: una resultó estar cerrada desde meses atrás y la otra no los tenía. Vale. La siguiente tarde sin compromisos la dediqué a las mercerías de los distritos colindantes (esa es otra de las supermegaventajas de vivir en Madrid, para buscar unos botones necesitas programar una tarde entera). Nada. ¿Botones de babi? No, agotados. No, sólo me quedan más grandes. No, sólo me quedan más pequeños. Y claro si yo viviera en un pueblo más pequeño a la segunda mercería compro botones pequeños, achico el ojal y se acabó pero no, que yo tengo la gran suerte de vivir en Madrid con cientos de mercerías a mi disposición y además, para más INRI, yo no soy de los que se rinden… ¡a seguir buscando!.
Cuando el tema “botones” apareció en un sueño del que desperté con sudores fríos me pareció que había llegado ya al “momento Corte Inglés”. Una de las mayores leyendas urbanas madrileñas dice que allí “hay de todo”. Pero no. Botones de babi tamaño cole de mis niños… no. Y el caso es que estaba la estantería repleta de botones iguales y de todos los tamaños, salvo el que buscaba, claro. A todo esto, inmersa yo en recorrer la ruta turística, transcurrió la primera semana y el domingo siguiente hube de traspasar toda nuestra reserva de botones de un babi a otro. Menos mal que, siendo una mujer de recursos, conozco que, en cuestiones de labores, si falla El Corte Inglés siempre nos queda Pontejos. Y allí dediqué la siguiente tarde temática. En la primera mercería de la plaza me explican que no, no tienen y además no los pueden pedir porque el mayorista exige que pidan de todos los tamaños a la vez y hasta que no se agoten los otros (de los que tienen cajas enteras) no pueden pedir éstos. Una muestra más de la aplastante lógica y racionalidad del funcionamiento del mercado. Pero en el segundo intento en la misma plaza, después de una hora de inquietante espera…bingo… botones de babi tamaño estándar. Me llevé una caja. ¿Que para qué los quiero?. La mitad para seguir manteniendo la dieta alimenticia de mi hijo mayor y con el resto estoy pensando convertirme en botóntraficante en la puerta del cole. Que huelo yo una gran demanda desesperada sin cubrir y necesito financiación para poder emprender rutas turísticas más interesantes.

sábado, 19 de enero de 2008

París

Conozco muy bien París. Así a ojo debo haber hecho turismo por ella en no menos de diez ocasiones, y lo normal es pensar, vaya, si ha ido tanto a París será porque conoce ya medio mundo… Y no, nada más lejos de la realidad. Yo conocer, conozco… París.
Todo empezó el verano de 1989. Mi padrino, muy rumboso, para celebrar mi licenciatura universitaria me largó un talón por xmil pesetas, que entonces eran una pasta, y que yo invertí en un inter-raíl por toda Europa ¿y por dónde salí a Europa? Sí, por la “Gare” de Austerlitz en París estación de llegada del memorable expreso Puerta del Sol.
Al verano siguiente fui con una amiga a un curso de francés organizado por no me acuerdo quién en la ciudad universitaria de… París. Viajamos en autobús y estuvimos quince diítas de marcha turística, nocturna e idiomática por tan bella ciudad.
Un año después hice otro inter-raíl con una de mis primas, empezando el recorrido en… ¿París?.
Tras unos, pocos, años más de soltería poco aprovechada para recorrer el mundo lejano di en emparejarme con un contrario con pánico a volar… Bien, no hay problema, viajaremos en tren. Y en tren viajamos. ¿Cuál es la salida natural desde Madrid a Europa en tren?. Ya ni lo digo.
Luego vinieron los niños, el divorcio… unos añitos sin viajar… y nueva temporada viajera que inauguré con un paquete completo “15º Aniversario” a Eurodisney. Sí. Y, aunque lo parezca, no es masoquismo, a mis niños les hacía ilusión y al fin y al cabo qué culpa tengo yo de que no quisieran ponerlo en la Costa Brava. Eso sí esta vez fuimos en avión, un nivelazo.
Para dar un poco de alegría a mi apasionante trayectoria (tanto turística como sentimental) ligué yo con un tipo supuestamente viajero y aventurero. Por fin iba a recorrer cielos y mares a lo largo y ancho de este mundo. Y entonces, a pocas semanas del primer puente que conseguimos liberarnos de compromisos laborales y familiares, me llama Mc Gyver por teléfono y me suelta: “Tengo una sorpresa para tí. Dos billetes de avión a…”. Bien, bien, bien, avioncito, y nos vamos a…“París”. ¿A París? “¿Estás de coña?”. No, no lo estaba. No lloré de puro milagro. “¿Es que no te gusta?”. “¿Gustarme? pues sí, las primeras diez veces lo mismo me gustó, pero si pienso que jamás pisé el resto de las decenas de ciudades a las que vuela la aerolínea… ya me gusta mucho menos”. Y va el tío y se mosquea. Así que… a París. Otros cuatro diítas en París.
En consecuencia, me pierdo yo mucho más en los pasillos de El Corte Inglés que en los del Louvre. Y al D’Orsay ya voy sin gafas. Y además, rendida ahora a la evidencia de que alegrar a la vez mi vida viajera y sentimental es mucho pedirle al panorama, empiezo a planear próximos puentes y vacaciones y a hacer cábalas sobre a quién me puedo yo llevar a París. Porque la única incógnita es el quién, en lo demás me temo que hay destinos (también turísticos) contra los que es inútil luchar.

miércoles, 16 de enero de 2008

Miopía

Es una de mis limitaciones. La más evidente, por otra parte. Aunque puesta a elegir limitaciones ésta no está mal, es bastante leve comparada con muchas otras. Además hay dos teorías estupendas sobre ella: la primera, que es un signo de inteligencia (lo sé, no hay base científica pero eso es lo de menos, a mí me gusta); y la segunda que los pintores impresionistas no es que pintaran así adrede, no, es que eran miopes y ellos pintaban lo que veían, vamos sin ir más lejos yo misma en la ducha soy puro impresionismo, y el gel, el champú, el suavizante, la toalla… todo. Dicen que las embarazadas son conscientes de pronto de su voluminosidad cuando al ducharse no se ven los pies, a mí no me pasó porque ya hacía años que había desistido de ver mis pies en la ducha como algo más que una mancha impresionista.
Una vez me hicieron una encuesta con, entre otras, esta pregunta: ¿qué es lo primero que hace usted cuando se levanta? y tuve que responder “otros” porque, aunque había varias opciones: ducharse, tomar un café, vestirse, despertar a los niños… a nadie se le había ocurrido añadir “ponerme las gafas”, que es lo primero que no tengo más remedio que hacer yo y… otros cuantos más. Porque hay un montón de miopes anónimos por la calle con sus lentillitas puestas pero en casa, a la hora de levantarnos, todos somos iguales, sin gafas no vemos un pimiento.
No obstante, lo de ver y no ver según te pongas o quites las gafas tiene sus ventajas en algunas situaciones. Por ejemplo, tú te quitas las gafas y, como no ves, tienes la sensación de que nadie te ve, así que es divino para el top-less en la playa; y, lo mejor de todo, para los malos despertares, que a veces la transformación de una de cómo se acuesta a cómo se levanta es casi como de Jekyll y Hyde, ¿y qué haces? ¿avisas? mira, tú no te asustes, que se me pasa enseguida, en cuanto me doy una duchita y me pinto la raya vuelvo a parecerme a la Roberts… ¿un poco delicado no? ¿O te despiertas antes y cuando se despierte él ya estás pintada como una puerta? (que eso hacía una modelo durante sus once años de matrimonio según sus confidencias a una revista de esas supercultas que yo leo). Pues no. Hay una solución mucho más práctica. Elegir bien. Yo, como el posible contrario tenga menos de tres dioptrías, ni siquiera me planteo ponerme interesante, y lo de co-pernoctar… ni soñarlo si no tiene por lo menos cuatro en cada ojo. Y nadie se pone las gafas hasta después de la duchita y el rimel, pero nadie NADIE, que yo tampoco quiero sorpresas.

P.D. Un beso a una amiga mía inconsciente que va a ingresar voluntariamente y por medios quirúrgicos en el mundo de los no miopes, tú verás lo que haces. Y un saludo a todos los conocidos que me puedan haber encontrado en playas y piscinas y se hayan sentido ignorados. No es que en bañador me vuelva borde, no, es que sin gafas no conozco. La próxima vez que me encontréis saludadme vosotros. Bueno, salvo que me pilléis en top-less, entonces disimulad, disimulad.

domingo, 13 de enero de 2008

Cobarde

Érase una vez un niño cobarde. Su abuelo le dice que lo es. “Sí, mamá, el abuelo lo dice, soy más cobarde que un pollino”. Y, la verdad, miedo sí tiene y mucho. A él le da miedo la oscuridad, y montar en avión, los perros, el agua, los escorpiones, y montar en bici, y también los columpios si llegan muy alto… y, sobre todo, qué pasaría si mamá algún día no está y él está solo…
Pero el niño miedoso conjura su miedo a la oscuridad con la linterna frontal que los Reyes adivinaron le gustaría, y apaga la luz para ver qué tal se ve. El niño miedoso, tras rozar el ataque de pánico en su último viaje en avión, no tuvo ningún reparo en confirmar que repetiría porque “a mí me ha dado mucho miedo pero si mamá va yo voy con ella”. El niño miedoso evita a los perros pero acaricia a Luna en cuanto la ve porque es una perrilla amiga. El niño miedoso disfruta su clase semanal de natación, aunque no aprenda mucho, y juega en verano en la piscina confiado en que la burbuja que lleva a la espalda tiene superpoderes y, cuando un niño mayor le hace una aguadilla, solo dice “a mí esto me da mucho miedo, no me lo vuelvas a hacer ¿vale?” y sigue jugando con él tan contento. El niño miedoso teme a los escorpiones pero no le parece bien salir corriendo si encuentra uno y él cree que deberá matarlo y no sabe cómo, así que investiga qué ha de hacer, por si acaso. El niño miedoso aprendió a montar en bici sin ruedines, enfadándose con la tonta bici pero volviéndose a subir, aún lleno de lágrimas y mocos, cada vez que se caía. El niño miedoso sube a veces al columpio si lo hacen sus amigos y él les dice que no llegará muy alto porque es cobarde, que su abuelo lo dice.
Y el niño miedoso, sabiendo que el miedo asusta, pregunta a mamá qué le da miedo a ella y mamá, cobarde, calla y mira envidiosa a su niño valiente.

miércoles, 9 de enero de 2008

Vida normal

A mitad de las vacaciones de Navidad, a mitad los optimistas, que algunos antes, ya estamos la mayoría soñando con volver a nuestra vida normal. Que pasa también en vacaciones de verano. Creo que esas ganas son proporcionales al número de cohabitantes en tus vacaciones (que estás sola con tu pareja, allá para el día doce de los quince que te vas ya piensas en volver, que tienes pareja y un hijo, hacia el diez, sin pareja y dos hijos, hacia el nueve, con dos y pareja para el ocho, si dos hijos, pareja y suegra hacia el cinco, tres hijos, pareja y tus padres el tres y de los demás, la mayoría, no se quieren ni ir); la única cohabitante que alarga el tiempo de disfrute de las vacaciones es la cuidadora, si con dos hijos sólo llegas disfrutando al día nueve, dos más cuidadora no restan, suman, y puedes estar tan contenta hasta la víspera de la vuelta. Triste la comprobación de que la cuidadora te hace las vacaciones más felices que tu marido, pero sí, a veces pasa. Total, que muchos soñamos con la vuelta a la vida normal. ¿Y qué es eso?. Porque la vida “normal” da unas vueltas que no veas. Así que, además de las ganas de volver a ella, te acompaña cierta intriga por saber si la normalidad a la que vuelves es la misma de cuando te fuiste, porque ¿cuál va a ser la nueva vida normal en este año a estrenar?: ¿cuantas visitas semanales a médicos de cualquier especialidad incluye?, ¿cuantos sobresaltos?, ¿algún cambio de trabajo?, ¿cuantos encuentros?, ¿cuantos desencuentros?, ¿cambio de residencia?, ¿venderás el piso?, ¿a qué serie te engancharás?, ¿será año de qué deportista soy o de vaya, otro michelín?, ¿cuantas bodas, bautizos, celebraciones?, ¿cuántas broncas en la oficina?, ¿cuántas reuniones con amigos?, ¿cuántos amigos nuevos?, ¿habrá algún miembro más en la familia?, ¿cuántos viajes?, ¿cuántos premios literarios (oye, nunca se sabe)?... ¿cuántas… sorpresas? Porque es probable que, al final, la única diferencia entre la vida navideña y la vida “normal” sea la actitud ante las sorpresas. Porque las fiestas las pasas con el estrés continuo de estar siempre a punto de recibir una sorpresa, que se lo has pedido tú de regalo a Papá Noel o a los Reyes, pero cuando llega la vida “normal” ya te relajas y no esperas recibir sorpresas… y ahí es cuando la cagas. Porque a ver quién es el listo que es capaz de mantener un mes de vida “normal” sin ni una sola sorpresa. Vamos, ni hibernando.

sábado, 5 de enero de 2008

Magia

La Real Academia dice que es magia el arte o ciencia oculta con la que se pretenden producir resultados contrarios a las leyes naturales. Y es ley natural el “dictamen de la recta razón que prescribe lo que se ha de hacer o lo que debe omitirse”. Es magia entonces el arte de producir resultados contrarios a la recta razón.
Cándida magia será, por tanto, que un ratoncito cargue con una cometa hasta la casa de un niño al que acaba de caérsele un diente, no tanto, que ya es, porque cargue con ella sino porque sea capaz de canjeársela por ese minúsculo diente. Magia erudita la que hace ver a unos ojos que, no más acababan de asomarse al mundo, recibieron el dictamen contrario de eminentes oftalmólogos. Magia circense el equilibrio diario de las horas con las obligaciones, afectos y aficiones. Benévola magia, sin duda, la que consigue el disfrute del mismo trabajo de siempre, al que aún llevándose las mejores horas de tu día has de agradecer que te pague las facturas. Acaso rutinaria magia será que en un día con ánimo “cruzado” encerrado en el coche bajo una tormenta y en medio de un atasco oigas como la radio emite la única canción que podría sacarte una sonrisa. Y qué ha de ser si no magia insensata el simple hecho de gustar, querer, atraer o encantar y, en los casos en que ese hechizo se da con correspondencia biunívoca… puritita magia potagia. Magia infinita la amistad perdurable. Y pertinaz magia la que hace nacer y nutre el para siempre. Máxima magia el que dos diminutas células se encuentren en el cálido ambiente de un útero o en el frío aséptico de un laboratorio y se fusionen, y aniden, y crezcan hasta construir un pequeño individuo que aprendió a comer sin que nadie lo enseñara… Magia corriente, habitual, casi de andar por casa, pero magia.
Y si esto ocurre todos los días qué no podrán hacer los mismísimos Reyes de la magia. ¿Y si probamos?. ¿Quién no tiene un proyecto, una aspiración en la que venga bien un pequeño empujoncito mágico?. Ya sé que todos de niños llegamos a descubrir que nuestros Reyes Magos eran los padres, pero eso es porque los niños piden juguetes y desde Oriente es muy difícil estar al tanto de la última novedad en juegos de la Play, DS o Wii. Ahora es distinto. Ya no pedimos juguetes. Tan sólo un poquito de magia. Y de eso Sus Majestades andan sobrados.

martes, 1 de enero de 2008

Un brindis

Dicen (he dicho dicen ¿eh? que a mí no me pasa) que cuando uno se va haciendo mayor corre el riesgo de pensar que los años pasan en balde, sin cambios, rápido, sin enterarse uno, vamos como a lo tonto. Un buen ejercicio para comprobar que no es así es enumerar cuántas cosas se hicieron por primera vez en el año que pasó.
¿Qué tal?. ¿No se te ocurre ninguna?. Piensa un poquito. ¿A que sí que hay?.

Pues para que al final de este nuevo año no tengamos que estar devanándonos los sesos ahí va mi brindis: por un 2008 lleno de primeras veces. Chin-chin.