Yo tengo prejuicios. Probablemente más de los que yo misma sé y, en cualquier caso, más de los que quisiera. Y alguno de los que tengo identificados son los que yo llamo “prejuicios contra lo bueno”. Vamos, de lo más tonto que existe:
1. Pensar que las personas no pueden ser estupendas del todo. Por ejemplo, mi vecina del quinto. Si la veo a las siete de la mañana en el ascensor está ella… estupenda, que me la encuentro en el parque persiguiendo niños, pues ella está… ideal, que en la farmacia de guardia a las nueve de la noche… impecable, que la veo un jueves por la tarde en pleno verano y le pregunto “¿qué, de boda?” ella me contesta, “no, vengo de la piscina”, y yo a su lado recién arreglada porque salgo de copas parezco un espantapájaros. Y ahí es donde mi cerebro prejuicioso y envidioso que no admite la perfección le coloca algún defecto: seguro que es imbécil y va de superior por la vida. En las semanas siguientes coincido más con ella y resulta que no. Superior la creo yo que soy la que está haciendo el imbécil. Porque ella resulta ser una mujer inteligente con una buena carrera profesional, sensata, abierta, con un marido normal y unos hijos normales, tirando a estupendos. Vamos, normal y perfecta a la vez. Es cierto que ella tiene defectos y problemas como todo el mundo, pero a lo mejor tiene menos defectos y algo de suerte, casi con seguridad merecida, y tiene menos problemas que la mayoría. Es posible ¿no?. ¿Por qué no va a ser posible ser guapa, lista, tener una pareja estupenda, unos hijos de los que estar orgullosa, un trabajo que te haga sentir bien…? ¿Por qué? ¿No es a eso a lo que aspiramos muchos?. ¿Quién nos ha engañado para que creamos que es imposible?. Me gustaría aprender y, cuando vuelva a cruzarme con alguien deslumbrante, no pensar… vale, pero seguro que le huelen los pies.
2. La música clásica… un tostón. Correspondencia biunívoca. Vamos que lo sé yo desde mis años en el cole. Es un triunfo de la enseñanza musical en mí. Que qué tendrá que ver el “debajo un botón, tón, tón” interpretado por el plantel de flautistas de mi clase con la música clásica. Pues esa era la que yo aprendí. Todavía cuando hablan de música clásica me visualizo a mí misma ejecutando con la flauta (no hay verbo mejor para mi destreza) el Noche de Paz. Y… no puedo. Así que yo asumí esa premisa: música clásica = tostón infumable. Y de pronto un día me fijé en la música de un anuncio en la tele y pensé, anda, qué música más chula, y algún iluminado me dijo “es de Albinoni”. Y seguro que hice algún chistecito. Luego en las películas, en algún otro anuncio, entre los discos de mi padre, fui descubriendo alguna sorpresa más. Pero ya me pilló pelín grande y falta de oído así que no supe ni por dónde empezar.
3. ¿Y qué decir de la literatura? ¿Quién era el listo o la lista en mi instituto que era capaz de decir que se divirtió leyendo la Odisea, que era lo que te obligaban a leer?, ¿o a Shakespeare?, ¿o a Cervantes?... ¿Bécquer?... Vamos, ni de coña. Lo mismo pensaban que eras gilipollas (o culto, que era mucho peor). ¿Unamuno? ¿Víctor Hugo?... En la Universidad, siendo de Ciencias, algo parecido. Así que empecé a leer otros autores más modernos y, después de años leyendo, me di cuenta de que sólo había leído sucedáneos. Que en el chocolate ni se me hubiera ocurrido, pero con los libros… encima me creía moderna.
Así me pasa, que tanto prejuicio tanto prejuicio… me ha hecho perderme un montón de seguro disfrute en música, en libros y, probablemente, en personas. Voy a ver si recupero el tiempo perdido. En libros y música puedo tirar de biblioteca. En cuanto a las personas… si algun@ conocéis a un tipo guapo, interesante, divertido, vamos, perfecto… avisadme, que tengo que hacer yo una prospección a ver si es real y completar mi teoría. Es puro afán científico. Lo juro.
1. Pensar que las personas no pueden ser estupendas del todo. Por ejemplo, mi vecina del quinto. Si la veo a las siete de la mañana en el ascensor está ella… estupenda, que me la encuentro en el parque persiguiendo niños, pues ella está… ideal, que en la farmacia de guardia a las nueve de la noche… impecable, que la veo un jueves por la tarde en pleno verano y le pregunto “¿qué, de boda?” ella me contesta, “no, vengo de la piscina”, y yo a su lado recién arreglada porque salgo de copas parezco un espantapájaros. Y ahí es donde mi cerebro prejuicioso y envidioso que no admite la perfección le coloca algún defecto: seguro que es imbécil y va de superior por la vida. En las semanas siguientes coincido más con ella y resulta que no. Superior la creo yo que soy la que está haciendo el imbécil. Porque ella resulta ser una mujer inteligente con una buena carrera profesional, sensata, abierta, con un marido normal y unos hijos normales, tirando a estupendos. Vamos, normal y perfecta a la vez. Es cierto que ella tiene defectos y problemas como todo el mundo, pero a lo mejor tiene menos defectos y algo de suerte, casi con seguridad merecida, y tiene menos problemas que la mayoría. Es posible ¿no?. ¿Por qué no va a ser posible ser guapa, lista, tener una pareja estupenda, unos hijos de los que estar orgullosa, un trabajo que te haga sentir bien…? ¿Por qué? ¿No es a eso a lo que aspiramos muchos?. ¿Quién nos ha engañado para que creamos que es imposible?. Me gustaría aprender y, cuando vuelva a cruzarme con alguien deslumbrante, no pensar… vale, pero seguro que le huelen los pies.
2. La música clásica… un tostón. Correspondencia biunívoca. Vamos que lo sé yo desde mis años en el cole. Es un triunfo de la enseñanza musical en mí. Que qué tendrá que ver el “debajo un botón, tón, tón” interpretado por el plantel de flautistas de mi clase con la música clásica. Pues esa era la que yo aprendí. Todavía cuando hablan de música clásica me visualizo a mí misma ejecutando con la flauta (no hay verbo mejor para mi destreza) el Noche de Paz. Y… no puedo. Así que yo asumí esa premisa: música clásica = tostón infumable. Y de pronto un día me fijé en la música de un anuncio en la tele y pensé, anda, qué música más chula, y algún iluminado me dijo “es de Albinoni”. Y seguro que hice algún chistecito. Luego en las películas, en algún otro anuncio, entre los discos de mi padre, fui descubriendo alguna sorpresa más. Pero ya me pilló pelín grande y falta de oído así que no supe ni por dónde empezar.
3. ¿Y qué decir de la literatura? ¿Quién era el listo o la lista en mi instituto que era capaz de decir que se divirtió leyendo la Odisea, que era lo que te obligaban a leer?, ¿o a Shakespeare?, ¿o a Cervantes?... ¿Bécquer?... Vamos, ni de coña. Lo mismo pensaban que eras gilipollas (o culto, que era mucho peor). ¿Unamuno? ¿Víctor Hugo?... En la Universidad, siendo de Ciencias, algo parecido. Así que empecé a leer otros autores más modernos y, después de años leyendo, me di cuenta de que sólo había leído sucedáneos. Que en el chocolate ni se me hubiera ocurrido, pero con los libros… encima me creía moderna.
Así me pasa, que tanto prejuicio tanto prejuicio… me ha hecho perderme un montón de seguro disfrute en música, en libros y, probablemente, en personas. Voy a ver si recupero el tiempo perdido. En libros y música puedo tirar de biblioteca. En cuanto a las personas… si algun@ conocéis a un tipo guapo, interesante, divertido, vamos, perfecto… avisadme, que tengo que hacer yo una prospección a ver si es real y completar mi teoría. Es puro afán científico. Lo juro.

