miércoles, 28 de noviembre de 2007

Prejuicios

Yo tengo prejuicios. Probablemente más de los que yo misma sé y, en cualquier caso, más de los que quisiera. Y alguno de los que tengo identificados son los que yo llamo “prejuicios contra lo bueno”. Vamos, de lo más tonto que existe:
1. Pensar que las personas no pueden ser estupendas del todo. Por ejemplo, mi vecina del quinto. Si la veo a las siete de la mañana en el ascensor está ella… estupenda, que me la encuentro en el parque persiguiendo niños, pues ella está… ideal, que en la farmacia de guardia a las nueve de la noche… impecable, que la veo un jueves por la tarde en pleno verano y le pregunto “¿qué, de boda?” ella me contesta, “no, vengo de la piscina”, y yo a su lado recién arreglada porque salgo de copas parezco un espantapájaros. Y ahí es donde mi cerebro prejuicioso y envidioso que no admite la perfección le coloca algún defecto: seguro que es imbécil y va de superior por la vida. En las semanas siguientes coincido más con ella y resulta que no. Superior la creo yo que soy la que está haciendo el imbécil. Porque ella resulta ser una mujer inteligente con una buena carrera profesional, sensata, abierta, con un marido normal y unos hijos normales, tirando a estupendos. Vamos, normal y perfecta a la vez. Es cierto que ella tiene defectos y problemas como todo el mundo, pero a lo mejor tiene menos defectos y algo de suerte, casi con seguridad merecida, y tiene menos problemas que la mayoría. Es posible ¿no?. ¿Por qué no va a ser posible ser guapa, lista, tener una pareja estupenda, unos hijos de los que estar orgullosa, un trabajo que te haga sentir bien…? ¿Por qué? ¿No es a eso a lo que aspiramos muchos?. ¿Quién nos ha engañado para que creamos que es imposible?. Me gustaría aprender y, cuando vuelva a cruzarme con alguien deslumbrante, no pensar… vale, pero seguro que le huelen los pies.
2. La música clásica… un tostón. Correspondencia biunívoca. Vamos que lo sé yo desde mis años en el cole. Es un triunfo de la enseñanza musical en mí. Que qué tendrá que ver el “debajo un botón, tón, tón” interpretado por el plantel de flautistas de mi clase con la música clásica. Pues esa era la que yo aprendí. Todavía cuando hablan de música clásica me visualizo a mí misma ejecutando con la flauta (no hay verbo mejor para mi destreza) el Noche de Paz. Y… no puedo. Así que yo asumí esa premisa: música clásica = tostón infumable. Y de pronto un día me fijé en la música de un anuncio en la tele y pensé, anda, qué música más chula, y algún iluminado me dijo “es de Albinoni”. Y seguro que hice algún chistecito. Luego en las películas, en algún otro anuncio, entre los discos de mi padre, fui descubriendo alguna sorpresa más. Pero ya me pilló pelín grande y falta de oído así que no supe ni por dónde empezar.
3. ¿Y qué decir de la literatura? ¿Quién era el listo o la lista en mi instituto que era capaz de decir que se divirtió leyendo la Odisea, que era lo que te obligaban a leer?, ¿o a Shakespeare?, ¿o a Cervantes?... ¿Bécquer?... Vamos, ni de coña. Lo mismo pensaban que eras gilipollas (o culto, que era mucho peor). ¿Unamuno? ¿Víctor Hugo?... En la Universidad, siendo de Ciencias, algo parecido. Así que empecé a leer otros autores más modernos y, después de años leyendo, me di cuenta de que sólo había leído sucedáneos. Que en el chocolate ni se me hubiera ocurrido, pero con los libros… encima me creía moderna.
Así me pasa, que tanto prejuicio tanto prejuicio… me ha hecho perderme un montón de seguro disfrute en música, en libros y, probablemente, en personas. Voy a ver si recupero el tiempo perdido. En libros y música puedo tirar de biblioteca. En cuanto a las personas… si algun@ conocéis a un tipo guapo, interesante, divertido, vamos, perfecto… avisadme, que tengo que hacer yo una prospección a ver si es real y completar mi teoría. Es puro afán científico. Lo juro.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Afluencia de público

Ayer asistí a la presentación en Madrid de un libro de cuentos editado por una editorial importante. El autor, más o menos de mi quinta, ha publicado ya cuatro libros de cuentos, dos ensayos sobre literatura y una novela. Es colaborador habitual en diversos medios de comunicación y forma parte del consejo de redacción de una revista electrónica de literatura. Aceptable currículo. Éramos unos cuarenta. Aforo completo. Bien. Todos contentos.
Hoy he asistido a la presentación en Ávila de otro libro, éste de fotos, que autoeditaron dos de mis tíos para obsequiar a otra tía que celebraba su cumpleaños. Por descontado mi tía pertenece a una familia importante. Faltaría más. Mi tía, más o menos cuarenta quintas anteriores a la mía, no ha publicado ni escrito ningún libro ni colabora en medios de comunicación, ni mucho menos en el consejo de redacción de ninguna revista, pero si es electrónica menos. Éramos cuarenta y ocho. Faltaban unos pocos. Bien. Todos contentos.
Ahora yo tengo un problema. A mí, después de lo de hoy, la presentación del “pobre” escritor me pareció un poquito fracaso, lo siento, sí, me lo pareció. Un escritor con premios importantes, que presenta en Madrid el libro premiado en su Comunidad Autónoma con la deferencia de autotraducirlo al castellano porque aquí lenguas distintas leemos solo si son extranjeras, que le organiza el acto una editorial habituada a presentar obras de escritores de renombre, que su editor asiste y le presenta, que un novelista amigo le comenta la obra… ¿y van cuarenta personas?.
Yo es que me veo reflejada y a mí estas familias tan numerosas que tengo me están viciando el concepto de afluencia de público. A ver, ya mi currículum no se parece nada al de este tipo y tendría unos meses para arreglarlo, así que no me da tiempo. Sólo me han publicado una vez: mi famoso libro “Otra niña”, al menos famoso en este blog, que fue publicado en este mes de agosto por Ediciones Maca y Sauce con una tirada de seis ejemplares, de los que solo me quedan tres (lo leo y te lo devuelvo ¿vale?, sí, claro, estupendo… y hasta hoy). Y, además, no colaboro en ningún medio de comunicación, no porque yo no quiera es que no se dejan. Así que si comparamos currículos, como que a mí me tocan quince o veinte asistentes, no más. Y yo, para eso, no me pongo.
Concretando, que si yo consigo un día que una editorial de las que te pagan derechos y te distribuyen por las librerías me presente un libro y yo aparezco en la sala y hay solo cuarenta personas… me voy directamente a la sala de al lado a buscar a mi familia que se habrá perdido por las salas del supersitio fashion que vamos a elegir. Porque mi familia tiene eso, es larga y se despista un poco.
En cualquier caso, si al final resultara que sí, que para mí son también solo cuarenta, aviso a los de esta mañana, hay ocho que deberían ir preparando una coartada. Y que sea creíble ¡eh!.

P.D. Ya he arreglado lo de los comentarios. Ya no se exige afiliación.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Otra ruptura

“Me voy. He pensado que tengo que mirar más por mí y me marcho. Mañana ya no estaré aquí”.
Así me lo dijo y yo me quedé de piedra, con cara de idiota y todo. No me lo esperaba. El caso es que tampoco era una relación que yo pensara fuera a ser definitiva pero, no sé, dos años de convivencia no se tiran así por la borda. “¿Tú crees que éstas son formas?”, le dije. Pero, nada, se encogió de hombros. No claro, ya da igual. Seguro que lo llevaba pensando un tiempo, ¿y no me lo podía haber dicho antes?. Si lo hubiera sabido me hubiera dado tiempo a prepararme y habría podido argumentar algo para que se quedara. No sé, hubiera intentado hablar, y a lo mejor podríamos haber hecho que las cosas volvieran a ser como antes.
“¿Y los niños?. ¿Has pensado en ellos?”. Volvió a encogerse de hombros. Y ahora, ¿cómo se lo digo yo?. Como siempre seré yo la que tenga que dar la cara ante ellos. ¿Cómo les explico que se va?. ¿Qué contesto cuando me pregunten si es que ya no les quiere? ¿Eh? ¿Cómo lo hago?.
Y mañana… buff, siento un nudo en el estómago solo de pensar en lo que se me viene encima, yo sola con todo, no sé si voy a ser capaz. Bien poquito me faltó para tirarme a sus pies llorando y suplicando que se quedara. De acuerdo, hubiera sido una absoluta falta de dignidad, pero en estas cosas no siempre la dignidad es lo primero.
Mi madre me aconseja que vaya a terapia con una sicóloga. Le parece que no asumo bien las rupturas y eso es un signo de inmadurez, dice.
Pero, mira, a mí me da igual.
Me lo he prometido. Es la última vez que me pasa. La próxima lloraré y suplicaré hasta que se quede conmigo. Cueste lo que cueste. Es la última cuidadora que me planta de un día para otro.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Protegida

Protegida. Pero desnuda.
Una vez dijo: “Tú no lo harías. No eres de las que se despelotan en la playa”, él me conocía muy bien, decía.
- Tú no eres de las que viajan solas.
- Tú no eres de las que viven solas.
- Tú no eres de las que salen solas.
- Tú necesitas un tío que te proteja…
Acabáramos, era eso.
- A ti, ¿no?.
- O a cualquiera, pero no creas que cualquiera se va a fijar en ti.
- Vivo con un cualquiera o sea que…
Y ahí acabé la frase porque me dio el último bofetón.
A fuerza de oírle, me sabía todas sus clasificaciones y, claro, yo no era “de las que” se van. Pero no sé qué me pasó que en cuanto él salió hacia el gimnasio guardé en una bolsa un par de libros, un vaquero, una camiseta, un par de bragas y un camisón y me largué. Sin llave. No pensaba volver. Sin móvil. Ni me acordé.
Entré en la estación. Era de noche. En media hora salían dos trenes: uno hacia el sur, otro hacia el norte. Calorcito. Yo quería calorcito. Así que hacia el Sur. Nueve horas duró el viaje. Y, a pesar de mis nervios, me dormí. Y llegué a mi destino. Al llegar busqué un hotel. Y, aunque me temblaba la voz, dije “una individual”. Y no se abrió el suelo. Y subí a la habitación. Y me tumbé en la cama mirando al techo. Y me volví a dormir. Y después pensé en ir a la playa. Y allá me fui. Cogí la toalla del cuarto de baño, la metí en la bolsa y salí.
A cincuenta metros del hotel tres carteles: “Playa de Poniente. Playa de Levante. Playa nudista”. Y yo sin bañador. Pues… playa nudista. Y aquí estoy. Desnuda. Rodeada de gente desnuda. Leyendo. Tranquila. Menos mal que me traje el libro. Me abstraigo y me olvido de todo. Y, bueno, menos mal que me quité las gafas porque si llego a ver a alguien conocido me da algo.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Editorial Salamandra

La editorial Salamandra se caracteriza por un breve catálogo, con pocos autores pero muy seleccionados. No editan a escritores noveles (una lástima) sino a algunos ya publicados en otros países y que se traducen para el público español. Una editorial pequeña y de corta historia pero con la inmensa fortuna de ser la primera editorial española a la que se ofreció el manuscrito de “Harry Potter y la piedra filosofal”, y de haber sabido aprovechar el ofrecimiento y decidir publicarlo, a pesar del informe del primer lector especializado.
Son varios los libros de esta editorial que he leído a lo largo de este año:
- el primero “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”, tercer libro de la saga de J.K. Rowling, de agradable lectura como los anteriores y sin duda una lección de cómo dirigirse al público juvenil.
- el segundo “Cometas en el cielo” de Khaled Hosseini, una dura narración sobre la amistad de dos niños y sus padres en el Kabul anterior a la invasión rusa de 1980 y su devenir hasta la actualidad; de lectura ágil, el desarrollo de la historia en el libro invita a meditar, emocionarse, indignarse o, incluso, escandalizarse, pero sin duda a no quedar, en ningún caso, indiferente.
- Y, por último, “El abanico de Seda” de Lisa See, otra historia de amistad, esta vez entre dos mujeres. Otra amistad larga y marcada por el sufrimiento, en este caso compartido; la escritora narra con todo el detalle y delicadeza que la situación permite una sucesión de tradiciones milenarias a las que han de someterse las niñas y mujeres chinas, con especial mención del vendado de pies, ya conocido por múltiples lecturas anteriores pero ninguna de ellas lo mostró con tanta sensibilidad y a la vez con tanta crudeza, resultado una de la mirada de Lisa See y la otra de la sencilla realidad que supone tamaña bestialidad en un cuerpo que está apenas comenzando a desarrollarse.
Amos Oz, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007, en su discurso de agradecimiento en Oviedo hablaba del papel de la literatura como puente entre los pueblos. Él sostiene, y cito textualmente, que “cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños. Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo.” Amos Oz aplica sus creencias a la tragedia árabe-israelí: “Parte de la tragedia árabe-judía es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Demasiada hostilidad impera entre nosotros y demasiada poca curiosidad”.
Es fácil estar de acuerdo con el recién premiado escritor, la literatura puede hacer que mundos aparentemente muy lejanos de los nuestros se nos hagan cercanos y entendibles, que nos hagan ver que al fin y al cabo todos perseguimos lo mismo. Y a éste acertado y a la vez inmenso fin de la literatura sirven, y de qué manera, los dos libros últimos citados: “Cometas en el cielo” y “El abanico de Seda" de Lisa See.
En cuanto a Harry Potter… quizá tampoco nos venga mal desentrañar un poco el mundo de los magos buenos y conocer sus herramientas para combatir el mal, a las malas brujas y a los brujos malos. Porque tengo yo por seguro que haberlos haylos, aunque suelen disfrazarse con traje de chaqueta o lucir una sonrisa angelical.

domingo, 11 de noviembre de 2007

El jarrón

Yo tengo un jarrón largo, de cristal y plata. Muy bonito. Es el que uso para las flores. Yo nunca compro. Uso el jarrón cuando alguien me las regala. O regalaba. La verdad, verdad, es que flores me han regalado pocas veces, ocho o diez como mucho. Cuando empiezo a salir con un tío, en las primeras tres semanas siempre me regala un ramo de flores. Rosas rojas. Es así. Ciencia exacta. En su diccionario no aparecen más nombres de flores ni más colores. Vale, cuatro no suele ser muestra suficiente para deducir una teoría. Pero en este caso pasa. Es cierto. Luego ya no te vuelven a regalar flores, salvo que tú lances alguna indirecta del tipo “qué vacío está este jarrón, años lleva sin flores”. Y a veces ni así.
Bueno al grano, que hoy me he acordado del jarrón. El caso es que si alguien hubiera puesto un chip al jarrón estaría al tanto de mi vida sentimental. Jarrón con flores en la mesa del centro: apogeo de la relación. Jarrón sin flores en la mesa del centro: relación estable pero ya fuera del apogeo. Jarrón sin flores en el estante más alto de la librería: relación corta e inestable pero quién sabe lo mismo le da un repente y tengo que estar preparada. Jarrón sin flores y guardado bajo llave en la alacena: no hay relación. En este momento el jarrón está… en el trastero: no hay relación ni se prevé que la haya.
Pero resulta que en las últimas dos semanas me han tirado los tejos tres veces. Las cuento:
Primero, un post-adolescente, muy poco post si soy sincera, en la cola del hipermercado. Después de sostener con su brazo hercúleo mi cesta de la compra hasta que la terminé de vaciar en el mostrador, me pidió mi número de móvil. No se lo di, vaya, pero el caso es que me lo pidió.
El segundo, un compañero de mi abuelo en la residencia que me soltó un “quien fuera más joven pa quererte mucho” y a mí se me cayó la baba, pero acababa de cumplir ochenta y siete y me pareció mucha diferencia de edad.
Y, por último, un e-mail de un poco conocido de hace unos quince años que me confesaba su antigua atracción por mí y su deseo de “complicar” su vida con la mía, deseo que perdió mucho interés al enterarme de que tal declaración formaba parte de una amplia lista de correo a la que envió el mismo mail.
Bueno, lo sé, no es como para presumir. Pero tengo yo la sensación de que lo mío con los hombres va a ser como los premios en las máquinas tragaperras: cuando te cae alguno chiquitillo es que está próximo a salir el premio gordo.
Eso es lo que yo me digo. Así que ahora mismo voy a bajar al trastero a por el jarrón. Por si acaso.

sábado, 10 de noviembre de 2007

En un hotel

Podría haber sido en casa. Pero no. Ha sido en un hotel. Después de diez años juntos. Un matrimonio normal, vaya, como el de casi todas mis amigas. Bueno, María se separó no sabemos muy bien por qué, porque Iván es un chico estupendo y formaban un matrimonio perfecto. Bueno, como las demás, digo. Todos nos hicimos novios en la Universidad y salíamos en la misma pandilla. Hacíamos muchas cosas juntos. Nos fuimos casando al poco de ir encontrando trabajo. Pero, hasta que vinieron los niños, seguimos saliendo y viajando mucho. Hemos recorrido medio mundo. Los chicos siguen manteniendo el equipo de baloncesto, nosotras nos reunimos para jugar a pádel o ir de compras o, a veces, para ir al teatro. Todos trabajamos. Todos tenemos dos niños (o niño y niña), y de edades parecidas así que ahora los viajes se han convertido en excursiones familiares. Y lo que digo, todas parejas normales. Felices. Como la mía. Siempre lo he pensado así y por eso fue un shock lo de María e Iván. No he querido comentarlo con las otras, pero me hizo sentir vulnerable. Sentí que las parejas perfectas también se rompen. Y a partir de ahí empecé a pensar que a lo mejor mi pareja no es perfecta. Es verdad que al casarme dije el “hasta que la muerte nos separe”, pero siempre sentí miedo por si no fuera así. Y hoy me ha pasado una cosa rarísima.
El caso es que este fin de semana hemos dejado a los niños con los padres de Alberto y nos hemos venido los dos solos a conocer Gijón. Llegábamos cansados y nos dormimos sin hablar apenas, Alberto habla poco y, si está cansado, menos. Ahora son las tres de la tarde y seguimos en el hotel. Él acaba de dormirse y yo sigo despierta. Suele pasar después de un rato de sexo. Pero hoy no ha sido eso.
Alberto se despertó a las ocho y, con un susurro, me despertó a mí y empezamos a hablar. Me contó de su infancia, de su sueño de vivir un día en una casita mirando al Cantábrico, de sus, pocas, antiguas novias. Del cariño y el afán de protección que sintió por sus hermanos cuando el padre falleció. De lo inseguro y frágil que se sintió él. Del orgullo que siente cuando mira a nuestros hijos. Del miedo que le da perderme. Y yo hablé también. De lo infeliz que fui en mi infancia. De los años duros de Universidad. Del despertar a la vida real cuando empecé a trabajar. De lo afortunada que me sentí cuando él me pidió que saliéramos. Del miedo que me daba quedarme embarazada y el terror que pasé estándolo. Él quería hijos y yo quería que él los tuviera, pero me dio mucho miedo. De lo sola que me siento a veces. De que creo que yo sola no puedo pero no pido ayuda porque me parece que es admitir ante él que soy débil. De mi sueño de vivir un día en una casa con jardín. Y él volvió a hablar. Y me dijo que él fue quien se sintió afortunado por que yo aceptara salir con él. Y que sigue sintiéndose afortunado por seguir juntos. Que le encantaría ayudarme con los niños, pero creía que yo prefería hacerlo sola. De que siempre creyó que aspirábamos a cosas diferentes. Y temía que un día yo decidiera dejarle por alguien más parecido a mí. Y seguimos hablando, y ya ni sé de qué. Pero son las tres de la tarde y no he salido de la cama.
Después de diez años con Alberto, aquí, a cientos de kilómetros de mi casa, acabo de descubrir por qué estoy con él. Y es la primera vez que logro pensar, sin miedos, que vamos a pasar toda la vida juntos. Aunque sé que no será fácil y habrá que trabajar por ello.
Por lo pronto voy a empezar por buscar una casita con jardín mirando al Cantábrico. Que las vacaciones están ya cerca.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Una película

Hoy había decidido ir al cine a ver una película concreta, pero al llegar resultó que la retiraron hoy. También había pensado una suplente, pero la cambiaron al horario de madrugada. Así que ya a la puerta de un cine con varias salas, me decidí por una de las tres películas que empezaban en la siguiente media hora: “Siete mesas de billar francés”.
Es verdad que tampoco iba a ciegas porque en su momento había leído en la prensa sobre el estreno de la película y su éxito en el Festival de Donosti, y porque vi “Cuando vuelvas a mi lado”, también de Gracia Querejeta, hace unos años y me gustó mucho su forma de contar. En general me gustan las películas con buenas historias, vengan de donde vengan (atent@s a “La boda de Tuya” último Oso de Oro en Berlín, por ejemplo). Y Siete Mesas me ha parecido una peli redonda. Porque:
1. cuenta una muy buena historia.
2. el guión es ágil.
3. tiene varios momentos divertidos (de carcajada la escena de Charo en el restaurante, versión más realista de la misma situación que ya mostró M. Night Shyamalan en “El sexto sentido”).
4. en otras situaciones consigue emocionar (aunque eso puede que sólo ocurra en la parte de población con lágrima floja, entre la que me incluyo).
5. con un trabajo actoral (así lo ponen en las críticas de verdad, que lo he leído yo) impresionante. El caso es que yo podría decir que los actores están increíbles, pero es justo al contrario: son absolutamente creíbles.
En resumen: muy, muy recomendable.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Paulina y Lorenza

Eran dos mujeres solas. No había nadie más. Disfrutaban su soledad como sólo aquéllos que han convivido con ella mucho tiempo saben hacerlo. Cada una vivía en su casa. Las dos únicas habitadas del pueblo. A cuarenta pasos una de otra, no más. Pero solas. Eran primas. Las dos perdieron a los maridos y los hijos emigraron pronto. Alguna antigua rencilla enemistó a las familias y no volvieron a hablarse. Los hijos vivían lejos y habían olvidado el motivo del silencio y, además, a ellos les daba igual. Cada tres días, salvo nieve, llegaba el camión de Román con los suministros. Ellas bajaban a la plaza y hacían su compra, y cada una volvía a su casa. Las dos tenían alguna gallina, Paulina también palomas y un par de conejillos que los nietos dejaron en la última Navidad. Lorenza una pequeña huerta, alguna lechuga, tomatitos, y habitas tiernas, un capricho del hijo. Nadie las visitaba, hasta que no llegaban el verano o las Navidades. En Semana Santa ellas bajaban andando a los oficios al pueblo vecino, vivían cuatro familias y el párroco de la comarca celebraba allí. Bajaban solas, cada una por su lado. Aunque llegaran juntas nadie las había visto hablar.
Los hijos avisaban siempre con tiempo antes de visitarlas, para que las abuelas calentaran la casa o prepararan las camas, todo listo para su llegada.
Los nietos jugaban juntos en la plaza. Los hijos alguna caña tomaron juntos en el bar del Pueblo Grande. Pero a ellas ni una palabra se las vio cruzar.
Llegó el invierno. Crudo como pocos. Las quitanieves no pudieron llegar en doce días. Las líneas de teléfono se cortaron. Los hijos no supieron nada de ellas. Cuando el camino se abrió, el hijo mayor de Lorenza fue el primero en entrar. Llegó a casa de su madre y llamó a la puerta. Nadie le abrió. La hija de Paulina hacía lo propio en su casa, nadie tampoco. Usaron sus llaves. Lorenzo no encontró ni rastro de su madre en la casa pero, a los gritos de Paula corrió hacia la otra vivienda. En el comedor, en el sofá, junto a la mesa camilla y arropadas con las faldillas estaban las dos. Muertas. El brasero, ahora apagado, pudo haberlas intoxicado, un tufo, como decían ellas a los nietos, “un tufo, quitadlo que un día os vais a asfixiar”. Muertas las dos. Los cuerpos juntos, las manos cada una en su labor de ganchillo. Los rostros pacientes, serenos. Al menos, no murieron solas, dijo Paula. Quizá nunca lo estuvieron, dijo Lorenzo.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Mimisma

Yo pertenezco a la generación de mujeres “mimisma”. Mi abuela dedicaba todo su tiempo a su marido, su casa y sus hijos. Mi madre ya trabajó, y repartía su tiempo entre su trabajo, su marido, su casa y sus hijos. Y yo he avanzado y necesito tiempo para mi trabajo, mi pareja, mi casa, mis hijos y mí misma. La idea es estupenda, pero la ejecución resulta compleja. Los días siguen teniendo las mismas horas, en el trabajo no hay manera de reducir el horario sin reducir el sueldo, sigo siendo la madre de mis hijos,… así que me paso el día corriendo del trabajo al gimnasio, del gimnasio al cole de los niños, del cole de los niños a la piscina, de la piscina al parque, del parque al super, del super a casa, en casa los baños, la cena, lavado de dientes, el cuento de cada noche y los niños a dormir. Aún hay un par de días que voy a clases nocturnas de cocina fácil y rápida. Así que con tanto correr, en vez de relajarme, el tiempo que dedico a “mimisma” se convierte en otra obligación. Los niños son carne de mi carne, pero … a mimisma estoy pensando en darla en adopción ¿a alguien le interesa?.

Colate, cara de tomate

Hola. Me llamo Nicolás. Me llaman Colate. Y tengo una cara que cambia de color. Sí, como suena. No os asustéis porque casi siempre mi cara es normal: a mi abuela le parezco guapísimo, a mi hermana horrible y a mi madre, aunque no concreta mucho no parece que le entusiasme (cuando se enfada termina todas las regañinas con un ¡Y cambia esa cara!). Así que, como veis, es bastante normal.
El problema debió empezar siendo yo muy pequeño. Mi padre cuenta:
- ¡Había que verte de chiquinín!, cada vez que Doña Luisa intentaba darte un beso tú te escondías detrás de mamá y te ponías como un tomate.
Mi padre tiene la teoría de que a mí me daba vergüenza, pero no es verdad. Yo me escondía porque la bruja aquélla me pellizcó los carrillos una vez y me hizo más daño de lo que el dentista me haya hecho jamás. Y, claro, mi cara se volvía roja sólo recordando el dolor que tuvo que soportar. Nada más. Mi padre dice:
- ¡Pues te sigue pasando!, cada vez que alguna señora te quiere dar un beso te vuelve a dar vergüenza.
- Que no es vergüenza, papá, que es el recuerdo…
Él no me cree. Pero mi hermana Irene sí. Eso dice. Aunque fue ella la que para fastidiarme me llamaba “Colate, cara de tomate”.
Ahora tengo un problema gordo, muy gordo. Hace dos semanas vino a vivir a mi bloque Carmina. Bueno, ella sola no, con su familia. Carmina es una compañera del cole. Yo nunca había hablado con ella. No por vergüenza claro, es que a mí las niñas no me interesan. Pues resulta que el jueves pasado me encuentro a Carmina en el portal y me dice:
- ¡Hola, Nicolás!, ¿cómo te va?.
Yo la oí, claro. Sí que la oí, pero… no le contesté. Nada. Ni palabra. Os juro que iba a hacerlo pero al mirarla a ella vi detrás el espejo grande de la pared y allí, reflejada, mi cara antigua, la de Doña Luisa.
Carmina se fue al ascensor y me dejó allí. Enseguida llegó Irene de la calle y nada más verme soltó:
- ¡Colate! ¡Cara de ….!
- ¡¡Cállate!! – dije yo enseguida.
- No me digas que se te apareció el fantasma de Doña Luisa.
- No, idiota, claro que no.
- Pues, ¿qué pasó?.
- Nada, ¿qué va a pasar?, que ví a …, a…, a… a la señora del quinto.
- ¿A la vieja gorda?
¡Buff, menos mal!, pensé.
- Sí, a esa.
Parece que quedó contenta. Pero ahora llevo unos días que me estoy volviendo loco. Me cruzo con Carmina cada dos por tres y mi cara sigue haciendo lo mismo. Me paso el día escondiéndome. No porque no quiera verla, claro, que sí quiero. Lo que no quiero es que mi padre o mi hermana vean lo que hace mi cara cuando ella aparece. No es vergüenza. De verdad. Pero a lo mejor no me creen.
El caso es que lo peor, peor de todo me acaba de pasar. Estaba yo sentado en la sala jugando a la play y me acordé de que había visto a Carmina en el cole. Y en eso andaba yo pensando cuando levanté la cabeza y allí, en el espejo de la sala la ví. Allí estaba. No me hizo falta que viniera mi hermana, yo mismo lo dije, mirando al espejo: ¡COLATE, CARA DE TOMATE!.