jueves, 28 de agosto de 2008

Iñaki

En casa somos muy de creer en cosas casi increíbles, por ejemplo los superhéroes. Nos gustan, sí.
Los superhéroes son señores con superpoderes, eso está claro. Pero según nuestra edad y género la percepción es diferente: los niños entienden por superpoderes la fuerza física especial, el valor ante el peligro, la visión infrarroja, la enorme rapidez de movimientos, la capacidad de convertirse en fuego… cosas así; la madre, por no ser menos, considera también superpoderes en un hombre la especial fuerza… síquica, el valor ante el espantosísimo peligro de que una relación sentimental se alargue, la visión (infrarroja, miope o de cualquier clase) del cesto de la ropa sucia, la siquiera mínima rapidez de movimientos hacia la solución de un problema doméstico o la capacidad de convertirse en fuego… en al menos la mitad de ocasiones de las que bocanean que lo hacen, cosas así. En lo que sí estábamos de acuerdo los niños y yo es en que empezábamos a dudar de que los hombres con esa clase de superpoderes existieran. Hasta este verano.
Un día fuimos a pasar la tarde a un pueblo cercano a nuestro lugar de vacaciones que celebraba sus fiestas. Entre los jolgorios del día se incluía una exhibición en un polideportivo. Allí, en medio de la pista, una colección de pedruscos tan grandes como los niños y de pesos imposibles. ¿Qué es eso, mamá?. Piedras. ¿Cuánto pesan?. Pues, la que menos, más de lo que pesamos todos los que estamos en este banco. ¡Haaala!. Y entonces fue cuando apareció él, con su aplomo de hombre de verdad (sí, tal cual, como en los anuncios), tan tranquilo, tan sobrio, todo de negro, sin mallas ni capa, modelo superhéroe pero en elegante. Saludó, esparció unos polvitos blancos en las piedras y en sus manos y… allá se fue, a levantar piedras. Hasta casi los 300 kilos. Los niños flipados. ¿Es de verdad?. Sí, mi niño, es de verdad. ¿Y cómo lo hace?. Porque es muy fuerte y ha entrenado mucho (importante colarles ahí el mensaje nada subliminal de que hay que esforzarse y trabajar). Y el canijo con los ojos como platos. Al día siguiente el que empezó a trabajar fue él: levantamiento de taburetes. Mira mamá, soy Iñaki. Perurena. Y se le olvidó Superman.
Así que hoy mis niños ya pueden creer tranquilos en los superhéroes, porque ellos ya han visto uno. Suerte que tienen.

lunes, 25 de agosto de 2008

Pamela Anderson

Durante estas vacaciones mi objetivo principal, no muy original por otra parte, era no tener obligaciones. Descansar, vamos. No realizar actividades profesionales ni obligatorias. Y… no ha sido tan fácil como parecía. Porque resulta que a lo tonto, a lo tonto, lo que he terminado haciendo ha sido cambiar unas actividades profesionales por otras, estas últimas no remuneradas eso sí. Por ejemplo:

Profesora de educación infantil. Vale, sí, ya sé, tengo hijos pequeños, soy su madre, mi obligación es educarlos, de eso no se descansa por mucho que estés de vacaciones… eso ya lo sé, pero durante las vacaciones escolares, mientras sus profes, las de verdad, descansan, resulta que los progenitores recibimos una delegación suya: los niños tienen que hacer deberes. Una horita al día no cuesta nada, dice la profe. Qué simpática. Y yo, muy responsable, decidí asumir la delegación. Reconozco que como profesora no duraría mucho en ningún cole, porque mi horario no ha llegado a la media hora… que es la más estresante del día. Yo empiezo con ánimo, con ganas, con una sonrisa de oreja a oreja y diciendo…¡Vamos a hacer los deberes!, como si fuera un superplanazo. A los niños, que no tienen un pelo de tontos, no les cuela y empiezan las protestas, mi siguiente frase, menos entusiasta, es “¡Vaale, sólo un ratito! y luego nos vamos a la piscina”…, pero tampoco, así que se terminan sentando a la orden de “O te sientas o no vuelves a ver dibus en una semana”. Y como yo soy una madre paciente, aguanto la media hora con la sonrisa en la cara y sin inmutarme… “mi niño, al escribir no te puedes salir de las dos rayitas”, “mi niño, 3 + 5 no son 4, piénsalo otra vez”, “mi niño, ¿qué haces debajo de la mesa?”, “mi niño, no hagas catapultas con los lápices”, “miiii niiiiiñoooo…”, pero la sonrisa se termina convirtiendo en una mueca con dientes muuuuy apretados y opto por hacer la vista gorda y dar por terminada la clase.

Vigilante de la playa. Bueno la verdad es que yo de playa poco, lo mío ha sido más bien de pisci. Supongamos que decidimos ir a la piscina, mi equipación, cómo no, incluye bikini, chanclas, toalla… pero lo más imprescindible son las gafas. ¿Me baño yo con gafas? No ¿Me baño yo en la piscina? Pues… no exactamente. Si yo voy a la piscina con mis hijos sólo entro en el agua para colaborar en alguno de los juegos que se le ocurra al niño de turno, siempre que no haya amiguitos con ellos, que si los hay yo delego (lo he aprendido de sus profes del cole) y sin meter la cabeza en el agua, que queda feo con gafas. Mi actividad principal es estar a no más de dos metros de la cubeta, pendiente de los nadadores incipientes (y no muy duchos) que suelen empeñarse en alejarse lo más posible y estar incluso en piscinas diferentes: yo a la grande, yo a la pequeña, yo a lo hondo… tú… tú aquí, que yo te vea. Pero, aunque lo parezca, esto no es una actividad solitaria, no. La pisci está llena de vigilantes, y una va haciendo pandi, que además si hay suerte y los niños se hacen amiguillos puedes vigilar y conversar a la vez. Lo que no es posible es vigilar, conversar y nadar… bueno, salvo que seas una superheroína, y no es el caso. Así que en todo el verano… ni un solo largo, que para el deporte ya está el invierno. Ya lo he asumido, yo en verano, en la pisci, no soy deportista, soy vigilante. Como Pamela Anderson. Bueno, más o menos.