Aviso a mis lectores XY: el siguiente texto es rosa, MUY rosa, y puede herir alguna sensibilidad, es más, espero que lo haga.
Casi todas mis amigas trabajan fuera de casa. Todas lo hacen dentro pero casi todas lo hacen también fuera. Y en el trabajo de fuera el mundo sigue siendo XY y se rige por sus absurdos criterios. Un día comentaba con una de mis amigas inteligentes, atractivas y buenas profesionales (plaga de ellas es lo que a mí me rodea) nuestro cambio en el vestuario en los últimos años: mientras yo derivo hacia el mepongoloquemedalagana, ella ha dejado que los colores grises, negros y marrones invadan su armario mandando al destierro los colores vivos, los escotes, los cortes entallados y cualquier detalle que pueda llamar mucho la atención. Porque resulta que ella y muchas de sus compañeras en el agresivo mundo de los analistas y consultores financieros tienen probado que los hombres con los que tienen que enfrentarse laboralmente y día tras día no te escuchan si vistes de rosa, no te creen si llevas escote y no te confían sus dineros si te “pasas” de femenina. Vamos que la cosa es como si un día me encuentro yo en la frutería en la que suelo comprar un frutero que quite el hipo marcando musculillo… y cambio de establecimiento. O como si a cualquiera de mis compañeros de trabajo les da un día por venir vestidos con traje impecable, corbata elegante y colorida y con el guapo subido (a ver si hay suerte y les da)… y yo les digo que mejor ese día hablamos de fútbol, que no les veo capaces de otra cosa. O, incluso, como si un día voy a mi sucursal bancaria y al encontrarme en las mesas sendos tiarrones enseñando pectoral (cualquier diíta de éstos me pasa) decido retirar todos mis fondos y depositarlos en otra entidad financiera llena de anodinos bancarios, en vez de sentarme y aguzar todos los sentidos a la vez. Porque, y ahí probablemente esté el problema en estos XY, tanto yo como todas esas amigas inteligentes, atractivas y buenas profesionales somos capaces de alegrar la vista mientras escuchamos, entendemos y decidimos, sin que el disfrute ocular nos nuble el entendimiento (bueno lo del frutero y los bancarios a mí me alteraría un poco, pero sin llegar a nublar, lo de mis compas no sé porque… es tan difícil). Si yo cambiara de frutería o de entidad bancaria o si no mantuviera las mismas conversaciones con mis compañeros el día que vienen vestidos de colores (aunque solo sea la corbata) sería una imbécil. ¿Y los XY retratados en la primera parte?. Buff, no sé, no estoy yo hoy inspirada para buscar sinónimos.
Casi todas mis amigas trabajan fuera de casa. Todas lo hacen dentro pero casi todas lo hacen también fuera. Y en el trabajo de fuera el mundo sigue siendo XY y se rige por sus absurdos criterios. Un día comentaba con una de mis amigas inteligentes, atractivas y buenas profesionales (plaga de ellas es lo que a mí me rodea) nuestro cambio en el vestuario en los últimos años: mientras yo derivo hacia el mepongoloquemedalagana, ella ha dejado que los colores grises, negros y marrones invadan su armario mandando al destierro los colores vivos, los escotes, los cortes entallados y cualquier detalle que pueda llamar mucho la atención. Porque resulta que ella y muchas de sus compañeras en el agresivo mundo de los analistas y consultores financieros tienen probado que los hombres con los que tienen que enfrentarse laboralmente y día tras día no te escuchan si vistes de rosa, no te creen si llevas escote y no te confían sus dineros si te “pasas” de femenina. Vamos que la cosa es como si un día me encuentro yo en la frutería en la que suelo comprar un frutero que quite el hipo marcando musculillo… y cambio de establecimiento. O como si a cualquiera de mis compañeros de trabajo les da un día por venir vestidos con traje impecable, corbata elegante y colorida y con el guapo subido (a ver si hay suerte y les da)… y yo les digo que mejor ese día hablamos de fútbol, que no les veo capaces de otra cosa. O, incluso, como si un día voy a mi sucursal bancaria y al encontrarme en las mesas sendos tiarrones enseñando pectoral (cualquier diíta de éstos me pasa) decido retirar todos mis fondos y depositarlos en otra entidad financiera llena de anodinos bancarios, en vez de sentarme y aguzar todos los sentidos a la vez. Porque, y ahí probablemente esté el problema en estos XY, tanto yo como todas esas amigas inteligentes, atractivas y buenas profesionales somos capaces de alegrar la vista mientras escuchamos, entendemos y decidimos, sin que el disfrute ocular nos nuble el entendimiento (bueno lo del frutero y los bancarios a mí me alteraría un poco, pero sin llegar a nublar, lo de mis compas no sé porque… es tan difícil). Si yo cambiara de frutería o de entidad bancaria o si no mantuviera las mismas conversaciones con mis compañeros el día que vienen vestidos de colores (aunque solo sea la corbata) sería una imbécil. ¿Y los XY retratados en la primera parte?. Buff, no sé, no estoy yo hoy inspirada para buscar sinónimos.

