viernes, 8 de febrero de 2008

Vestir de rosa

Aviso a mis lectores XY: el siguiente texto es rosa, MUY rosa, y puede herir alguna sensibilidad, es más, espero que lo haga.

Casi todas mis amigas trabajan fuera de casa. Todas lo hacen dentro pero casi todas lo hacen también fuera. Y en el trabajo de fuera el mundo sigue siendo XY y se rige por sus absurdos criterios. Un día comentaba con una de mis amigas inteligentes, atractivas y buenas profesionales (plaga de ellas es lo que a mí me rodea) nuestro cambio en el vestuario en los últimos años: mientras yo derivo hacia el mepongoloquemedalagana, ella ha dejado que los colores grises, negros y marrones invadan su armario mandando al destierro los colores vivos, los escotes, los cortes entallados y cualquier detalle que pueda llamar mucho la atención. Porque resulta que ella y muchas de sus compañeras en el agresivo mundo de los analistas y consultores financieros tienen probado que los hombres con los que tienen que enfrentarse laboralmente y día tras día no te escuchan si vistes de rosa, no te creen si llevas escote y no te confían sus dineros si te “pasas” de femenina. Vamos que la cosa es como si un día me encuentro yo en la frutería en la que suelo comprar un frutero que quite el hipo marcando musculillo… y cambio de establecimiento. O como si a cualquiera de mis compañeros de trabajo les da un día por venir vestidos con traje impecable, corbata elegante y colorida y con el guapo subido (a ver si hay suerte y les da)… y yo les digo que mejor ese día hablamos de fútbol, que no les veo capaces de otra cosa. O, incluso, como si un día voy a mi sucursal bancaria y al encontrarme en las mesas sendos tiarrones enseñando pectoral (cualquier diíta de éstos me pasa) decido retirar todos mis fondos y depositarlos en otra entidad financiera llena de anodinos bancarios, en vez de sentarme y aguzar todos los sentidos a la vez. Porque, y ahí probablemente esté el problema en estos XY, tanto yo como todas esas amigas inteligentes, atractivas y buenas profesionales somos capaces de alegrar la vista mientras escuchamos, entendemos y decidimos, sin que el disfrute ocular nos nuble el entendimiento (bueno lo del frutero y los bancarios a mí me alteraría un poco, pero sin llegar a nublar, lo de mis compas no sé porque… es tan difícil). Si yo cambiara de frutería o de entidad bancaria o si no mantuviera las mismas conversaciones con mis compañeros el día que vienen vestidos de colores (aunque solo sea la corbata) sería una imbécil. ¿Y los XY retratados en la primera parte?. Buff, no sé, no estoy yo hoy inspirada para buscar sinónimos.

jueves, 7 de febrero de 2008

Del montón

Nada más entrar en mi casa, en la mesita de la izquierda hay un montón. Luego sobre la mesa del comedor hay otro. Éste cambia de asentamiento en función de cuántos seamos a comer, para pasar a la silla o, incluso, al suelo. La naturaleza de los bienes amontonados puede ser variable, aunque suelen ser papeles: revistas a medio leer, facturas que aún no decidí si archivar o romper, alguna carta leída mil veces, alguna sin abrir, el plano que me hizo tal amiga para llegar a su casa (por si acaso vuelvo pronto), algún informe médico sin trascendencia, invitaciones a actos culturales a los que no voy porque ya sé que no voy a poder pero aún así me parece poco culto romperlas según las recibo, el dibujo que cada día me regalan los niños… no sé, de todo. Es como un limbo de los papeles. Cuando no sé muy bien qué hacer con ellos directamente van al montón. Tenemos también un limbo de las cosas que es lo que tradicionalmente en mi familia se llama “cajón de los aliños” (no pienso buscar en el diccionario lo que significa porque es probable que no sea lo que yo llevo creyendo toda mi vida y al fin y al cabo no siempre me importa lo que diga la Real Academia, con perdón). Algún fin de semana me marco como objetivo eliminar los montones y hay veces que consigo currármelo pero, como mucho, el resultado es una reducción, la eliminación… nunca. Siempre hay algún papelillo con el que no sé qué hacer y allí va, al montón.
En mi casa, entonces, son “del montón” las cosas que no conseguimos clasificar a la primera, las que pese a venir en envoltorio efímero nos sugieren vocación de permanencia, las que a pesar de no ser prácticas son bonitas, o las que no siendo bonitas nos atraen lo suficiente como para querer quedarnos con ellas, o también las cosas que nos cuentan historias, nos guiñan un ojo y nos recuerdan afectos, las obras de arte de andar por casa, los escritos improvisados y con caducidad pero que releemos sin cansarnos…
Aviso entonces que es por esto que, si alguien un día me oye definirme como una mujer “del montón”, no se confunda, no es modestia… es chulería.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Color de ojos

No sé si debería contar estos resultados de una investigación no del todo científica, pero lo mismo alguien más se ha fijado y podemos discutir resultados. En casa vemos muchas pelis de dibujos animados y en casi todas ellas el color de ojos define la clasificación moral del personaje. Sí, es así. Además en las pelis de dibus esta clasificación es muy simple: o eres bueno o eres malo, no hay matices, allí no vale el yo no quería, la intención es lo que cuenta, un fallo lo tiene cualquiera… no, cuando reparten color de ojos tú ya sabes a qué atenerte. Y es casi ciencia exacta que los malos suelen tener los ojos verdes, digo suelen porque no me las he visto todas pero en todas las que he visto los tienen; y los buenos son los de ojos marrones o, a veces, azules. Sólo he visto una peli en la que un bueno tiene los ojos verdes, pero es porque la mitad de la peli es malo y le rehabilita una linda y buena leona de ojos marrones (además desde que el malo se hace bueno la luz le irisa un poco los ojos y se los azulea). Pero no deja de ser un soplo de esperanza para los ojos verdes porque admite al menos la posibilidad de que los malos puedan convertirse en buenos (pequeñísima posibilidad si tiene que depender de que un león o leona de ojos marrones se enamore de ti).
Hay una canción tradicional que también aplica a los ojos características de personalidad con un sentido parecido al de las pelis: ojos verdes son traidores, azules son mentirosos, negros y acastañados son firmes y verdaderos. Los marrones siempre “guais”. ¿Pero es que todos los guionistas y compositores tienen los ojos marrones?. ¿Y los escritores?. El caso es que a mí estas teorías me deben haber influído mucho porque, aunque yo lo creía casual, me gusta la gente de ojos marrones. Y a algún peligroso de ojos verdes sí he conocido. En cualquier caso yo no puedo apuntarme al bando al que me gustaría corresponder porque a la naturaleza al pintar mis ojos le dio por utilizar dos colores, y tengo algunos brochazos verdes que han de ser, vamos sin lugar a dudas, los culpables de esa característica mía tan intensamente percibida por la gente que se mueve a mi alrededor y tan certeramente denominada por mi abuelo en mi más tierna infancia: “pero como siendo tan chica puedes tener tan mala leche”. Y no, abuelo, no era la leche, eran los ojos.

martes, 5 de febrero de 2008

Invertir

Una idea de estas absurdas que tengo yo es que al contrario de las inversiones financieras en las que pierde más el que más invierte, en las inversiones sentimentales es al revés: el que más pierde es el que menos invirtió (el género gramatical en esta frase me ha salido sin pensar, eh, pero lo mismo me traiciona el subconsciente y no lo aplico de forma genérica). Sigo creyendo que en estas cosas hay que invertir sin reservas y apostar sin miedo. Aunque el riesgo siempre es mayor cuanto más apuestas. El caso es que a mí las inversiones financieras se me dan fatal, pierdo casi siempre. Pero en las relaciones sentimentales invierto al cien por cien, aunque objetivamente todo esté en contra. Así que, según mi teoría, cuando la cosa va mal y la relación termina yo no pierdo nunca, siempre soy la que gana. Lo que no me termina de explicar esta teoría mía es por qué, si gano, en vez de celebrarlo me da por hartarme a llorar. No lo entiendo.

domingo, 3 de febrero de 2008

Días señalados

Es una suerte que haya tan poquitos días señalados al año porque a mí se me dan fatal. El problema parecía ser el nivel de las aspiraciones porque si te levantas el día de tu cumple soñando con que vas a cenar con tu príncipe azul y resulta que no conoces a ningún príncipe y menos azul, o pretendes que tu pareja se acuerde del día de vuestro aniversario y tienes la puñetera manía de que tus parejas sean XY, o te levantas el día de Reyes soñando con que te van a traer lo que les has pedido y ya tienes más de 30 años, sabes que los Reyes son los padres y tus convivientes siguen creyendo que todo lo que aparece al lado de sus zapatos ha venido de Oriente… es muy difícil. Pero no, hoy no era así. Ya soy mayor, hoy un poquito más, y he aprendido que no hay que tener expectativas muy altas. Yo solo quería pasar el día de mi cumple tranquila con mis compañeros de piso. Así me aseguraba que nada se estropeara. Pero no. No lo hice bien. Resulta que el mayor tenía otros planes, que no me había comunicado previamente, y el pasar el cumple conmigo le apetecía tanto como a mí pasarlo sin él. Y, como no me gusta que la gente se sienta obligada a pasar su tiempo libre conmigo, tenga los años que tenga, hoy ha ganado él y se ha ido con su hermano a pasar el día con su padre. A celebrar el día de mi cumple. Pero sin mí, un pequeño detalle. Y yo, pues sí, he estado un poquillo fastidiada. Porque una cosa es estar sola y otra que a una le dejen sola. Pero por otra parte estoy contenta: puesta a que se me den mal algunos días yo prefiero sean los señalados, que casi no hay. Es más yo ya hasta el verano no tengo ninguno. Y me estoy planteando recoger firmas para que retiren mi nombre del santoral. A ver si cuela.

Cumplir

Es un verbo grandilocuente. Palabra cortita, pero importante. Con acento final. Sin tilde. Sonora. Bonita. Hay quien en ella condensa toda una vida. Obrar en conformidad con un compromiso. Ahí es nada. Acatar. Bien. Obedecer. Eso ya… Respetar. Eso siempre. Realizar lo prometido. No es tan fácil. Ejecutar un encargo o una orden. Jo, lo de ejecutar suena… Hacer alguien lo que le corresponde por su cargo, posición, etc. Y sin exigir prebendas ¿eh?. Realizar los deseos, esperanzas, etc. propios o de otro. Tan boniiito. Terminar el servicio militar. Pues sí que está obsoleto mi diccionario. Terminarse un plazo o término. Eso estresa. Llegar el momento en que corresponde realizar cierto pago. Tan cerquita cuando pagas y qué largo se hace cuando has de cobrar. Cumplir. Todo es cumplir. Y aún falta uno. Que en eso ando yo hoy… cumpliendo.

viernes, 1 de febrero de 2008

Intimidades

Iba yo a trabajar una mañana en un tren de cercanías totalmente absorta en mi librito cuando un señor mayor sentado a mi lado inició tímidamente una conversación: que si dónde vas, que si qué tal el trabajo, que si estás casada, si tienes hijos, que mira tú con lo joven que pareces… el caso es que yo contesté de forma muy breve, porque aunque parezca increíble no suelo contar mi vida a los desconocidos y porque la ventaja de los grandes recorridos en transporte público es que todo el mundo va a lo suyo y te dejan leer. Pero este buen señor no necesitaba toda mi atención, con un poquito ya le valía y, ni corto ni perezoso, empezó a contarme su vida. No es eufemismo, es literal. Además lo hizo en orden cronológico inverso, es decir desde su ancianidad hasta la mismísima concepción de sus hijos, o incluso antes. Reconozco que desconecté un poco, pero la última frase que oí antes de comprobar abruptamente la llegada a mi estación de término fue: “cuando conocí a mi mujer no queríamos tener hijos, lo comenté yo en el casino y los amigos me hablaron del 69, así que mi mujer y yo nos pasamos toda la guerra bien limpitos y perfumados haciendo el 69”. Yo me bajé en mi estación con el 69 resonándome en el cerebro y lo primero que dije al encontrar a mis compañeros de trabajo fue “por favor, decidme que en los casinos hay algún juego de naipes que se llame 69 porque si no un abuelete me acaba de contar su vida sexual”. Y, vaya, nadie había ido nunca a un casino, pero lo de “bien limpitos y perfumados” nos hizo sospechar lo peor.