viernes, 22 de febrero de 2008

En construcción

Mi edad ya empieza por cuatro y, aunque voy teniendo un criterio muy formado sobre múltiples y variadas cuestiones, también me acompaña la seguridad de no poseer todas las certezas y, por tanto, la firme convicción de tener que seguir buscando. Es por eso que me considero en continua construcción.
Yo tengo muchísimas ideas. Sí, eso no es ningún problema. Soy inquieta y doy muchas vueltas a las cosas así que material hay y alguno, incluso, muy, muy original, pero, eso sí, ninguno es mío. Ahora, me temo que por la edad, el proceso es consciente, pero llevo años haciendo lo mismo sin darme cuenta.
Yo hablo, mucho, leo, lo que puedo, y escucho, lo que me dejan, y luego… copio. Y así me voy construyendo, con trozos que copio de otros. La verdad es que hay pensamientos que, así a primera vista, me parece que se me han ocurrido a mí. Pero pondría la mano en el fuego por que surgieron a partir de algo que leí o escuché en algún momento, y se me quedó en algún espacio mental sin ocupar y fue creciendo, creciendo, hasta que de pronto… ¡plaff!... pensamiento personal a la carta.
Cuando hablo o escribo, si soy consciente de la copia y me acuerdo de la dueña o dueño original, lo cito sin ningún remilgo, sea quien sea, pero si esto no ocurre pues… no.
Así que aviso a mis lectores: que nadie me venga haciéndose el listo con eso de que esto lo he oído o leído yo antes, porque sí, seguro, es cierto, también yo lo hice.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Reír

Ayer me hicieron una encuesta. Una de las preguntas era “¿en qué situación te sueles reír?”. Yo pedí aclaración. “No sé qué quieres decir.”. “Que dónde te sueles reír”. “Vaya, no sé, creo que en cualquier sitio”, fue mi genérica respuesta, y el encuestador pareció sorprendido. No sé, si no discrimino mucho a la hora de llorar ¿por qué lo voy a hacer a la hora de reírme?. Además es verdad, yo últimamente tengo la suerte de reír (en ocasiones hasta casi las lágrimas): en la oficina con mis colegas, en casa con mis compañeros de piso y/o su cuidadora, en cualquiera de mis actividades extraescolares, en el parque con las madres de los amigos de mis hijos, cuando quedo con los amig@s, cuando hablo por teléfono con ell@s, cuando como con mi familia, alguna vez en el metro… Vamos, que me río. Mucho. Saaaaalvo, y ahora viene lo malo, que se me ocurra ir a un espectáculo de humor inteligente. Sí. Ahí no. En estos últimos meses ha pasado dos veces, dos. Y no me he reído. Nada. Vamos, alguna sonrisilla sí pero reír, reír… no. Si uno va al cine o al teatro a ver una comedia sin apellido y no se ríe no pasa nada, mala suerte y se acabó. Pero si es una comedia de “humor inteligente” y el teatro vibra de las carcajadas de todos los que te rodean… buff. Además, puesta a hacer confesiones, reconozco que muchos gags ni siquiera los he entendido… mmmmm… peor. Porque si no entiendes un chiste de leperos puedes quedar hasta bien pero, maja, un chiste inteligente… ¿no lo pillas? Pues no, no lo pillo. Y no sé si debería ir a un sicólogo a que me haga un test para salir de dudas o decantarme en próximas ocasiones por obras dramáticas. Porque tienen la ventaja de que a nadie se le ha ocurrido calificar los dramas de absurdos o inteligentes y si no lloro no tengo por qué quedar como la boba del grupo. En resumen, que yo me río mucho, sí, pero a destiempo.

lunes, 18 de febrero de 2008

Llorar

Ya hace tiempo aprendí que las lágrimas no lloradas no desaparecen, se ahorran, y se pudren dentro para salir un tiempo después “revenidas”. Y no, eso no. Yo llevo mis lloros al día. Aunque no siempre es posible llevarlos “a la hora”. Porque hay gente que explota y tiembla el planeta (o el despacho, al menos, o la habitación o el teléfono o, mismamente, el correo electrónico… yo que sé), pero yo exploto poco, yo, en general, imploto. Y esa implosión llega un momento que revienta y se convierte en torrente y, cuando se abren las compuertas, ya no se puede parar. Y no siempre el reventón aguanta hasta que estoy solita en mi cuarto, alguna vez no pasa del trabajo, del coche (y paro, sííííí papá, paro) o del rato que estoy jugando con mis compañeros de piso. Y si revienta, reventó, no puedo hacer mucho más. Porque en lágrimas se me convierten las palabras que no digo, las que escucho y no contesto, las broncas que no echo, los gritos que no doy, los insultos que me callo, los tranquilonopasanada que no me termino de creer, las preocupaciones que no comparto, las 40 que no canto… aunque la verdad yo las canto bastante, sí, pero no debe ser suficiente. Y hoy ha tocado reventón. La ventaja es que ahora toca muy de tarde en tarde (que para eso tengo yo los deberes al día) y, aunque es posible que mañana amanezca con jaqueca, voy a dejar reluciente el contenedor de las lágrimas. Vamos, como los chorros del oro. Y, no teniendo nada ahorrado, los próximos días (o incluso semanas) no me va a quedar más remedio que reírme. Todos los días y sin excepción. Que en carcajadas no hace falta ahorrar. Esas se pagan siempre al contado.

sábado, 16 de febrero de 2008

Nadar

Hay días que voy a nadar. En los días que no voy hay momentos en los que sueño con el momento de meterme en la piscina y sumergirme, y bucear un poquito, y abrir los ojos y que todo sea azulito, casi transparente y mi cuerpo no pese y se deslice cual sirena. Y me siento estupenda. Pero a la hora real de nadar… no siempre soy sirena. La piscina es la misma (que Heráclito sólo habló de ríos y esto es pisci), el agua casi también… pero yo no. Los días sirena nado lo que me echen (que a la profe a veces se le ocurren cosas extrañísimas que pueden hasta doler), el agua me acaricia, no soy consciente de cómo me muevo y el caso es que avanzo, deprisa o despacio, pero disfrutando, y floto, floto aunque no me mueva. Lo malo es que hay días submarino, entonces me cuesta moverme, me siento torpe, pesada, no me noto avanzar, el agua me atrapa, se resiste a que me deslice, no floto igual y, como no me doy cuenta de que estoy más hundida de lo que yo creo, al intentar sacar la boca para respirar trago agua y se me atraganta, el agua, digo, bueno y a veces el día también. Porque lo de la piscina no es preocupante, siempre me puedo salir. Lo malo es fuera. Porque fuera de la piscina soy también sirena o submarino. Los días que me levanto sirena hasta me visto de sirena alegre, de colores, y me deslizo elegante y primorosa a través de las horas y nada me importa, disfruto cada hora, cada actividad y a cada una de las personas que se cruzan conmigo. Pero, ay de los días que me levanto submarino, hasta de oscuro me visto para que no se me vea, y combato con el reloj, las obligaciones, las responsabilidades y los problemas. Y me siento hundir y no tengo un flotador cerca, y sé que voy a tragar agua y es muy probable que me atragante y tosa porque no tengo dónde agarrarme. Y me siento mal.

Pero resulta que a veces, algunas veces, en los días submarino cuando busco un sitio donde agarrarme doy en fijarme en el montón de submarinos grandes y pequeñitos a los que no me puedo agarrar pero que me van a ir acompañando en todo o en parte de la travesía. Y, poquito a poco, nos vamos mirando y por señas nos animamos y nos parece que avanzamos más y que sin darnos cuenta vamos subiendo a la superficie, y entonces creemos que sonreímos, y en un breve instante nos hacemos conscientes de nuestro cuerpo y nuestra fuerza, y bajamos los ojos y nos vemos grises, pero no un gris acero, no, este ya es otro gris. Un gris delfín. Y al descubrir que lo somos nos turnamos para dar saltos con tirabuzones y luego volver a hundirnos. Pero ya no solos.

Es afortunado sin duda el día en que amanezco sirena, pero si la fortuna no me sonríe y me levanto submarino... terminar navegando el día como un delfín y hacerle al mar un par de tirabuzones no tiene precio.

jueves, 14 de febrero de 2008

Mi frutero


El otro día en “Vestir de rosa” hablaba yo de un hipotético frutero “que quite el hipo marcando musculillo”, quiero aclarar que era eso, hipotético, porque mi frutero habitual no es así, es… mucho mejor. El atractivo personal aún no se lo he pillado pero tiene unas innatas dotes científicas que pueden convertir el comprar la fruta en una experiencia casi mística. En una de mis visitas, al entrar en el establecimiento me lo encontré blanquito, blanquito, como los tallos de las acelgas. Preocupada le requerí explicación y él enseguida me narró el acontecimiento: “qué fuerte, qué fuerte ¿no lo ha visto?”, no ¿a quién?, “la señora que se acaba de ir es igual, igual, igual que otra que se murió la semana pasada”. Ah, vaya. “Pero igual, igual ¿eh?, aunque se llaman distinto que se lo he preguntado”. “¿Y le ha contado lo de la muerta?”. “Sí, no he podido evitarlo”. Cliente menos para mi frutero.
Otros dos habituales y yo mantuvimos una breve y superficial conversación sobre la casualidad de encontrar a gentes que no tienen nada que ver pero parecen gemelas… hasta que el frutero volvió en sí. Una vez controló sus nervios y su cara recuperó el color tomateenrama habitual, emitió su teoría: “Jo, antes era muy fácil, porque hacer tanta gente distinta es imposible, pero si Dios colocaba una cara aquí y otra en Australia quién se iba a enterar. Ahora con internet ya no es posible, porque todo el mundo puede verse y Dios se tiene que esmerar más… le han jodido”. Todos los clientes estuvimos de acuerdo: “¿Yo cuanto le debo?” “¿Cuánto es lo mío?”... y allí le dejamos sin haber sido capaces de asimilar tamaño descubrimiento de sopetón.
Después de darle muchas vueltas me he dado cuenta de que cuando yo nací Dios no había empezado a esmerarse y en algún lugar del mundo debe haber alguien igual que yo. Igualita, igualita. Y ya me estaba empezando a creer la teoría cuando descubrí su gran fallo: en algún lugar del planeta habría de haber un frutero igual que el mío, igualito, igualito. Y lo siento mucho, pero por ahí no paso. Eso es imposible.

martes, 12 de febrero de 2008

Sucesos inexplicables

Hoy me ha ocurrido un acontecimiento absolutamente extraordinario. Si hubiera estado yo sola probablemente habría pensado que lo soñé, pero no, no estaba sola, había más de veinte testigos, y hasta cámaras de fotos. Ocurrió. Seguro. Todos sabemos que hemos de pasarnos la vida trabajando para nuestra propia satisfacción personal porque el reconocimiento de los demás es tan difícil (bueno, salvo para los actores de teatro que les aplauden todos los días, o algún otro caso muy, muy excepcional, que si algún día las cajeras de mi supermercado recibieran una ovación seguro sonreirían más). Todos conocemos a un montón de gente que se ha dejado la piel en un trabajo, en un empeño, en una profesión, y no recibe ninguna satisfacción externa, también están los que trabajan por trabajar, o no trabajan pero se les da fenomenal venderse y parece que lo hacen mucho más y mejor que los demás. Y suele coincidir que los reconocimientos y enhorabuenas especiales los recibe quien menos los merece. Que yo doy fe. Porque la vida, la laboral también, a veces es muy injusta. Por eso lo de hoy es increíble. Porque a un buen señor que pasó cincuenta años de su vida trabajando para una misma empresa, y trabajando bien, con vocación y convencimiento, llevándose bien con sus jefes, colegas y subordinados, plantando cara al lucero del alba cuando hubo de hacerlo (que cuando los luceros del alba tienen mucho poder… tela), pues resulta que le han otorgado una medalla por su trabajo. Medalla muy difícil de recibir y que exige un largo expediente en el que debe constar el beneplácito de no sé cuántas personas. Es más increíble aún que ese expediente fuera iniciado por dos compañeras de trabajo y a él se hayan ido añadiendo año tras año compañeros de toda su vida profesional y jefes de todos los colores hasta superar con creces las adhesiones necesarias. Raya en lo milagroso que este señor encima haya recibido la medalla “a título vivo” (y que sea por muchos años). Es casi sobrenatural que sea un defensor a ultranza, y sin duda modelo, de su trabajo como un “servicio público”. Y ya lo que merece otro expediente, pero éste sin duda con la letra X, es que sea un funcionario. FUN CIO NA RIO. Pues así, como suena, medalla al mérito en el trabajo a un funcionario. Y mira tú, que es merecida. Si lo que yo digo, de vez en cuando ocurren sucesos absolutamente inexplicables.

lunes, 11 de febrero de 2008

Quejas

Otra vez la oigo. Y no callará...
Del reparto de gananciales de mi última relación sentimental (la verdad es que había poco que repartir) fui agraciada con… una mochila. Sí. El caso es que yo en mi primera juventud tuve una roja muy chula que terminó viejilla pero en los últimos muchosaños no la había echado de menos. Uno de los alicientes del anterior sentimentalmente relacionado era un grupo de amigos montañeros, un grupo demasiado madrugador para mí pero por lo demás estupendo. Y alguna vez participamos en sus rutillas. La mochila era mía en copropiedad, pero a la hora de caminar yo era absolutamente independiente y ella se entendía con su porteador. Alguna ruta más hicimos sólo los tres: la mochila, el porteador y yo, pero ya hace meses que el trío se rompió y nos quedamos sin porteador. La mochila pasó a residir en el altillo del pasillo y en muy poquito tiempo comenzó a quejarse. Se agobiaba, se sentía encarcelada. Los quejidos eran leves pero perfectamente audibles así que, ateniéndome a mi sentido de la responsabilidad, comencé a sacarla de excursión. Mis otras responsabilidades no me permitían hacerlo muy a menudo pero conseguí tenerla contenta. Salimos en otoño varias veces, ella prometió no ser muy pesada y yo correspondí porteándola con la misma gracia si cabe que su anterior porteador (aunque con algún sudorcillo más). En llegando el invierno tuvimos una seria conversación y ella entendió perfectamente mi postura innegociable: lo de subir montañitas está muy bien pero mi límite en el sufrimiento de penalidades está cuando la ropa que hay que ponerse pesa más que yo, así que aplazamos nuestras salidas hasta que llegara la primavera. El problema de las mochilas es que no asistieron a educación infantil y no manejan bien el calendario así que, con estos diítas tan soleados que hemos tenido, ella se ha creído que la primavera está al llegar y ya se anda quejando. Y, por mucho que se lo explico, no hay manera. Supernanny diría que tengo que permanecer impasible hasta que desaparezcan las quejas pero, claro, desde fuera es muy fácil. La cruda realidad es que ésta no va a tardar nada en subírseme a la chepilla. Así que aquí estoy, a escondidas, afilando bastones, aunque con ella disimulo y uso el mismo tono autoritario que aplico al resto de los habitantes de esta casa: “Saldremos cuando yo diga. Que para eso soy la que manda. Y no quiero volver a oír una sola queja”.