El otro día en “Vestir de rosa” hablaba yo de un hipotético frutero “que quite el hipo marcando musculillo”, quiero aclarar que era eso, hipotético, porque mi frutero habitual no es así, es… mucho mejor. El atractivo personal aún no se lo he pillado pero tiene unas innatas dotes científicas que pueden convertir el comprar la fruta en una experiencia casi mística. En una de mis visitas, al entrar en el establecimiento me lo encontré blanquito, blanquito, como los tallos de las acelgas. Preocupada le requerí explicación y él enseguida me narró el acontecimiento: “qué fuerte, qué fuerte ¿no lo ha visto?”, no ¿a quién?, “la señora que se acaba de ir es igual, igual, igual que otra que se murió la semana pasada”. Ah, vaya. “Pero igual, igual ¿eh?, aunque se llaman distinto que se lo he preguntado”. “¿Y le ha contado lo de la muerta?”. “Sí, no he podido evitarlo”. Cliente menos para mi frutero.
Otros dos habituales y yo mantuvimos una breve y superficial conversación sobre la casualidad de encontrar a gentes que no tienen nada que ver pero parecen gemelas… hasta que el frutero volvió en sí. Una vez controló sus nervios y su cara recuperó el color tomateenrama habitual, emitió su teoría: “Jo, antes era muy fácil, porque hacer tanta gente distinta es imposible, pero si Dios colocaba una cara aquí y otra en Australia quién se iba a enterar. Ahora con internet ya no es posible, porque todo el mundo puede verse y Dios se tiene que esmerar más… le han jodido”. Todos los clientes estuvimos de acuerdo: “¿Yo cuanto le debo?” “¿Cuánto es lo mío?”... y allí le dejamos sin haber sido capaces de asimilar tamaño descubrimiento de sopetón.
Después de darle muchas vueltas me he dado cuenta de que cuando yo nací Dios no había empezado a esmerarse y en algún lugar del mundo debe haber alguien igual que yo. Igualita, igualita. Y ya me estaba empezando a creer la teoría cuando descubrí su gran fallo: en algún lugar del planeta habría de haber un frutero igual que el mío, igualito, igualito. Y lo siento mucho, pero por ahí no paso. Eso es imposible.


5 comentarios:
¿Dónde dices que compras? Qué portento de frutero...
Tiendita de barrio de las de toda la vida. La dirección te la doy en privado, no vamos a darle publicidad gratuita. Bueno, salvo que consiga una comisión porque al precio que está la fruta con un uno por cien yo me forro.
Pero ¡qué pedazo de frutero!, pues si es así, cómo será el carnicero...
Un beso.
Pues no sé de qué te extrañas... a mí me pasa continuamente. La gente me confunde con otras personas y, hace poco, me pasó que un camarero al que no había visto en mi vida estaba empeñado en que yo "Siempre" tomo café descafeinado... así que, en mi caso, no sólo hay uno por ahí igualito a mí... hay toda una colección.
Pues ahora que lo dices, Cyrano, el carnicero también tiene lo suyo. Pero eso lo cuento otro día. Un beso.
Y Sr. Capullo no cuela que haya una colección igual que tú. Que igualen tu imagen, vale, puede ser, pero tu alias y tus historias... ni de coña. Un beso.
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