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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Mi final del verano

El verano empieza en junio. El verano de todos, digo. El mío también. A veces coincide con el solsticio oficial pero otras no. Este año casi, casi. Mi verano suele empezar con las vacaciones escolares, porque es entonces cuando la vida habitual cambia, los horarios pueden relajarse y estamos en la calle casi continuamente. En las calles de siempre o en otras nuevas, en el campo, en la playa, en montañas, en pueblos nuevos o en lugares ya conocidos, pero al aire libre, casi todo el día. Y mis horizontes se amplían. Y me acostumbro a que desde mi ventana se vea el monte, o el campo, o el mar y el horizonte esté lejos. A que la tormenta se vea, no sólo se oiga el sonido del agua y el estallido de un trueno. A que, cuando el cielo abre, se divise a lo lejos.

Pero luego vuelvo a Madrid, y mi horizonte diario termina en la casa del vecino de enfrente, y mi campo es un parque vallado, y mi montaña la cuesta que tengo que subir hasta el metro. Y me cuesta acostumbrarme. Y me subleva Madrid. El cambiar barcos por rascacielos, la tumbona por el sofá, los “nos vemos en un rato” por “a ver si cuadramos agendas”, los paseos a pie por los viajes en metro, autobús o coche… Es difícil, pero lo termino consiguiendo y, cuando lo hago, es cuando para mí empieza de verdad el otoño, mi otoño en Madrid.

Ayer pasé, rozando el amanecer, un puente que cruza la Castellana y, gracias a uno de los primeros atascos otoñales, tuve que parar arriba un ratito. Castellana arriba y Castellana abajo en los altos edificios iban encendiéndose luces, la avenida despertaba poco a poco a la ajetreada vida habitual, como yo, y el horizonte me pareció grande, muy grande, como a mí me gusta. Y me sentí bien, y sonreí, un poquito. Bienvenida a Madrid, Ana, pensé.

Y, ya que me había acostumbrado… entré a saco en el pensamiento otoñal habitual en Madrid a esas horas: joder, que llego tarde…