Ayer yo había decidido dedicar mi tarde a conocer algún hecho histórico en profundidad y, ojeando la programación televisiva, observé que una cadena de televisión me lo iba a poner muy fácil, emitiendo una entrevista con la Duquesa de Alba (¿no es ella un hecho histórico en sí misma?). Así que me dediqué a vivirlo intensamente, y vi la entrevista casi entera. Ahora yo podría decir que vi sólo parte porque la vi por casualidad, que yo no suelo ver la tele, que a mí lo que me gusta es leer cuanto más espeso sea mejor, que en la tele yo sólo veo documentales, que soy yo profundamente intelectual… podría, pero sería faltar a la verdad, si no vi la entrevista completa fue porque una amiga y la lavadora se confabularon para entretenerme.
Por si entre mis lectores hay alguno verdaderamente intelectual, que no se haya enterado del tema, voy a resumirlo: la Duquesa de Alba es una señora de más de ochenta años, noble entre las nobles (de los de títulos, digo), forrada, con un montón de hijos adultos (que cambian de pareja cada dos por tres, como dice su madre) y más casas incluso que hijos. La señora se ha enamorado de un señor más joven que ella, nada sorprendente por otra parte, y como parece que él ha hecho lo propio, decidieron casarse. A algunos de los hijos la idea les pareció tan espantosa que decidieron impedir la boda y para eso buscaron incluso la intercesión del Rey, que llamó a la Duquesa para convencerla de que no hiciera locuras. Algo así.
Yo la verdad es que no conozco al Rey más que de vista y creo mi teléfono no figura en su agenda. Creo. Pero por si acaso algún día me lee (que nunca se sabe) y llegamos a ser íntimos, voy a irle avisando. No soy capaz de predecir mi futura vida sentimental, pero lo mismo a los ochenta años los avatares del destino me pillan en situación parecida a la de la Duquesa: con mis hijos crecidos e independientes (seguro más cariñosos que los de la Duquesa), con mi vida y la suya resuelta (espero), con un montón de achaques que traerá la edad (eso seguro) y con alguna esperanza perdida en cuestiones del corazón (si no todas). Si en esas circunstancias resulta que un caballero de buen ver y veinte años menor que yo, se enamora de mí, y yo de él, y los dos decidimos que a la vejez viruelas y que queremos cohabitar con papeles y bendiciones por medio… yo ya os lo advierto, Majestad, casi mejor no me llaméis. Que vuestro tiempo será muy valioso y quizá a mí me pilléis muy ocupada cosiendo un lacito azul a una liga o ensobrando invitaciones.
Por si entre mis lectores hay alguno verdaderamente intelectual, que no se haya enterado del tema, voy a resumirlo: la Duquesa de Alba es una señora de más de ochenta años, noble entre las nobles (de los de títulos, digo), forrada, con un montón de hijos adultos (que cambian de pareja cada dos por tres, como dice su madre) y más casas incluso que hijos. La señora se ha enamorado de un señor más joven que ella, nada sorprendente por otra parte, y como parece que él ha hecho lo propio, decidieron casarse. A algunos de los hijos la idea les pareció tan espantosa que decidieron impedir la boda y para eso buscaron incluso la intercesión del Rey, que llamó a la Duquesa para convencerla de que no hiciera locuras. Algo así.
Yo la verdad es que no conozco al Rey más que de vista y creo mi teléfono no figura en su agenda. Creo. Pero por si acaso algún día me lee (que nunca se sabe) y llegamos a ser íntimos, voy a irle avisando. No soy capaz de predecir mi futura vida sentimental, pero lo mismo a los ochenta años los avatares del destino me pillan en situación parecida a la de la Duquesa: con mis hijos crecidos e independientes (seguro más cariñosos que los de la Duquesa), con mi vida y la suya resuelta (espero), con un montón de achaques que traerá la edad (eso seguro) y con alguna esperanza perdida en cuestiones del corazón (si no todas). Si en esas circunstancias resulta que un caballero de buen ver y veinte años menor que yo, se enamora de mí, y yo de él, y los dos decidimos que a la vejez viruelas y que queremos cohabitar con papeles y bendiciones por medio… yo ya os lo advierto, Majestad, casi mejor no me llaméis. Que vuestro tiempo será muy valioso y quizá a mí me pilléis muy ocupada cosiendo un lacito azul a una liga o ensobrando invitaciones.

