Yo, como muchas otras personas, creo que más entre las de mi sexo, tengo frecuentes intuiciones: sensaciones de que alguien a quien acabo de conocer será importante en mi vida, de que alguien con apariencia de ángel es más malo que un demonio, de que alguna aventura insensata va a salir bien, en contra de todas las previsiones racionales… o, simplemente, la de que algo está a punto de pasar. Intuiciones básicas. A veces en situaciones nimias, alguna de las cuales le hace a uno de mis hijos estar convencido de que soy un poco maga (bruja sería, según otras versiones), y así se lo cuenta a sus amigos.
Ya conté que llegué al viernes pasado con la profunda intuición de que me iba a aflorar un espíritu, el navideño. Y, para seguir invocándole, acompañé al aprendiz de mago a un teatro en su cole: niños disfrazados de pastores, villancicos, padres babeantes, niños subiéndose en las sillas, deseos de paz y amor, niños gritando… Era la prueba determinante. Y afloró, vaya si afloró, lo malo es que yo había tenido cierta confusión de señales en mi intuición y lo que afloró no era un espíritu, era… un virus. Gástrico. Que me ha tenido en danza (es un decir) todo el fin de semana. Que yo ya puesta a estar en danza hubiera preferido un espíritu, incluso el navideño. Pero no he podido elegir.
Es la peguita que tienen las intuiciones, que no suelen venir muy detalladas y a veces la aparición no coincide exactamente con lo que una esperaba. La ventaja, por otra parte, es que una vez realizada la aparición, la intuición desapareció y ya no tengo la presión de pensar “a saber qué se me va a aparecer ahora”, y puedo pasar la semana relajadita. Sin intuiciones. Ni apariciones. Que luego te dan unos sustos…
Ya conté que llegué al viernes pasado con la profunda intuición de que me iba a aflorar un espíritu, el navideño. Y, para seguir invocándole, acompañé al aprendiz de mago a un teatro en su cole: niños disfrazados de pastores, villancicos, padres babeantes, niños subiéndose en las sillas, deseos de paz y amor, niños gritando… Era la prueba determinante. Y afloró, vaya si afloró, lo malo es que yo había tenido cierta confusión de señales en mi intuición y lo que afloró no era un espíritu, era… un virus. Gástrico. Que me ha tenido en danza (es un decir) todo el fin de semana. Que yo ya puesta a estar en danza hubiera preferido un espíritu, incluso el navideño. Pero no he podido elegir.
Es la peguita que tienen las intuiciones, que no suelen venir muy detalladas y a veces la aparición no coincide exactamente con lo que una esperaba. La ventaja, por otra parte, es que una vez realizada la aparición, la intuición desapareció y ya no tengo la presión de pensar “a saber qué se me va a aparecer ahora”, y puedo pasar la semana relajadita. Sin intuiciones. Ni apariciones. Que luego te dan unos sustos…
…Bueno, o no, que ocasiones también ha habido en que imprevistas apariciones se convierten en el mejor de los regalos.

