Hoy un relato. Basado, se nota mucho, en una idea original de Ernest Hemingway:
Era una vez un niño, Manolín, que llevaba 84 días saliendo a pescar sin conseguir nada. El viejo Santiago le acompañó los primeros 40 días, pero luego sus hijos le prohibieron seguir haciéndolo: “A tu edad, no debes cansarte en balde”. Y dejaron solo a Manolín. Manolín no se amilanó y siguió saliendo a pescar solo. Santiago le despertaba cada día y, cada día, Santiago le preguntaba: “Hoy sí pescaremos un pez enorme ¿verdad?”. “Seguro, Manolín, hoy sí”.Y Santiago le acompañaba a la barca. Y cada tarde lo esperaba en el puerto y le ayudaba con los aparejos para que llegara pronto a casa y no disgustara a sus padres. Los padres aún no sabían que Manolín estaba navegando solo y Manolín no quería decirles nada. Seguro que si se enteraban se lo prohibirían y él quería pescar. Quería pescar el pez más grande que nunca hubieran visto para que Santiago se pusiera contento. Manolín sabía que Santiago estaba triste. Claro que lo estaba. Él también lo estaría si sus padres le prohibieran salir a la mar. El día 85 Manolín salió decidido a no volver sin pesca, pasara lo que pasara. Se despertó solo, era el primer día de 85 en que no lo despertaba Santiago. Se lavó y vistió. Cuando fue a coger los aparejos no estaban así que se bajó al puerto. Allí estaba su barca con todos los aparejos dentro, una red, el plástico que protegía la barca en los días de lluvia… pero ni rastro de Santiago. Así que Manolín se hizo a la mar. Navegó, navegó y navegó. Se alejó de tierra unas cuantas millas, convencido de que si sus padres se enteraban le castigarían sin ver siquiera el mar. Pero no se iban a enterar, ellos solo sabrían esta noche que Manolín había pescado un gran pez, nada más. Mientras navegaba, Manolín preparó cuatro anzuelos con sus cebos y sedales, para tener más posibilidades. En una hora sintió el tirón en uno de los sedales de proa, sujetó lo más firme que pudo y, cuando le pareció que el pez se había calmado, empezó a tirar. Pero pesaba mucho, era mucho más fuerte que él, el pez tenía que ser enorme. Ató el sedal para que el pez no se escapara, pero no tenía muchas posibilidades, con los tirones el pez podía volcar la barca, y eso sí sería muy peligroso. Así que pensó en voz alta: “Si Santiago estuviera aquí…”; pero como no estaba empezó a desatar el sedal, si no iba a poder pescar el pez, era mejor dejarle libre, sin daño. Pero se dio un susto al escuchar: “¡Quieto!”. Hala, Santiago. “No sueltes sedal. Yo te ayudaré”. “No me mires así. Me escondí. Mis hijos vigilan para que no embarque. Era la única manera”. Y entre los dos tiraron y sujetaron el pez, pero seguía pesando mucho. Y lucharon durante largo rato y lo consiguieron. Pero cuando ya tenían el pez en la barca… se lo pensaron mejor. Se miraron y sin decirse nada los dos supieron lo que querían. Liberaron al pez del anzuelo y lo devolvieron al mar. Volvieron a puerto. Y cada día, volvieron a salir a pescar y cada día, Manolín al despertarse interrogaba a Santiago: “Hoy sí pescaremos un pez enorme ¿verdad?”. “Seguro, Manolín, hoy sí”.


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