jueves, 18 de octubre de 2007

Un día después


Érase una vez un hombre antiguo, se llamaba Abel. De niño una serie de sucesos inexplicables dieron como resultado que su reloj vital se retrasara y, tras múltiples intentos fallidos para solucionar la situación, hubo de quedarse a vivir en su día anterior.
En el colegio no tuvo grandes problemas, al fin y al cabo la vida es casi siempre rutinaria y da igual vivir un día, el día de antes o el de después. Sí fue difícil su primer beso o cada una de sus escasas relaciones sexuales: él no sentía nada... hasta el día siguiente. Por el barrio se extendió una inmerecida fama de hombre sin corazón que duró hasta el domingo aquél en que acompañó a su casa a una tal Pilar justo un día después de que su equipo de fútbol consiguiera ganar el campeonato de liga de ese año. Ese día no, no estuvo insensible.
Se había acostumbrado a vivir así, al fin y al cabo con el tiempo todo se convierte en rutina, pero el destino quiso que su mejor amigo fuera atropellado por un autobús momentos después de haberlo despedido en una transitada calle de la ciudad. Abel estuvo en la cabecera de la cama del moribundo mientras vivía su última tarde juntos, pero no podía entristecerse porque en su mente se estaba produciendo su último encuentro.
Al día siguiente, el del entierro, todos lloraban pero él no podía, su amigo estaba en la cama delante de él y por él debía mantenerse sereno.
Él fue al cementerio un día después que el cortejo fúnebre. Lloró solo ante la tumba sintiendo como el ataúd descendía poco a poco hacia su lugar definitivo.
Con los ojos anegados en llanto se quedó mirando sin pestañear a la lápida aún resplandeciente. Se dio en pensar como sería su propia muerte. Le pareció curioso ser el último en enterarse. Poco a poco un pensamiento aterrador se fue apoderando de cada uno de sus sentidos. Los ojos espantados siguieron mirando a esa lápida sin nombre. Así lo supo. No moriría. No hay un día después de la muerte.

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