martes, 25 de marzo de 2008

Colores

Mi madre tuvo cuatro hijas a las que, a la vez que con un nombre sin duda bien bonito, quiso identificar con un color. Usó los cuatro colores del parchís. Así, de niñas, cada una sabía qué vaso era el suyo sin necesidad de escribir un nombre. Lo mismo pasaba con nuestras lencerías, unas leves puntadas del hilo de nuestro color en la etiqueta nos permitían elegir convenientemente de un único cajón (en casa de cinco mujeres hay que agudizar el ingenio para identificar prendas tan abundantes). Y así todo lo que necesitaba ser distribuido o identificado. Con el tiempo esos colores formaron parte de nuestro crecimiento y quizá se mezclaron con nuestra forma de ser.
Tengo, sí, una hermana verde hoja, de un verde intenso, como su carácter. O como sus ojos. Y su larga melena parece a veces copa de árbol: de pino, o de abeto o de sauce llorón (un mal despertar lo tiene cualquiera). Y es como un árbol frondoso, él no te arropa, pero siempre está y si te arrimas lo suficiente puede hasta abrazarte, que tengo yo en mi haber algún abrazo inolvidable.
También tengo una hermana azul vaquero. Del azul oeste americano que vistieron los valientes. Porque ella parió en otro idioma, y para eso hay que ser muy grande. Sí, es azul. De ese azul bravo del mar.
Está también mi hermana amarillo, amarillo sol, como su pelo. Con la cabeza llena de explosiones internas como el astro rey (bueno, alguna explosión externa también tiene, pero es menos frecuente). Amarillo como el plátano de canarias, que sabes va a estar buenísimo pero cuando lo abres te das cuenta de que está… mucho mejor.
Y luego sí, está el rojo. Pero no es cualquier rojo. Un rojo tranquilo pero candente. Sin fuego. Sin llama. Intenso pero no brillante. Es un rojo mezcla de fresa y cereza. Ese es mi rojo. O, mejor dicho, ese rojo… soy yo.

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