Voy a comentar una rareza que tiene mi madre. A ella siempre le han gustado las partes más óseas del pollo. A la hora de repartir: muslos y contramuslos para las niñas, pechuga para su marido, y para ella… huesitos y poco más. Es verdad que en las familias numerosas un pollo no daba para andar eligiendo todos pero no sé, los huesos como que nunca han sido lo más rico. Esta rareza de mi madre es al menos genética en su rama porque a alguna de mis tías también le pasa. Además la rareza es incluso peor, porque se manifiesta o no dependiendo de la compañía. Si disponen de un pollo para ellas solas tiran de tajadas en condiciones, pero como haya que repartir con la familia… ellas juran que les gustan los huesos. Y el pollo es solo un ejemplo, porque casualmente ellas tienen el hambre adecuado a “lo que queda”: que se presentan a comer sin avisar tres o cuatro de los fijos… ellas no tienen hambre, pero si resulta que fallan uno o dos de los previstos y hay sobras… ellas comen lo que les apetece y, si aún así sobra, te reparten así revientes (hija, es para que no quede). En conclusión, el hambre de las madres de antes es inversamente proporcional al hambre de sus hijos.
Hoy en mi casa ha tocado comer descongelado y yo he tenido un error de cálculo: a la hora de poner en platos no había ración entera para los tres. Así que, siguiendo mi gen materno, he puesto dos raciones estupendas y he dejado unos huesillos para mí. Sólo me quedaba convencerme de que yo no tenía hambre. Y no he podido. Sí que lo tenía. Canino. Así que he hecho un reparto absolutamente equitativo. Los tres hemos comido un poco menos de lo que hubiéramos querido pero hemos comido bien. Un poquito más de postre y listos hasta la merienda.
Luego lo he estado pensando y en principio me ha parecido que, tristemente, yo no era una madre de las de antes, con esa ilimitada capacidad de sacrificio. Aunque, pensándolo mejor, he llegado a la conclusión de que sí soy una madre “de las de antes” y de las de siempre (que los instintos no entienden de épocas) pero resulta que no quiero que mis hijos crean que mamá no importa, que mamá no tiene hambre, que mamá no tiene sueño, que no tiene película preferida, o que no le gusta leer tranquila un rato mientras ellos juegan, o discuten, o se pegan. O, incluso, que no importa que a mamá le duela la cabeza, porque yo recuerdo que a mi madre le dolía casi a diario y no nos gritaba, pero nosotras no dejábamos de hacerlo. Ahora a mí me duele a menudo y con cada grito siento una trepanación. Y me parece que no fuimos justos con mi madre.
Así que yo voy a intentar que mis hijos aprendan que lo seguro ilimitado en mí va a ser el cariño. Pero, si esto es un equipo, aquí todos contamos y todos nos preocupamos por todos. Yo quiero que ellos sean felices, pero quiero serlo también yo. Y me niego a pensar que haya de ser incompatible. A ver quién gana. O, mejor dicho, a ver si hay suerte… y ganamos todos.
Hoy en mi casa ha tocado comer descongelado y yo he tenido un error de cálculo: a la hora de poner en platos no había ración entera para los tres. Así que, siguiendo mi gen materno, he puesto dos raciones estupendas y he dejado unos huesillos para mí. Sólo me quedaba convencerme de que yo no tenía hambre. Y no he podido. Sí que lo tenía. Canino. Así que he hecho un reparto absolutamente equitativo. Los tres hemos comido un poco menos de lo que hubiéramos querido pero hemos comido bien. Un poquito más de postre y listos hasta la merienda.
Luego lo he estado pensando y en principio me ha parecido que, tristemente, yo no era una madre de las de antes, con esa ilimitada capacidad de sacrificio. Aunque, pensándolo mejor, he llegado a la conclusión de que sí soy una madre “de las de antes” y de las de siempre (que los instintos no entienden de épocas) pero resulta que no quiero que mis hijos crean que mamá no importa, que mamá no tiene hambre, que mamá no tiene sueño, que no tiene película preferida, o que no le gusta leer tranquila un rato mientras ellos juegan, o discuten, o se pegan. O, incluso, que no importa que a mamá le duela la cabeza, porque yo recuerdo que a mi madre le dolía casi a diario y no nos gritaba, pero nosotras no dejábamos de hacerlo. Ahora a mí me duele a menudo y con cada grito siento una trepanación. Y me parece que no fuimos justos con mi madre.
Así que yo voy a intentar que mis hijos aprendan que lo seguro ilimitado en mí va a ser el cariño. Pero, si esto es un equipo, aquí todos contamos y todos nos preocupamos por todos. Yo quiero que ellos sean felices, pero quiero serlo también yo. Y me niego a pensar que haya de ser incompatible. A ver quién gana. O, mejor dicho, a ver si hay suerte… y ganamos todos.


2 comentarios:
... hablo de oidas, pero las madres no se pueden comparar, son madres las de antes y las de ahora ...
Nos educan en los valores de la vida y cuidan a sus hijos hasta donde haga falta ... para unas madres son huesos de pollo, para otras son entradas para el cine, un buen regalo una Nintendo y hasta un buen beso ... la carne para los hijos y los huesos para las madres ...
... por eso madre no hay mas que una ... Un beso Ana ..
Sí, Juan, solo una y mis hijos a veces piensan que menos mal, con una les sobra. Un beso.
Publicar un comentario