La otra tarde tuve una profunda conversación con unas amigas. La verdad es que, como suele pasar, la cosa empezó a lo tonto. Era una de esas tardes primaverales que nos regaló el tiempo la semana pasada y los tiarrones que acudían al gimnasio cercano decidieron enseñar músculos sudorosos a todo el que quisiera mirar. Y, oye, a nadie le amarga un dulce. Así que… que mira tú ese qué bien está, que qué lástima creo le doblo la edad, que a quién le importa eso, que ese otro podría taparse, que a mí tanto músculo me da grimilla, que a mí lo que me da grimilla es la barriga flácida, que … bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla… que terminamos hablando del amor. Que qué tendrá que ver, digo yo. Mis contertulias, por variar, todas emparejadas desde tiempo inmemorial. Hablaban del tipo de amor que disfrutaban ellas: del amor tranquilo, del de ya conocerse, del de no necesitar palabras, del de las pocas sorpresas pero muchas complicidades, del de las caricias tiernas (cuando no hay partido de fútbol o carrera de Fernando Alonso, claro), del de estar segura… de un amor de musiquilla tranquila, de escuchar, de un amor con ritmo bolero. Y de ahí pasamos al mío, al … al de ciencia ficción, digamos. Y al qué le pedía yo ahora al amor. Y yo no sabía qué le pedía, porque mayormente no suelo escribir cartas al viento y hace tiempo que no me lo encuentro, y porque además tuve que retirar la vista de los músculos sudorosos que no me sugerían amor precisamente. Pero conseguí centrarme en el tema. Y pensé. Y ellas ayudaron de manera que hasta se emocionaron y casi no me dejaban hablar a mí. Y hablamos de la pereza de volver a empezar, del tostón de tener que intentar estar interesante siempre, con lo poco interesante que resulta una madre, de lo a gusto que se está tranquilita, de que quizá a esta edad sería mejor ya el amor tranquilo, sin aventura pero… ninguna nos lo creíamos. Es verdad que la pereza pesa. Es verdad que los niños, las obligaciones o las cicatrices de heridas anteriores pesan también. Pero también es verdad que cuando llegas a un punto, o a una edad, en la que tu vida está bien, y tú también, al amor sólo le pides que si ha de llegar sea para mejorar lo que ya tienes, que si no para qué. No necesitas a alguien que te saque de paseo o que te lleve a casa, o que te pague las facturas, o que te abra la puerta del coche (que Dios nos libre), y ni siquiera alguien que te llame preciosa, porque tú ya has decidido que lo eres. Así que resulta que al amor sólo le pides que si se presenta no lo haga en forma de bolero, que sea música, sí, pero bailable. Alegre, divertida y con ritmo, mucho ritmo. Del que hace que los pies se muevan sin querer. Así de... ¿fácil?.
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