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miércoles, 3 de diciembre de 2008

De los hombres y la bechamel

Ya conté en otro texto hace unos meses que entender a los hombres y a la bechamel a mí me exige el mismo esfuerzo mental. Resulta que ayer mientras daba vueltas en la sartén a mi último alarde gastronómico, di en descubrir que lo de mi esfuerzo mental no es la única analogía. Veamos:

En las bechameles que yo hago hay dos tipos básicos:

1. la de los huevos rellenos: que ha de ser sólo una salsa, ligera y casi volátil, requiere poquito esfuerzo y dura el tiempo justito de echarla sobre los huevos y llevarla al comedor, visto y no visto, agradable al paladar, te alegra el ratito mientras la comes y al llegar a los postres ya te olvidaste de ella.

2. luego está la de croquetas, que sería una masa consistente, esta me exige un esfuerzo mayor porque la textura ha de ser más fuerte, y para conseguir esa textura hay que ir removiendo con paciencia, poco a poco, con dedicación, para que quede más firme, estable, y pueda ser perdurable más allá de esa tarde (la tradicional bandeja de croquetas al congelador) sin perder sabor.

La situación ideal sería que yo me pusiera a hacer bechamel de croquetas y me saliera esa o que con los huevos cocidos ya rellenos yo me pusiera a hacer la bechamel número uno y me saliera. Pues no. En mi vida las situaciones ideales no existen y la probabilidad de que a mí me salga una bechamel u otra es absolutamente aleatoria, así que hay días que queremos cenar croquetas y no hay manera y otros en los que con los huevitos rellenos tan monos en sus platitos lo que a mí me sale pesa más que los mismos huevos. Y, claro, esto puede frustrar, por lo de traicionar expectativas preexistentes, más que nada.

En los hombres que yo me encuentro hay también dos tipos básicos:
1. el hombre croqueta.
2. el hombre salsa.
Las cualidades de cada uno son parecidas a las de las bechameles de los mismos tipos. Y no creo que haga falta detallar más (tened en cuenta además que me lee mi padre). El problema tradicional ha sido, como con las bechameles… la preasignación de tipologías: que veía yo a un hombre con pinta de croqueta… me salía salsa, que le veía yo un cuerpo de salsa que no veas… él pretendía ser croqueta. Y así no hay manera. Todo por culpa de las preasignaciones tipológicas.

Así que yo ahora tengo un nuevo sistema para afrontar los inicios de relación con… las bechameles: la mentalidad flexible. Sólo enciendo el fuego si estoy relajadita y dispuesta a admitir sorpresas. Que resulta que sale pastosa… cenamos croquetas, esa noche y otras cuantas más. Que sale salsita… pues… salsita cenamos. Que se llena de grumos y hay que tirarla… pues nada, se tira, cenamos otra cosa y lo de la bechamel se intenta otro día de mayor inspiración. Y así todos tan contentos, sin frustraciones. Que al fin y al cabo demostrado está que una puede vivir sin cenar bechamel mucho tiempo, pero mucho, mucho.