Ahora recuerdo a mi madre. Siendo pequeños mis hermanos y yo ella nos llevaba de paseo por las tardes y cada día la esperábamos en la puerta todos con el abrigo puesto. A punto de salir sus palabras siempre eran: ¿habéis hecho pis? y siempre había alguno que salía zumbando hacia el cuarto de baño. ¿Habéis hecho pis?...¿por qué las cosas importantes se olvidan tan pronto?.
Era martes. Como cada tarde me dirigía al trabajo después de haber comido en casa y, como cada tarde, bajé por la avenida del parque hasta el cruce con la carretera nacional. Allí debía coger el autobús. A punto de llegar empecé a sentir unas irreprimibles ganas de vaciar la vejiga por lo que, sin valorar las consecuencias, me aparté de mi camino habitual para entrar en una de las tascas del Callejón del Pez. Salía ya con la necesidad satisfecha cuando vi a través de la puerta que mi autobús se acercaba a la parada. Apresuré el paso, pero justo en ese momento entraba en la tasca el último lustrador de zapatos que queda en la ciudad. Con una puerta estrecha, el lustrador añoso cargado con el cajón en una mano y el taburete en la otra, y yo con el maletín en la mano derecha y el abrigo en la mano izquierda, el intentar traspasar el umbral los dos a la vez era mayor prueba que la de conseguir pasar un camello por el ojo de una aguja. Hube de desistir y esperar pacientemente a que mi contrincante dejara espacio libre para salir. Cuando por fin lo hizo, sólo llegué a tiempo de ver como el autobús abandonaba la parada para proseguir su camino.
No había hecho más que sentarme en el banco de la marquesina a esperar al siguiente autobús cuando enseguida llegaba. Al fin y al cabo no habían pasado más de tres minutos, el retraso no era importante. El recorrido habitual del autobús hasta la puerta de mi oficina, hay una parada justo allí, suele durar unos veinte minutos, por lo que yo aprovecho para echar un vistazo a los titulares del periódico. Como cada día, por tanto, en cuanto quedó un sitio libre lo ocupé y enterré la nariz en el diario. Un grosero exabrupto me hizo levantar la cabeza para descubrir, para mi estupor, como el autobús se hallaba literalmente encajonado en una glorieta. El conductor mascullaba obscenidades al camionero que le bloqueaba el paso, sin que desde mi posición se viera ninguna salida posible. Con la ayuda de un par de policías locales y una pequeña dosis de milagro cotidiano el engranaje se deshizo y continuamos la marcha. Ya de un tirón hasta mi destino.
Cuando el autobús comenzaba a detenerse, yo muy cortés cedí el paso a un matrimonio anciano que pugnaba por salir apoyándose el uno en el otro y en sus bastones, sin rozar en ningún momento (no sé si por algún tipo de alergia) las barras de sujeción del autobús. Más que cederles el paso, por tanto, tuve que sujetarlos mientras el autobús frenaba del todo, no sea que termináramos todos en el suelo.
Nada más bajar compré el cupón al ciego de la esquina. “En 9, como siempre”, pedí. “Lo siento, esta señora se lleva el último”. Saludé a la señora de la limpieza de mi oficina. “Yo siempre pido un nueve, ¿a usted también le gusta?”, “Sí, mujer, pero no hay problema”. Pagué mi cupón nº 28.536 y entré en el portal.
Mientras esperaba al ascensor miré el reloj. Eran las 16,40, tan sólo 10 minutos de retraso sobre la hora normal. Fiché la entrada y me dirigí a mi despacho.
A pesar de llegar un poco tarde no había nadie en la oficina. En mi despacho somos cuatro y era muy raro que todos llegáramos tarde, pero pensé que lo mismo les había pillado también el atasco de la glorieta y me senté a trabajar.
Lo primero que suelo hacer es comprobar si hay algún correo electrónico. Esa tarde tenía tres: dos de amigos que enviaban las chorradas habituales que circulan por la red y uno de mi novia “llámame en cuanto llegues, no te localizo en el móvil”. No sé cómo me va a localizar si nunca lo llevo, salvo que salga de viaje. La llamé enseguida. Resulta que en su trabajo, una agencia de viajes, un mayorista les había ofrecido una ganga de última hora: un viaje de una semana a Bora-Bora con todo incluido por menos de cien mil pesetas. Las plazas eran limitadas y, aunque mi novia ya se había apuntado, había intentado averiguar si yo conseguía la semana que viene de vacaciones y me iba con ella. Pero cuando la llamé ya era tarde, eso me dijo, y la última plaza libre acababa de adjudicársela su compañero “el tío bueno” (así le llaman entre las chicas), “el gilipollas” le llamo yo. Colgué pelín cabreado, aunque ella no entendía por qué, al fin y al cabo era yo quien no había llamado a tiempo, y me dispuse a seguir con el trabajo que había dejado a medias por la mañana.
Cuando llevaba ya un rato enzarzado comparando balances de distintas sociedades, oí barullo y levanté la vista de la pantalla. Todos mis compañeros junto con el jefe entraban de muy buen humor comportándose como moscas en torno a un tarro de miel. Al abrir el cerco pude distinguir a Abengoa, el nuevo directivo enviado por la matriz para poner en marcha un plan de “racionalización del trabajo y economía de costes”, es decir despidos. Según mis compañeros él había pensado que prefería contarnos sus planes en un ambiente más relajado y había invitado a tomar café a todo el mundo. “Es una lástima que tú hayas llegado tarde”. Como yo no había escuchado sus palabras al ser “el único que llegaba tarde” (y dale), me llamó a su despacho y allí, con la amplia mesa de madera de alto ejecutivo separándonos, me hizo un resumen de sus ideas. Una de sus prioridades, dijo para empezar, era mantener unos criterios de puntualidad y cumplimiento de horarios de trabajo que, a su entender, hacían mostrar una imagen de empresa seria y eficaz que siempre gusta a los clientes. Me consideré aludido y lancé una retahíla de explicaciones sobre mi tardanza: “un caso aislado”, “el retraso del autobús”, “un atasco en la glorieta”, “los ancianos que bloquean el paso”,... Todas sonaban a excusas absurdas, inventos para disfrazar un proceder habitual. Y todo por no contar la verdadera razón: no hice pis antes de salir de casa.
Salí del despacho cabizbajo, sin conseguir levantar cabeza en toda la tarde, y me metí en la cama al llegar a casa.
Ha pasado ya una semana. Mi novia está en Bora-Bora con su compañero “el gilipollas” y no me ha llamado por teléfono ni una sola vez, mi puesto de trabajo aparece en una lista de “posibles vacantes a cubrir” y acabo de enterarme de que la señora de la limpieza se ha despedido porque le cayó un cuponazo. Ya tengo papel y lápiz, y voy a escribirlo mil veces: no volveré a salir de casa sin hacer pis.
Era martes. Como cada tarde me dirigía al trabajo después de haber comido en casa y, como cada tarde, bajé por la avenida del parque hasta el cruce con la carretera nacional. Allí debía coger el autobús. A punto de llegar empecé a sentir unas irreprimibles ganas de vaciar la vejiga por lo que, sin valorar las consecuencias, me aparté de mi camino habitual para entrar en una de las tascas del Callejón del Pez. Salía ya con la necesidad satisfecha cuando vi a través de la puerta que mi autobús se acercaba a la parada. Apresuré el paso, pero justo en ese momento entraba en la tasca el último lustrador de zapatos que queda en la ciudad. Con una puerta estrecha, el lustrador añoso cargado con el cajón en una mano y el taburete en la otra, y yo con el maletín en la mano derecha y el abrigo en la mano izquierda, el intentar traspasar el umbral los dos a la vez era mayor prueba que la de conseguir pasar un camello por el ojo de una aguja. Hube de desistir y esperar pacientemente a que mi contrincante dejara espacio libre para salir. Cuando por fin lo hizo, sólo llegué a tiempo de ver como el autobús abandonaba la parada para proseguir su camino.
No había hecho más que sentarme en el banco de la marquesina a esperar al siguiente autobús cuando enseguida llegaba. Al fin y al cabo no habían pasado más de tres minutos, el retraso no era importante. El recorrido habitual del autobús hasta la puerta de mi oficina, hay una parada justo allí, suele durar unos veinte minutos, por lo que yo aprovecho para echar un vistazo a los titulares del periódico. Como cada día, por tanto, en cuanto quedó un sitio libre lo ocupé y enterré la nariz en el diario. Un grosero exabrupto me hizo levantar la cabeza para descubrir, para mi estupor, como el autobús se hallaba literalmente encajonado en una glorieta. El conductor mascullaba obscenidades al camionero que le bloqueaba el paso, sin que desde mi posición se viera ninguna salida posible. Con la ayuda de un par de policías locales y una pequeña dosis de milagro cotidiano el engranaje se deshizo y continuamos la marcha. Ya de un tirón hasta mi destino.
Cuando el autobús comenzaba a detenerse, yo muy cortés cedí el paso a un matrimonio anciano que pugnaba por salir apoyándose el uno en el otro y en sus bastones, sin rozar en ningún momento (no sé si por algún tipo de alergia) las barras de sujeción del autobús. Más que cederles el paso, por tanto, tuve que sujetarlos mientras el autobús frenaba del todo, no sea que termináramos todos en el suelo.
Nada más bajar compré el cupón al ciego de la esquina. “En 9, como siempre”, pedí. “Lo siento, esta señora se lleva el último”. Saludé a la señora de la limpieza de mi oficina. “Yo siempre pido un nueve, ¿a usted también le gusta?”, “Sí, mujer, pero no hay problema”. Pagué mi cupón nº 28.536 y entré en el portal.
Mientras esperaba al ascensor miré el reloj. Eran las 16,40, tan sólo 10 minutos de retraso sobre la hora normal. Fiché la entrada y me dirigí a mi despacho.
A pesar de llegar un poco tarde no había nadie en la oficina. En mi despacho somos cuatro y era muy raro que todos llegáramos tarde, pero pensé que lo mismo les había pillado también el atasco de la glorieta y me senté a trabajar.
Lo primero que suelo hacer es comprobar si hay algún correo electrónico. Esa tarde tenía tres: dos de amigos que enviaban las chorradas habituales que circulan por la red y uno de mi novia “llámame en cuanto llegues, no te localizo en el móvil”. No sé cómo me va a localizar si nunca lo llevo, salvo que salga de viaje. La llamé enseguida. Resulta que en su trabajo, una agencia de viajes, un mayorista les había ofrecido una ganga de última hora: un viaje de una semana a Bora-Bora con todo incluido por menos de cien mil pesetas. Las plazas eran limitadas y, aunque mi novia ya se había apuntado, había intentado averiguar si yo conseguía la semana que viene de vacaciones y me iba con ella. Pero cuando la llamé ya era tarde, eso me dijo, y la última plaza libre acababa de adjudicársela su compañero “el tío bueno” (así le llaman entre las chicas), “el gilipollas” le llamo yo. Colgué pelín cabreado, aunque ella no entendía por qué, al fin y al cabo era yo quien no había llamado a tiempo, y me dispuse a seguir con el trabajo que había dejado a medias por la mañana.
Cuando llevaba ya un rato enzarzado comparando balances de distintas sociedades, oí barullo y levanté la vista de la pantalla. Todos mis compañeros junto con el jefe entraban de muy buen humor comportándose como moscas en torno a un tarro de miel. Al abrir el cerco pude distinguir a Abengoa, el nuevo directivo enviado por la matriz para poner en marcha un plan de “racionalización del trabajo y economía de costes”, es decir despidos. Según mis compañeros él había pensado que prefería contarnos sus planes en un ambiente más relajado y había invitado a tomar café a todo el mundo. “Es una lástima que tú hayas llegado tarde”. Como yo no había escuchado sus palabras al ser “el único que llegaba tarde” (y dale), me llamó a su despacho y allí, con la amplia mesa de madera de alto ejecutivo separándonos, me hizo un resumen de sus ideas. Una de sus prioridades, dijo para empezar, era mantener unos criterios de puntualidad y cumplimiento de horarios de trabajo que, a su entender, hacían mostrar una imagen de empresa seria y eficaz que siempre gusta a los clientes. Me consideré aludido y lancé una retahíla de explicaciones sobre mi tardanza: “un caso aislado”, “el retraso del autobús”, “un atasco en la glorieta”, “los ancianos que bloquean el paso”,... Todas sonaban a excusas absurdas, inventos para disfrazar un proceder habitual. Y todo por no contar la verdadera razón: no hice pis antes de salir de casa.
Salí del despacho cabizbajo, sin conseguir levantar cabeza en toda la tarde, y me metí en la cama al llegar a casa.
Ha pasado ya una semana. Mi novia está en Bora-Bora con su compañero “el gilipollas” y no me ha llamado por teléfono ni una sola vez, mi puesto de trabajo aparece en una lista de “posibles vacantes a cubrir” y acabo de enterarme de que la señora de la limpieza se ha despedido porque le cayó un cuponazo. Ya tengo papel y lápiz, y voy a escribirlo mil veces: no volveré a salir de casa sin hacer pis.


2 comentarios:
ana, a mi tambien mi madre me decía lo mismo cuando saliamos de casa.
Me temo que es frase que va en el "pack" de madre. Desde el momento en que la biología o el corazón te convierten en madre se te instalan unos cuantos pensamientos y frases en el disco duro. Y ya para toda la vida.
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