lunes, 5 de noviembre de 2007

Colate, cara de tomate

Hola. Me llamo Nicolás. Me llaman Colate. Y tengo una cara que cambia de color. Sí, como suena. No os asustéis porque casi siempre mi cara es normal: a mi abuela le parezco guapísimo, a mi hermana horrible y a mi madre, aunque no concreta mucho no parece que le entusiasme (cuando se enfada termina todas las regañinas con un ¡Y cambia esa cara!). Así que, como veis, es bastante normal.
El problema debió empezar siendo yo muy pequeño. Mi padre cuenta:
- ¡Había que verte de chiquinín!, cada vez que Doña Luisa intentaba darte un beso tú te escondías detrás de mamá y te ponías como un tomate.
Mi padre tiene la teoría de que a mí me daba vergüenza, pero no es verdad. Yo me escondía porque la bruja aquélla me pellizcó los carrillos una vez y me hizo más daño de lo que el dentista me haya hecho jamás. Y, claro, mi cara se volvía roja sólo recordando el dolor que tuvo que soportar. Nada más. Mi padre dice:
- ¡Pues te sigue pasando!, cada vez que alguna señora te quiere dar un beso te vuelve a dar vergüenza.
- Que no es vergüenza, papá, que es el recuerdo…
Él no me cree. Pero mi hermana Irene sí. Eso dice. Aunque fue ella la que para fastidiarme me llamaba “Colate, cara de tomate”.
Ahora tengo un problema gordo, muy gordo. Hace dos semanas vino a vivir a mi bloque Carmina. Bueno, ella sola no, con su familia. Carmina es una compañera del cole. Yo nunca había hablado con ella. No por vergüenza claro, es que a mí las niñas no me interesan. Pues resulta que el jueves pasado me encuentro a Carmina en el portal y me dice:
- ¡Hola, Nicolás!, ¿cómo te va?.
Yo la oí, claro. Sí que la oí, pero… no le contesté. Nada. Ni palabra. Os juro que iba a hacerlo pero al mirarla a ella vi detrás el espejo grande de la pared y allí, reflejada, mi cara antigua, la de Doña Luisa.
Carmina se fue al ascensor y me dejó allí. Enseguida llegó Irene de la calle y nada más verme soltó:
- ¡Colate! ¡Cara de ….!
- ¡¡Cállate!! – dije yo enseguida.
- No me digas que se te apareció el fantasma de Doña Luisa.
- No, idiota, claro que no.
- Pues, ¿qué pasó?.
- Nada, ¿qué va a pasar?, que ví a …, a…, a… a la señora del quinto.
- ¿A la vieja gorda?
¡Buff, menos mal!, pensé.
- Sí, a esa.
Parece que quedó contenta. Pero ahora llevo unos días que me estoy volviendo loco. Me cruzo con Carmina cada dos por tres y mi cara sigue haciendo lo mismo. Me paso el día escondiéndome. No porque no quiera verla, claro, que sí quiero. Lo que no quiero es que mi padre o mi hermana vean lo que hace mi cara cuando ella aparece. No es vergüenza. De verdad. Pero a lo mejor no me creen.
El caso es que lo peor, peor de todo me acaba de pasar. Estaba yo sentado en la sala jugando a la play y me acordé de que había visto a Carmina en el cole. Y en eso andaba yo pensando cuando levanté la cabeza y allí, en el espejo de la sala la ví. Allí estaba. No me hizo falta que viniera mi hermana, yo mismo lo dije, mirando al espejo: ¡COLATE, CARA DE TOMATE!.

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