miércoles, 7 de noviembre de 2007

Paulina y Lorenza

Eran dos mujeres solas. No había nadie más. Disfrutaban su soledad como sólo aquéllos que han convivido con ella mucho tiempo saben hacerlo. Cada una vivía en su casa. Las dos únicas habitadas del pueblo. A cuarenta pasos una de otra, no más. Pero solas. Eran primas. Las dos perdieron a los maridos y los hijos emigraron pronto. Alguna antigua rencilla enemistó a las familias y no volvieron a hablarse. Los hijos vivían lejos y habían olvidado el motivo del silencio y, además, a ellos les daba igual. Cada tres días, salvo nieve, llegaba el camión de Román con los suministros. Ellas bajaban a la plaza y hacían su compra, y cada una volvía a su casa. Las dos tenían alguna gallina, Paulina también palomas y un par de conejillos que los nietos dejaron en la última Navidad. Lorenza una pequeña huerta, alguna lechuga, tomatitos, y habitas tiernas, un capricho del hijo. Nadie las visitaba, hasta que no llegaban el verano o las Navidades. En Semana Santa ellas bajaban andando a los oficios al pueblo vecino, vivían cuatro familias y el párroco de la comarca celebraba allí. Bajaban solas, cada una por su lado. Aunque llegaran juntas nadie las había visto hablar.
Los hijos avisaban siempre con tiempo antes de visitarlas, para que las abuelas calentaran la casa o prepararan las camas, todo listo para su llegada.
Los nietos jugaban juntos en la plaza. Los hijos alguna caña tomaron juntos en el bar del Pueblo Grande. Pero a ellas ni una palabra se las vio cruzar.
Llegó el invierno. Crudo como pocos. Las quitanieves no pudieron llegar en doce días. Las líneas de teléfono se cortaron. Los hijos no supieron nada de ellas. Cuando el camino se abrió, el hijo mayor de Lorenza fue el primero en entrar. Llegó a casa de su madre y llamó a la puerta. Nadie le abrió. La hija de Paulina hacía lo propio en su casa, nadie tampoco. Usaron sus llaves. Lorenzo no encontró ni rastro de su madre en la casa pero, a los gritos de Paula corrió hacia la otra vivienda. En el comedor, en el sofá, junto a la mesa camilla y arropadas con las faldillas estaban las dos. Muertas. El brasero, ahora apagado, pudo haberlas intoxicado, un tufo, como decían ellas a los nietos, “un tufo, quitadlo que un día os vais a asfixiar”. Muertas las dos. Los cuerpos juntos, las manos cada una en su labor de ganchillo. Los rostros pacientes, serenos. Al menos, no murieron solas, dijo Paula. Quizá nunca lo estuvieron, dijo Lorenzo.

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