viernes, 14 de marzo de 2008

El vértigo de una hoja en blanco

A todos los que escribimos nos pasa alguna vez. Tener un folio o una pantalla en blanco delante y sentir un pequeño hormigueo o un grande hormigueo, o un nudo en el estómago, o un… no sé qué. No me refiero al miedo a no poder escribir. No. Ese es otro. Yo hablo de cuando estás segura de que algo va a salir, cuando una historia quiere salir corriendo, pero tú no sabes por dónde empezar, y te asustas. Porque las historias antes de salir asustan un poco. Yo lo llamo vértigo. Y a mí me hacía rozar el bloqueo. Y mis pies se movían antes que mis manos, y me levantaba, y no escribía. Otras veces no. En esas otras respiraba hondo, muy hondo y me ponía a escribir. Lo que saliera. Y el vértigo se pasaba. Y la historia salía, frase a frase, letra a letra.

El otro día me llegó un correo familiar. Uno de mis fabulosos consanguíneos enviaba un archivo de sólo una página para que los demás comprobáramos si su trabajo estaba bien hecho. Yo cogí un folio en blanco, lo coloqué en la impresora y dejé que la tinta hiciera su trabajo. Jamás fue un folio tan bien usado. Toda mi familia (bueno sólo la materna) en un folio. Un árbol genealógico. De un tronco de dos celdillas cuelgan… cerca de un centenar de descendientes. En casi noventa años tanta gente junta… tan sólo llena un folio. Pues tampoco es tanto. Y además, los de los renglones mediados y bajos no tenemos mucho mérito. El verdadero mérito es de los que empezaron el folio. Ellos se enfrentaron a la hoja en blanco. Y es ahí cuando el vértigo puede ahogar y dar al traste con cualquier buena historia.

Hace muuuchos años en la ciudad mejor amurallada del mundo un joven y apuesto galán alto, rubio y de ojos azules coincidió en la novena de Santa Rita con una guapa señorita también rubia y de ojos azules (prodigios de la genética… nada que ver conmigo). Ese día sólo hablaron, pero unos días después él le regaló a ella una pequeña muñeca. Y entonces fue cuando, al mirarlo a los ojos, ella le vio una historia, una de esas que se escriben a dos manos. Y sintió vértigo. Quizá pensó huir pero… decidió escribir, con él. En poco tiempo se dieron cuenta de que esa historia común era muy grande, y necesitaban más manos, y poco a poco fueron admitiendo “negros” para que la tarea no resultara tan ardua. Y el folio se llenó de vértigos, de historias y de tinta, mucha tinta. Un folio entero.

A mí el vértigo no se me pasa. De vez en cuando vuelve. Cuando siento una historia en un folio. O en unos ojos, que es peor. Y mis pies pugnan por salir corriendo. Pero ahora yo tengo suerte, antes de que lo hagan, oigo a una abuela cuya voz no recuerdo susurrarme: “escribe, mi niña, escribe”. Y yo obedezco. Porque de literatura sabrán los grandes genios, pero de vértigos… de vértigos nadie sabe lo que mi abuela.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

es muy entrañable, delicioso.
a mi el vértigo me encanta ana, si lo piensas, es casi el mejor momento, es el momento en el que todo puede pasar, es una sensación de tanto poder...que hay que poder, y siempre sale.
el papel en blanco está solo un rato, ese rato hay que disfrutarlo, porque luego, con muy poca ayuda, las historias se cuentan casi solas.

Ana dijo...

A mí, Reichel, me asusta y me gusta a la vez. Es el momento de decidir avanzar o quedarte y en las historias siempre hay que ir avanzando, sola o con ayuda. Un beso.