miércoles, 18 de junio de 2008

Un viaje largo

Elena subió al tren en Madrid, en Chamartín, se marchaba a París a pasar una semana de vacaciones en casa de su amiga Teresa. El compartimento estaba vacío, aunque la etiqueta de una de las plazas indicaba que, al menos esa, se ocuparía en Burgos. Elena se sentó y, tranquila, se dispuso a disfrutar de uno de esos privados placeres que no disfrutaba hace años: viajar en tren, mirando el paisaje.

Teresa y Elena eran amigas desde los años de Universidad. Su amistad había ido creciendo y transformándose con ellas. Cuando se conocieron no se caían del todo bien, eran muy distintas o al menos eso les pareció. Una huelga de profesores las convirtió en las dos únicas estudiantes del Colegio Mayor sin exámenes un mes de febrero y, hartas de tanto coincidir en el salón de la televisión, decidieron hacer planes juntas. Y así, poco a poco, se hicieron inseparables. El final de los estudios y el comienzo de la vida laboral les impidieron verse tan a menudo. A cambio, pudieron hacer largos viajes juntas en cuanto juntaban unos días de vacaciones. Cuando les dio por variar de compañeros de viaje, Elena y Teresa pasaron a hablar más por teléfono, y a organizar planes breves y rápidos: comer, un café, un rato de compras… Más tarde Teresa se fue a vivir a París. Y ya no se vieron más. Todo fueron e-mails, y llamadas. Siempre al tanto la una de la vida de la otra, pero sin verse. Ahora Elena tenía más tiempo libre y había decidido estrenar libertad con su amiga Teresa. Estaba contenta, le apetecían mucho estos días, tranquila, sin líos. Todo su lío quedaba en Madrid.

En Burgos subió Mario. Dijo buenas noches, colocó sus maletas en el altillo y se sentó frente a Elena. De un bolso de mano sacó un libro forrado en papel de periódico y se concentró en leerlo. Elena intentó no molestarlo pero, cuando el revisor llegó a pedir sus billetes, él levantó la vista del libro y ella decidió no dejarle volver a bajarla. Empezó preguntándole a dónde iba. A Poitiers, le dijo. Tenía un contrato temporal para el verano, en un parque temático sobre tecnología. Elena no había oído hablar de él. Mario le contó cómo era.

Siguieron hablando, y hablando, y hablando. Efectivamente Mario no volvió a fijar la vista en su libro. Elena tampoco en el paisaje. Toda su vida resumieron en unas horas, con una confianza que Elena creía sólo se ganaba con los años. No se dieron cuenta de que empezaba a amanecer y con el amanecer llegaba la estación de término para Mario. El tren ya se había detenido cuando recogió atropelladamente sus maletas. Dos besos rápidos y un “buena suerte” apenas audible entre los pitidos de un tren ansioso por arrancar, pusieron fin a su corto viaje juntos.

Elena volvió a mirar el paisaje.

En poco más de una hora el tren llegó a París. Entre la gente que esperaba en el andén Elena distinguió a Teresa. Las dos se emocionaron al abrazarse. Teresa había traído el coche y, de camino a casa, anunció que había pedido toda la semana de vacaciones para pasarla con Elena. Y había pensado podrían hacer un viaje juntas, como antes, un viaje largo, de esos que a ellas se les daban tan bien.

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