jueves, 29 de mayo de 2008

Vida de perro

Por la noche soñó que había cambiado su cuerpo por el de su perro, y que con el cuerpo cambiaban sus vidas. Vida de perro, le tocó a él. Por la mañana al despertar no quiso mirarse al espejo, por si acaso. Y salió a la calle como siempre y, como siempre, hizo su vida normal. Nada había cambiado. O eso le pareció. Al ponerse el sol volvió a casa y, entonces sí, se miró al espejo. La imagen que el espejo le devolvía tan sólo le sacó una sonrisa. Menos mal que él ya se lo imaginaba.

martes, 27 de mayo de 2008

Gorda

Los ojos negros, brillantes y alegres. El cabello también negro, rizado, fuerte, la carita redonda y una sonrisa casi perpetua. Casi.

Es cariñosa, inquieta, generosa y buena compañera. Es ágil, cabezota, con genio (del bueno y del malo, de los dos). Es alta, de piel morena.

Tiene cinco años y un nombre precioso.

Ahora en el cole le llaman gorda. Y sus amigos empiezan a no acordarse de todo lo demás. Mira qué gracia. Y ella ya no sonríe. No me extraña.

domingo, 25 de mayo de 2008

Lo que te pida


Esto no es un texto normal de los míos, un texto de esos en los que voy y cuento lo que me apetece y allá películas si alguien lo lee o no y qué opina cada cuál. No, no. Esto es otra cosa. Esto es una advertencia general a mi entorno: vamos a ver, yo no soy capaz de entender según qué peticiones. Y lo intento de veras, pero debo tener una importante limitación que me lo impide. Me refiero a esos “lo que te pida” que te dicen los expertos y las expertas en múltiples disciplinas, por ejemplo:
1. Culinaria. Me explica una amiga, aparentemente inconsciente de mi ineptitud en estas lides, cómo se hace una bechamel: un par de cucharadas de aceite, una cucharada sopera de harina, y leche. ¿Cuánta leche?. No sé… “la que te pida”. La que me pida la harina, quiere decir. Entonces yo hago la bechamel, hago un esfuerzo ímprobo por comprender a la harina y… no hay caso: o me queda un batido de… harina, o me queda un engrudo incomible lleno de grumos. Y todo por no haber sido capaz de atender la petición de la harina.
2. Mecánica. Al explicar un mecánico, comercial, cuñado, amigo o conocido vario (siempre, siempre el explicante pertenece a mi sexo contrario) el cuándo hay que cambiar de marcha a un coche, siempre, siempre, siempre me dicen… “cuando el motor te lo pida”. El motor. Me lo pide. Guay. En el idioma de los motores. Y yo soy bastante tarda en entenderlo, si es que lo hago, así que según algún pasajero masculino eventual el motor de mi coche, de vez en cuando anda dando gritos que yo no entiendo.
3. Seres inanimados, o sea plantas. Otra de mis ineptitudes. A mí o se me olvida regarlas o las ahogo en agua, no tengo una medida muy regular del tiempo que hace que las regué y llega un momento que, cuando voy a regarla, ya es tarde, pasó a mejor vida. Y todavía, de vez en cuando, algún alma cándida me regala una plantita. Tranquila, esta sí que te va a durar, no te tienes que preocupar por ella. Ah, ¿no hay que regarla?. Sí, mujer, regarla sí, pero no mucho, sólo cuando “te lo pida”. ¿La planta me lo va a pedir?. Pues como no sea a voces… Y se muere. No falla.
4. Seres animados, o sea hijos, a los aún no hablantes me refiero. Resulta que en el hospital te sueltan a un niño y un majísimo y profesionalísimo pediatra te dice: dale de comer cuando te lo pida. A demanda, que dicen los modernos. Vale, yo sé que no hablan, pero berrean y “buscan”, gesto característico de los bebés que quieren zampar. Así que pienso: si llora o busca… le largo bibe. Pues no, porque el pediatra, viendo que yo lo tenía demasiado claro, me dice que lloran por más motivos (míralos tú, qué amplios de intereses ya desde tan chicos) y que a veces cuando buscan no es porque tengan hambre, no, es porque les duele la tripa y el succionar les calma. ¿Y yo cómo sé la diferencia?. Nada, eso son cosas que la tradición dice que una madre siempre sabe. Pues a mi dotación genética se le debió olvidar incluir el pack madre, y de resultas anda que no hubo veces de pensar “qué …. le pasará a este niño” después de haber intentado largarle un bibe que no consiguió calmar sus llantos.
Así que yo aviso, si alguien tiene que pedirme algo, por favor sea un ser animado y con vocabulario suficiente para expresarse con claridad. Y en un idioma que yo entienda. Y, a ver, yo entender, entender, sólo entiendo el castellano y hablado por personas de mi sexo, que ya para el sexo contrario tengo que hacer un esfuerzo parecido al de la bechamel. Y … buff… qué pereza.

jueves, 22 de mayo de 2008

Máscara

De él le gustaba todo menos el rostro. Le gustaba la voz, el tacto de su piel, su risa, su abrazo, su olor, el sabor de sus besos… todo. Menos el rostro. Entonces le soñó una máscara, a su medida, a su gusto. Y prefirió soñarle a tenerle, y cada noche se dormía antes, para soñar con él. Pero de tanto soñarle con esa máscara perfecta se le olvidó su olor, y su voz, y el tacto de su piel, y sus besos. Y entonces fue cuando lo echó de menos. A buenas horas. Él ya se había marchado.

martes, 20 de mayo de 2008

Creer en los hombres

El otro día en un comentario al post “Bruja y Fantasma” un anónimo me escribía “a lo mejor te venía bien creer en los hombres”. No sé muy bien lo que quería decir porque yo casi nunca entiendo las frases profundas, pero parecía dar a entender su conocimiento de que yo no “creo” en los hombres, sea lo que sea eso. Para documentarme he buscado en el diccionario, que para eso está, y resulta que creer es “aceptar alguien como verdad una cosa cuyo conocimiento no tiene por propia experiencia, sino que le es comunicado por otros”. Es decir que el que yo creyera en los hombres sería algo como aceptar su existencia y valor porque otros me digan que existen, no porque lo haya comprobado yo. Dada la definición podría ser que el anónimo tuviera razón, sólo digo que podría, porque yo no necesito “creer”, yo tengo pruebas fidedignas diarias de su existencia, y de su valor.

El que yo no tenga pareja (situación puramente transitoria, por otra parte) no significa que viva en un mundo sin hombres. No. Qué va. Ni lo es ni lo querría. Mi mundo está lleno de hombres, es verdad que en los importantes hay un grado cercano de parentesco, pero eso no les hace ser menos hombres (como mucho les hace ser hombres menores, y eso no les resta valor). Y, aparte de ellos, hay amigos, compañeros, vecinos, parientes en todos los grados imaginables, colegas de aficiones y conocidos varios. Hay un mundo entero de hombres a mi alrededor, hombres en los que no necesito creer, porque ya los veo.

Así que estaba empezando yo a dudar de si el anónimo podría tener o no razón, cuando he descubierto una prueba evidente de que yo sí CREO en los hombres. Porque sí hay una versión “hombre” que se ajustaría perfectamente a la definición del diccionario. Me refiero a esas presentaciones de power point que, de vez en cuando, alguna de mis amigas tienen a bien enviarme y que muestran a tiarrones de quitar el hipo en paños menores. Pues bien, yo, con esos, incluso creo que cualquier día me los voy a encontrar por la calle. De verdad. ¿Me va a decir alguien que eso no es CREER, así, con mayúsculas?

sábado, 17 de mayo de 2008

Bruja y Fantasma

Éranse una vez una bruja y un fantasma que se conocieron por casualidad. Poco a poco se dieron cuenta de que les gustaba mucho hablar de sus cosas, y hablaban, y hablaban y hablaban. Y se reían un montón. Y les gustaba reírse juntos. Y se hicieron amigos. A Bruja, según iban cogiendo confianza, le pareció que si Fantasma se quitaba el trapo todo sería incluso mejor. Porque de todos es sabido que los fantasmas se sirven del trapo para evitar que les hagan daño, pero ese mismo trapo también impide que sean besados, tocados, acariciados o hablados al oído. Bueno, de todos es sabido menos de los fantasmas con trapo. Como ellos siempre lo llevan puesto, no saben bien lo que es una vida sin trapo. Así que a Bruja le dio por intentar que su amigo fantasma se quitara el trapo. Y le explicaba lo bueno de vivir sin trapo. Fantasma decía que sí, que lo haría, que no se preocupara, y Bruja, que era bruja lista y buena, pero un poquito tonta también, le creyó, y siguió hablando con él, y de vez en cuando insistía en las bondades de vivir sin trapo. Y llegó el día en que Fantasma había dicho a Bruja que se lo quitaría. Bruja quiso hablar con él pero Fantasma… había desaparecido (sí, lo de las desapariciones es una peguita que tienen los fantasmas). Bruja se quedó muy triste y echó mucho de menos a Fantasma, pero con el tiempo lo olvidó.

Unos años después el destino volvió a reunir a Bruja y a Fantasma. Y, como la primera vez, les gustaba mucho hablar. Bruja pensó que si Fantasma era un fantasma con trapo ella lo aceptaría así, y lo intentó, y siguió hablando con él. Y, si tardaban en hablar, Bruja echaba de menos a Fantasma. Fantasma a Bruja no, porque el trapo evita que los fantasmas echen de menos a nadie. Bruja, que había creído que podría conformarse con un amigo fantasma con trapo, con el tiempo tuvo que ver que no era así. Bruja ya no pedía a Fantasma que se quitara el trapo pero, sin darse cuenta, empezó a confiar en que lo haría. Y tener un amigo fantasma sin trapo iba a ser estupendo, porque podrían hacer lo mismo pero más cerquita y a los amigos siempre les apetece estar cerca.

Un día Bruja fue a Fantasmilandia. Fantasma le había contado cómo era aquello y a ella le apetecía mucho ir. Aunque Fantasma nunca dijo que fuera a quitarse el trapo allí, Bruja… Bruja pensó que lo haría. Y ahí es donde Bruja volvió a equivocarse: Fantasma vivía cómodo bajo su trapo, y nunca se lo quitaría. Cuando Bruja fue consciente de eso quiso hablar con Fantasma y explicarle que tenía que decirle adiós, porque ella nunca iba a poder conformarse, siempre iba a llegar el momento en que quisiera un amigo sin trapo y, al ver que él no querría, volvería a sufrir. Porque a ella le parecía que todas las palabras, las risas y los besos son mucho menos a través de un trapo, y ella ya no entendía por qué él no quería quitárselo para estar con ella. Pero no pudo explicárselo a Fantasma, porque cuando le buscó para hablar con él, él había desaparecido otra vez.

Y ahora Bruja y Fantasma ya no son amigos. Y Bruja está triste y, a veces, llora. Fantasma no, porque ya hemos dicho que los fantasmas con trapo no saben echar de menos, el trapo no les deja sentir dolor cuando se alejan de los amigos. Es por eso que los fantasmas desaparecen tanto.

martes, 13 de mayo de 2008

Nubes


Veníamos de viaje, los niños en silencio mirando el paisaje, o las pegatinas en los coches que nos adelantaban. No dejaba de llover cuando entramos en un túnel. Al salir resultó que al otro lado ya no llovía, pero pegadita a la montaña que rodeamos por la derecha algo de niebla se veía ir levantando del suelo. En mi coche el silencio se rompió con una voz de alarma: “MAMÁÁÁÁ”. ¿Qué pasa?, “Mamá mira, al cielo se le ha caído una nube”.

Y, vaya, nos quedamos preocupados: ¿por qué andará tan despistado el cielo que anda perdiendo nubes?, ¿a él también le afecta la astenia primaveral?.