martes, 16 de diciembre de 2008

Intuición

Yo, como muchas otras personas, creo que más entre las de mi sexo, tengo frecuentes intuiciones: sensaciones de que alguien a quien acabo de conocer será importante en mi vida, de que alguien con apariencia de ángel es más malo que un demonio, de que alguna aventura insensata va a salir bien, en contra de todas las previsiones racionales… o, simplemente, la de que algo está a punto de pasar. Intuiciones básicas. A veces en situaciones nimias, alguna de las cuales le hace a uno de mis hijos estar convencido de que soy un poco maga (bruja sería, según otras versiones), y así se lo cuenta a sus amigos.

Ya conté que llegué al viernes pasado con la profunda intuición de que me iba a aflorar un espíritu, el navideño. Y, para seguir invocándole, acompañé al aprendiz de mago a un teatro en su cole: niños disfrazados de pastores, villancicos, padres babeantes, niños subiéndose en las sillas, deseos de paz y amor, niños gritando… Era la prueba determinante. Y afloró, vaya si afloró, lo malo es que yo había tenido cierta confusión de señales en mi intuición y lo que afloró no era un espíritu, era… un virus. Gástrico. Que me ha tenido en danza (es un decir) todo el fin de semana. Que yo ya puesta a estar en danza hubiera preferido un espíritu, incluso el navideño. Pero no he podido elegir.

Es la peguita que tienen las intuiciones, que no suelen venir muy detalladas y a veces la aparición no coincide exactamente con lo que una esperaba. La ventaja, por otra parte, es que una vez realizada la aparición, la intuición desapareció y ya no tengo la presión de pensar “a saber qué se me va a aparecer ahora”, y puedo pasar la semana relajadita. Sin intuiciones. Ni apariciones. Que luego te dan unos sustos…


…Bueno, o no, que ocasiones también ha habido en que imprevistas apariciones se convierten en el mejor de los regalos.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Espíritu navideño

Para esta semana me tocaba escribir un post pre-navideño. Sí. Me tocaba. Lo había decidido yo. Así que estoy desde el lunes esperando que me aflore el espíritu, pacientemente. No creáis que lo he dejado sólo a que viniera sin más, no, yo me he esforzado: me he paseado por las calles con un frío espantoso, he mirado fijamente las lucecitas, he ido incluso a ver Cortylandia sin los niños (que eso roza el masoquismo), he comprado lotería de Navidad, hemos puesto el Belén en casa, he visto un par de veces el anuncio de Freixenet, otras tres o cuatro el “vuelveacasavuelve”, estoy preparando los disfraces para los niños… pero nada, no hay manera, no me aflora. Y se me va la semana, así, a lo tonto, sin escribir.

Por eso escribo hoy, para pedir disculpas a los lectores asiduos. Disculpas por no haberles ofrecido entretenimiento esta semana. Lo siento, pero es que no he sido capaz.

Por otra parte también debéis ser conscientes de la suerte que hemos tenido todos. Porque yo, si hubiera conseguido escribir algo esta semana, hubiera sido un texto de esos blanditos, amables, casi cursis, de esos de llorar, que en este mes se perdona todo, y yo cuando escribo de llorar… pues lloro, por acompañar al texto. Y no me apetece mucho. Además, ahora en cuanto a vosotros lectores, para leer un post de esos y quedarse contento hay que tener mucho espíritu navideño, pero mucho, mucho, que si no son un tostón infumable. Así que, mira, yo me habré ahorrado el post de esta semana pero vosotros… vosotros no habéis tenido que tragároslo. Todos salimos ganando. Vaya suerte que tenemos.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

De los hombres y la bechamel

Ya conté en otro texto hace unos meses que entender a los hombres y a la bechamel a mí me exige el mismo esfuerzo mental. Resulta que ayer mientras daba vueltas en la sartén a mi último alarde gastronómico, di en descubrir que lo de mi esfuerzo mental no es la única analogía. Veamos:

En las bechameles que yo hago hay dos tipos básicos:

1. la de los huevos rellenos: que ha de ser sólo una salsa, ligera y casi volátil, requiere poquito esfuerzo y dura el tiempo justito de echarla sobre los huevos y llevarla al comedor, visto y no visto, agradable al paladar, te alegra el ratito mientras la comes y al llegar a los postres ya te olvidaste de ella.

2. luego está la de croquetas, que sería una masa consistente, esta me exige un esfuerzo mayor porque la textura ha de ser más fuerte, y para conseguir esa textura hay que ir removiendo con paciencia, poco a poco, con dedicación, para que quede más firme, estable, y pueda ser perdurable más allá de esa tarde (la tradicional bandeja de croquetas al congelador) sin perder sabor.

La situación ideal sería que yo me pusiera a hacer bechamel de croquetas y me saliera esa o que con los huevos cocidos ya rellenos yo me pusiera a hacer la bechamel número uno y me saliera. Pues no. En mi vida las situaciones ideales no existen y la probabilidad de que a mí me salga una bechamel u otra es absolutamente aleatoria, así que hay días que queremos cenar croquetas y no hay manera y otros en los que con los huevitos rellenos tan monos en sus platitos lo que a mí me sale pesa más que los mismos huevos. Y, claro, esto puede frustrar, por lo de traicionar expectativas preexistentes, más que nada.

En los hombres que yo me encuentro hay también dos tipos básicos:
1. el hombre croqueta.
2. el hombre salsa.
Las cualidades de cada uno son parecidas a las de las bechameles de los mismos tipos. Y no creo que haga falta detallar más (tened en cuenta además que me lee mi padre). El problema tradicional ha sido, como con las bechameles… la preasignación de tipologías: que veía yo a un hombre con pinta de croqueta… me salía salsa, que le veía yo un cuerpo de salsa que no veas… él pretendía ser croqueta. Y así no hay manera. Todo por culpa de las preasignaciones tipológicas.

Así que yo ahora tengo un nuevo sistema para afrontar los inicios de relación con… las bechameles: la mentalidad flexible. Sólo enciendo el fuego si estoy relajadita y dispuesta a admitir sorpresas. Que resulta que sale pastosa… cenamos croquetas, esa noche y otras cuantas más. Que sale salsita… pues… salsita cenamos. Que se llena de grumos y hay que tirarla… pues nada, se tira, cenamos otra cosa y lo de la bechamel se intenta otro día de mayor inspiración. Y así todos tan contentos, sin frustraciones. Que al fin y al cabo demostrado está que una puede vivir sin cenar bechamel mucho tiempo, pero mucho, mucho.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Un año

La conocí hace algo más de un año, en octubre. Intercambiamos un par de frases cortas, y enseguida nos caímos bien. Empezamos a intimar poco a poco, enseguida me presentó a sus compañeros de piso y, cuando yo empezaba a ilusionarme, me habló de su jarrón. Yo no supe qué pensar. Quería que fuéramos algo más que amigos, pero me asusté un poco cuando me contó que ella… eran tres, aunque enseguida decidí que quería continuar y entonces fue cuando me habló de José. Todo iba muy bien, nos veíamos tres y hasta cuatro veces por semana, y hablábamos. Yo soy de pocas palabras pero ella… ella no: un día era María Jesús, otro alguno de sus importantes proyectos, otro día su visión del mundo… no sé, hablábamos mucho. Y empecé a sentir eso que muchos buscamos, la magia, con ella, y soñé con llevármela a París, pero luego decidí que mejor no, para qué movernos. Y nos quedamos aquí, sin frustraciones. Ella seguía con su vida: nadaba… o solapaba, y me lo iba contando. Ya para marzo empecé a ver su mundo de colores y quise dar un paso más en nuestra relación: la miré a los ojos y sentí vértigo. Era difícil pensar en ser pareja, muy difícil, además yo no estaba seguro de si sabía ciertamente con quién estaba hablando. Poco después ella empezó a mostrarse inquieta y, al llegar la primavera, parecía que todo iba a quedarse en humo, ya no estaba tan contenta cuando estaba conmigo, seguíamos viéndonos, pero yo sentía que buscaba algo más, y, probablemente, no conmigo. Quise pedirle que se quedara pero no supe cómo hacerme entender, así que en junio, después de avisar que había problemas, se me fue de vacaciones.

Yo me quedé triste, esperando su vuelta. Las vacaciones le sentaron bien, volvió hablando de superhéroes, pero al llegar el otoño la ansiedad regresó también y ella desapareció, otra vez, ésta sin avisar.


Yo me enfadé pero… con ella no valen las presiones, así que aquí estoy, triste, solo, otra vez, esperando que venga. Y recordando este corto pero sustancioso año que hemos pasado juntos. Ella, Ana, y yo, su blog.
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viernes, 21 de noviembre de 2008

Padre solo

Durante unos años uno de mis hijos parecía ser el único de su clase con una familia diferente de la tradicional. El otro día la madre de uno de sus amigos me contó que ya no era el único, al menos otras dos parejas de padres de niños de la clase están separados. A mí, que no me alegran las desgracias ajenas, y menos cuando hay niños por medio, tampoco es que me sorprendiera mucho, porque cada vez es más común, pero lo que sí me sorprendió fue la forma que otras madres han tenido de darse cuenta de la separación.

Los datos concluyentes sobre la ruptura matrimonial de los padres han sido: en el primer caso, que el padre, que nunca recogía a la niña, ahora lo hace una vez por semana con un descapotable rojo que aparca en doble fila a la puerta del cole y en el segundo que el padre, que nunca llevaba a la niña al parque, ahora una tarde a la semana se pasea por él mientras la niña juega con los amigos.

El caso es que la idea general suele ser que las separaciones de los padres siempre perjudican a los niños, sobre todo porque empiezan a ver menos a su padre, pero yo ya no estoy segura. Porque resulta que hay muchos padres que apenas ven a sus hijos durante la semana y de pronto (y por resolución judicial) pasan a tenerlos en exclusiva al menos un día laborable a la semana y dos fines de semana al mes. Son hombres a los que la misma resolución que les apea del tratamiento de “marido” les sitúa como “padre solo”, y han de ejercer una función que quizá nunca se ocuparon de ejercer. En cuanto a los niños, siendo cierto que muchas separaciones les hacen perder el contacto con su padre, hay ocasiones en las que lo que les permiten es descubrirlo.

Para mí lo más llamativo de todo esto es que haya padres que necesiten una resolución judicial para dedicar a sus hijos una tarde. Quizá deberían empezar a dictarse más.

martes, 11 de noviembre de 2008

Hombres

Con la mayoría de mis amig@s yo podría decir que comparto sexo si no fuera porque podría inducir a error, lo que yo más bien comparto es género gramatical. Porque, para mi desgracia, con esa parte (la verdad no muy amplia) de la humanidad con la que he compartido, puedo compartir o, lo que es mucho peor, aspiro a compartir… sexo, lo que no comparto es el género gramatical, y de ahí nacen gran parte de mis problemas.

Porque yo su lenguaje lo entiendo sí, todas las palabras, una por una, que tampoco es para tanto, pero sus intenciones…

La leyenda dice que cuando un “tío” te llama para quedar siempre quiere sexo, y cuanto antes, que las citas previas (que si un café, un cine, un teatrito, que si una cena, unas copas, una actividad aventurera…) no dejan de ser excusas o tapaderas para llegar al único fin… sexo, sin que se les note mucho. Luego están los chicos tímidos, que siempre ha habido, pero que no es que se salieran de la tónica general, no, era sólo que les costaba un poco más dar cada uno de los pasos.

Bueno, eso es la leyenda, porque la realidad es distinta. A no ser que la timidez en los mayores de treinta se haya convertido en una grave enfermedad de la que sufrimos pandemia (esa es la documentada opinión de una de mis amigas).

Porque a mí si un hombre me pide el teléfono diciendo que le interesa mucho hablar conmigo… por ejemplo de fútbol, y resulta que a mí me interesa él, pues yo le doy mi teléfono, y pienso que… vamos a ver, lo del fútbol es excusa fijo porque yo hablando de fútbol soy una ignorante casi total y él está rodeado de tíos que hablan de fútbol con mucha más propiedad que yo. Así que le doy mi número, y resulta que él llama, eso sí manteniendo la excusa del fútbol, y quedamos, y hablamos de fútbol, pero poco, y hablamos de otras cosas y nos hacemos los interesantes como corresponde a una primera cita, y tonteamos un poco… y poco más, que un día laborable no da para mucho. El hombre en cuestión se mantiene interesado, yo creo que en mí, y busca una segunda cita, y yo, que ya me he olvidado del fútbol, digo que vale, pero él, por teléfono, sigue hablando de fútbol, y venga fútbol, y más fútbol… y yo ya estoy hecha un lío… ¿a ver si va a resultar que de verdad lo que más le interesa de mí son mis conocimientos futbolísticos?.

Así que he pensado yo que tengo dos opciones: o me empollo las alineaciones de este campeonato de liga o le digo que yo en cuestiones deportivas me inclino más por practicar que por hablar de, y casi no voy a tener tiempo para quedar porque me apunté al equipo de fútbol del barrio y entrenamos a diario. Y no sé por qué me da a mí que optaré por la segunda. A ver si hay suerte y él se apunta también al equipo. Por practicar, digo.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Diálogo

- ¿Qué haces aquí?
- Es mi casa, puedo venir cuando quiera.
- Como desapareciste sin decir nada…
- Quizá a los demás no les dije nada, pero a ti sí.
- ¿Qué te ha pasado?
- Es cosa mía.
- Quedamos en que nos lo contaríamos todo.
- No, yo nunca dije eso.
- Pues yo creí que…
- No sé lo que creíste o no pero nunca fueron esas las reglas.
- Es lo normal en estas relaciones.
- ¿El qué?
- Contar todo.
- No sé si es lo normal o no, pero no lo va a ser en ésta.
- Una relación es cosa de dos.
- Esta sabes que no, aquí hay mucha gente alrededor.
- Pero los importantes somos nosotros dos.
- Vale, eso sí. Pero no eres tú el que manda.
- ¡Ah! ¿no?
- Pues evidentemente no, soy yo la que decide hasta dónde quiero llegar o no.
- Así que me utilizas, me manipulas.
- Dicho así suena muy fuerte, pero supongo que sí, es algo así.
- ¿Y cuál es mi papel entonces? ¿Esperarte aquí eternamente mientras tú apareces y desapareces?
- Pues… ahora que lo dices… sí, eso es, justo ese debe ser tu papel.
- No me parece justo, no quiero que hagas eso, quiero que sigas aquí, que me visites todos los días, que me dediques mucho tiempo, que me cuentes todas tus cosas, que invites a todos tus amigos y conocidos a estar con nosotros, que no te olvides de mí, quiero que…
- Ya está bien.
- ¿Ya está bien de qué?
- De exigir. Entérate de una vez, eres un blog, sólo un blog, no tienes ningún derecho sobre mí. Ninguno.
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- Dime por lo menos… ¿has venido para quedarte?
- No lo sé.
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- Vale. No hay problema. Vuelve cuando quieras. Yo estaré aquí.