jueves, 8 de enero de 2009

Se acabó

En estas vacaciones, y por razones no del todo previstas, he tenido tiempo más que de sobra para lo que un coyuntural compañero de viaje denominaba “profunda introspección”. Según su teoría, en el mundo actual nos dedicamos poco a pensar y mucho a actuar, así que todos necesitamos dedicar un tiempo a esas profundidades de vez en cuando. Y, pobre hombre, no le iba yo a quitar la razón, pero lo que para algunos puede ser una necesidad, para otros, como yo mismamente, no debería ser sino el desencadenante para que se dispararan las alarmas más alarmantes: ni-no-ni-no-ni-no-ni-no deja de pensar, Ana ni-no-ni-no-ni-no-ni-no por Dios, Ana, DE JA DE PEN SAR… Porque tengo que reconocer que es muy difícil que mis momentos de introspección profundísima terminen sin damnificados. Pero nada, las alarmas no sonaron, y aquí estoy, ejecutando la primera sentencia resultante: se acabó el blog.

El caso es que podría alegar un montón de causas racionales para terminar, pero ninguna sería cierta del todo. La única verdad es la sensación de que este proyecto ya ha llegado a su fin, sin más.

Este blog ha sido una ventana abierta a parte de mi vida durante algo más de un año. Ha llegado la hora de cerrarla. La mayoría de mis pocos, aunque muy fieles, lectores tenéis abierta ya alguna otra ventana o, incluso, puerta a esa mi vida real quizá no muy distinta de la del blog. Esas ventanas y puertas podréis seguirlas usando con la misma asiduidad, y mi vida os seguirá recibiendo con el mismo o incluso mayor entusiasmo.

Por mi parte, y como propósito para el año nuevo, intentaré incrementar los momentos de extrospección (si es que eso existe) y tener muy controladitos a los contrarios, que con un damnificado por año ya es suficiente.

¡Suerte en el 2009!

domingo, 28 de diciembre de 2008

10.000... ¿o 9.999?

Vaya, qué suerte la mía. Resulta que yo había pensado dar un premio al visitante número 10.000, por aquello de que es una cifra redonda, y porque sí, que para eso es mío el blog. La verdad es que no había pensado qué pero me pareció que tenía tiempo de sobra para pensarlo, dado que el ritmo de visitas ha bajado en las últimas semanas, mayormente por la crisis pienso yo, que es la que tiene la culpa de todo, que si no ¿por qué iba a decrecer el interés en mi blog? (esta pregunta es absolutamente retórica, no espero ninguna respuesta, ninguna ¿entendido?).
Una idea que se me había ocurrido era dedicar un post al visitante correspondiente, pero dado que la mayoría de las entradas que recibo de google siguen siendo de los internautas que buscan fotos de "ana simón desnuda" pues lo mismo era mejor buscársela yo y publicarles una, ahora que esto a mi padre no le iba a gustar, y además para compensar a esas mis lectoras de gustos tradicionales, tendría que publicar otra de... de ... ¿Brad? ¿Derek? ¿o lo mismo Darek? ... buff, un lío. Además, al pensar en cifras redondas pues pensé yo también que a mí el 10.000 no me gusta, y que quizá la mejor cifra fuera el 9.999, que está cerca y me gusta más.
Pero andaba yo perdiendo el tiempo en divagar sobre el premio y la cifra cuando de pronto, y como suele ocurrir hasta en lo más importante... va el acontecimiento y ¡pum! se produce antes de tiempo. Y me ha pillado desprevenida. Pero he decidido actuar, rápidamente, sin dilación y, dado que el visitante número 10.000... ha sido...
...
...
... una servidora (seguro la visitante más asidua), voy a cumplir con lo previsto y premiarme como, sin duda, merezco. Lo de dedicarme un post es tontería, porque anda que no me he dedicado ya, lo de la foto de ana simón... pues casi que no... lo de las fotos de los otros... pues... no sé... si quiero verlas ya las busco y las miro ¿no?, que digo yo que no estará tan difícil como las de Ana Simón ...
Descartados, entonces, post y fotos, así como y, al menos por el momento, coche, casa, apartamentoenSantaPolaAlicante, novio/ligue/pareja/amante, un talón lleno de ceros, o cualquier otra cosa que pudiera resultarme excesivamente gravosa (en dinero o en complicaciones mentales), he decidido regalarme... una hora. Sí, una hora, pero no una hora cualquiera: una hora del 2009 (sí, porque termina en 9). Aunque tenga que restársela al 2008.
La pena es que conseguir esa horita me va a costar un largo viaje. Sí, una pena... una gordísima pena. Voy a ver si haciendo la maleta se me pasa.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Navidad

Llevo unos días que estoy sembrada. De inteligencia, aplomo y seguridad. Con decir que en la última película que he visto hay varias escenas que no he entendido y me las han tenido que explicar mis hijos... (sí, era de dibus y no, no pienso decir el título, como autohumillación esto ya me parece suficiente).

Además resulta que, una vez que está una floja, va el entorno y se ensaña... un par de virus sucesivos, el tráfico en Madrid, un nuevo sucedido imposible en mi corta familia (esta vez en nuestra contra), las intrigas de casi adolescentes en el trabajo, las pelis de dibus o... mismamente las fechas, que no hay nada como unas fiestas navideñas cuando el aplomo flojea.

Así que aquí estoy, en la casa de mis mayores, a punto de estabular a ocho menores en un comedor de veinte metros, mientras los nueve comensales adultos hacen como si creyeran que por una vez van a cenar tranquilos...JA!. Podríamos hacer apuestas sobre qué adulto perderá el primero la paciencia (mi padre tiene muuuuuchas papeletas, pero a veces nos sorprende y delega su cargo de impaciente en otro de nosotros), quiénes se enzarzarán en la primera pelea a puñetazos (en los menores, esto sólo pasa en los menores... por lo menos hasta ahora), quién será el primer lesionado o cuánto tardaré yo en sentirme un grano dentro de mi tradicional ambiente familiar de parejas eternas. Cosas de la Navidad.

Encima mis altas hermanas se me presentan todos los años subidas al taconazo, peinadas de pelu, maquilladas de fiesta y llenas de plateados y yo, ... pues lo dicho, parezco un grano, o una espinilla, que es más chiquita. Así que he decidido que este año no me pillan, que una si ha de ser grano lo será, pero un grano elegante y fashion: de plata, rimel y melena al viento. Que los granos también sabemos vestirnos de fiesta.

FELIZ NAVIDAD A TODOS.

domingo, 21 de diciembre de 2008

21 de diciembre

Hoy es un día optimista. El más optimista del año. Es el día más corto, el de menos luz, el de más sombra y oscuridad. Por eso mismo. Porque hoy todos esos a los que nos gusta la luz, podemos tener la certeza de que a partir de mañana tendremos cada día un poquito más. Muy poquito al principio, sí, pero avanzando seguro, algo que, por otra parte, es mucho más de lo que puedo decir de cualquier otro de mis actuales proyectos y aspiraciones. Y, además, esto se va a producir sin depender en nada de la suerte, de las decisiones propias y ajenas, de los vaivenes de la crisis económica, de mi empeño personal, mi finita paciencia, las decisiones de los que me rodean, mis rezos y los de mis mayores, de las insensatas pretensiones de mis jefes, de mis cruces de dedos, de los estados de ánimo míos y de los que me rodean, de sus esfuerzos… nada, de nada va a depender. Así, sin más y porque sí, a partir de mañana cada día habrá más luz. Seguro. Y, vaya, no es que me vaya a solucionar la vida, pero un poquito me la va a mejorar, cada día un poquito.

Y de lo demás… pues bueno, ya me seguiré ocupando yo… confiando en mi suerte, en mi capacidad para elegir y tomar decisiones, en mi empeño personal, en la colaboración de mis afectos, en mi paciencia (finita pero elástica), en mis rezos y en los de mis mayores y en el empeño y apoyo incondicional de mis menores. Vamos, con todas las armas en pie de guerra. Como siempre.

martes, 16 de diciembre de 2008

Intuición

Yo, como muchas otras personas, creo que más entre las de mi sexo, tengo frecuentes intuiciones: sensaciones de que alguien a quien acabo de conocer será importante en mi vida, de que alguien con apariencia de ángel es más malo que un demonio, de que alguna aventura insensata va a salir bien, en contra de todas las previsiones racionales… o, simplemente, la de que algo está a punto de pasar. Intuiciones básicas. A veces en situaciones nimias, alguna de las cuales le hace a uno de mis hijos estar convencido de que soy un poco maga (bruja sería, según otras versiones), y así se lo cuenta a sus amigos.

Ya conté que llegué al viernes pasado con la profunda intuición de que me iba a aflorar un espíritu, el navideño. Y, para seguir invocándole, acompañé al aprendiz de mago a un teatro en su cole: niños disfrazados de pastores, villancicos, padres babeantes, niños subiéndose en las sillas, deseos de paz y amor, niños gritando… Era la prueba determinante. Y afloró, vaya si afloró, lo malo es que yo había tenido cierta confusión de señales en mi intuición y lo que afloró no era un espíritu, era… un virus. Gástrico. Que me ha tenido en danza (es un decir) todo el fin de semana. Que yo ya puesta a estar en danza hubiera preferido un espíritu, incluso el navideño. Pero no he podido elegir.

Es la peguita que tienen las intuiciones, que no suelen venir muy detalladas y a veces la aparición no coincide exactamente con lo que una esperaba. La ventaja, por otra parte, es que una vez realizada la aparición, la intuición desapareció y ya no tengo la presión de pensar “a saber qué se me va a aparecer ahora”, y puedo pasar la semana relajadita. Sin intuiciones. Ni apariciones. Que luego te dan unos sustos…


…Bueno, o no, que ocasiones también ha habido en que imprevistas apariciones se convierten en el mejor de los regalos.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Espíritu navideño

Para esta semana me tocaba escribir un post pre-navideño. Sí. Me tocaba. Lo había decidido yo. Así que estoy desde el lunes esperando que me aflore el espíritu, pacientemente. No creáis que lo he dejado sólo a que viniera sin más, no, yo me he esforzado: me he paseado por las calles con un frío espantoso, he mirado fijamente las lucecitas, he ido incluso a ver Cortylandia sin los niños (que eso roza el masoquismo), he comprado lotería de Navidad, hemos puesto el Belén en casa, he visto un par de veces el anuncio de Freixenet, otras tres o cuatro el “vuelveacasavuelve”, estoy preparando los disfraces para los niños… pero nada, no hay manera, no me aflora. Y se me va la semana, así, a lo tonto, sin escribir.

Por eso escribo hoy, para pedir disculpas a los lectores asiduos. Disculpas por no haberles ofrecido entretenimiento esta semana. Lo siento, pero es que no he sido capaz.

Por otra parte también debéis ser conscientes de la suerte que hemos tenido todos. Porque yo, si hubiera conseguido escribir algo esta semana, hubiera sido un texto de esos blanditos, amables, casi cursis, de esos de llorar, que en este mes se perdona todo, y yo cuando escribo de llorar… pues lloro, por acompañar al texto. Y no me apetece mucho. Además, ahora en cuanto a vosotros lectores, para leer un post de esos y quedarse contento hay que tener mucho espíritu navideño, pero mucho, mucho, que si no son un tostón infumable. Así que, mira, yo me habré ahorrado el post de esta semana pero vosotros… vosotros no habéis tenido que tragároslo. Todos salimos ganando. Vaya suerte que tenemos.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

De los hombres y la bechamel

Ya conté en otro texto hace unos meses que entender a los hombres y a la bechamel a mí me exige el mismo esfuerzo mental. Resulta que ayer mientras daba vueltas en la sartén a mi último alarde gastronómico, di en descubrir que lo de mi esfuerzo mental no es la única analogía. Veamos:

En las bechameles que yo hago hay dos tipos básicos:

1. la de los huevos rellenos: que ha de ser sólo una salsa, ligera y casi volátil, requiere poquito esfuerzo y dura el tiempo justito de echarla sobre los huevos y llevarla al comedor, visto y no visto, agradable al paladar, te alegra el ratito mientras la comes y al llegar a los postres ya te olvidaste de ella.

2. luego está la de croquetas, que sería una masa consistente, esta me exige un esfuerzo mayor porque la textura ha de ser más fuerte, y para conseguir esa textura hay que ir removiendo con paciencia, poco a poco, con dedicación, para que quede más firme, estable, y pueda ser perdurable más allá de esa tarde (la tradicional bandeja de croquetas al congelador) sin perder sabor.

La situación ideal sería que yo me pusiera a hacer bechamel de croquetas y me saliera esa o que con los huevos cocidos ya rellenos yo me pusiera a hacer la bechamel número uno y me saliera. Pues no. En mi vida las situaciones ideales no existen y la probabilidad de que a mí me salga una bechamel u otra es absolutamente aleatoria, así que hay días que queremos cenar croquetas y no hay manera y otros en los que con los huevitos rellenos tan monos en sus platitos lo que a mí me sale pesa más que los mismos huevos. Y, claro, esto puede frustrar, por lo de traicionar expectativas preexistentes, más que nada.

En los hombres que yo me encuentro hay también dos tipos básicos:
1. el hombre croqueta.
2. el hombre salsa.
Las cualidades de cada uno son parecidas a las de las bechameles de los mismos tipos. Y no creo que haga falta detallar más (tened en cuenta además que me lee mi padre). El problema tradicional ha sido, como con las bechameles… la preasignación de tipologías: que veía yo a un hombre con pinta de croqueta… me salía salsa, que le veía yo un cuerpo de salsa que no veas… él pretendía ser croqueta. Y así no hay manera. Todo por culpa de las preasignaciones tipológicas.

Así que yo ahora tengo un nuevo sistema para afrontar los inicios de relación con… las bechameles: la mentalidad flexible. Sólo enciendo el fuego si estoy relajadita y dispuesta a admitir sorpresas. Que resulta que sale pastosa… cenamos croquetas, esa noche y otras cuantas más. Que sale salsita… pues… salsita cenamos. Que se llena de grumos y hay que tirarla… pues nada, se tira, cenamos otra cosa y lo de la bechamel se intenta otro día de mayor inspiración. Y así todos tan contentos, sin frustraciones. Que al fin y al cabo demostrado está que una puede vivir sin cenar bechamel mucho tiempo, pero mucho, mucho.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Un año

La conocí hace algo más de un año, en octubre. Intercambiamos un par de frases cortas, y enseguida nos caímos bien. Empezamos a intimar poco a poco, enseguida me presentó a sus compañeros de piso y, cuando yo empezaba a ilusionarme, me habló de su jarrón. Yo no supe qué pensar. Quería que fuéramos algo más que amigos, pero me asusté un poco cuando me contó que ella… eran tres, aunque enseguida decidí que quería continuar y entonces fue cuando me habló de José. Todo iba muy bien, nos veíamos tres y hasta cuatro veces por semana, y hablábamos. Yo soy de pocas palabras pero ella… ella no: un día era María Jesús, otro alguno de sus importantes proyectos, otro día su visión del mundo… no sé, hablábamos mucho. Y empecé a sentir eso que muchos buscamos, la magia, con ella, y soñé con llevármela a París, pero luego decidí que mejor no, para qué movernos. Y nos quedamos aquí, sin frustraciones. Ella seguía con su vida: nadaba… o solapaba, y me lo iba contando. Ya para marzo empecé a ver su mundo de colores y quise dar un paso más en nuestra relación: la miré a los ojos y sentí vértigo. Era difícil pensar en ser pareja, muy difícil, además yo no estaba seguro de si sabía ciertamente con quién estaba hablando. Poco después ella empezó a mostrarse inquieta y, al llegar la primavera, parecía que todo iba a quedarse en humo, ya no estaba tan contenta cuando estaba conmigo, seguíamos viéndonos, pero yo sentía que buscaba algo más, y, probablemente, no conmigo. Quise pedirle que se quedara pero no supe cómo hacerme entender, así que en junio, después de avisar que había problemas, se me fue de vacaciones.

Yo me quedé triste, esperando su vuelta. Las vacaciones le sentaron bien, volvió hablando de superhéroes, pero al llegar el otoño la ansiedad regresó también y ella desapareció, otra vez, ésta sin avisar.


Yo me enfadé pero… con ella no valen las presiones, así que aquí estoy, triste, solo, otra vez, esperando que venga. Y recordando este corto pero sustancioso año que hemos pasado juntos. Ella, Ana, y yo, su blog.
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viernes, 21 de noviembre de 2008

Padre solo

Durante unos años uno de mis hijos parecía ser el único de su clase con una familia diferente de la tradicional. El otro día la madre de uno de sus amigos me contó que ya no era el único, al menos otras dos parejas de padres de niños de la clase están separados. A mí, que no me alegran las desgracias ajenas, y menos cuando hay niños por medio, tampoco es que me sorprendiera mucho, porque cada vez es más común, pero lo que sí me sorprendió fue la forma que otras madres han tenido de darse cuenta de la separación.

Los datos concluyentes sobre la ruptura matrimonial de los padres han sido: en el primer caso, que el padre, que nunca recogía a la niña, ahora lo hace una vez por semana con un descapotable rojo que aparca en doble fila a la puerta del cole y en el segundo que el padre, que nunca llevaba a la niña al parque, ahora una tarde a la semana se pasea por él mientras la niña juega con los amigos.

El caso es que la idea general suele ser que las separaciones de los padres siempre perjudican a los niños, sobre todo porque empiezan a ver menos a su padre, pero yo ya no estoy segura. Porque resulta que hay muchos padres que apenas ven a sus hijos durante la semana y de pronto (y por resolución judicial) pasan a tenerlos en exclusiva al menos un día laborable a la semana y dos fines de semana al mes. Son hombres a los que la misma resolución que les apea del tratamiento de “marido” les sitúa como “padre solo”, y han de ejercer una función que quizá nunca se ocuparon de ejercer. En cuanto a los niños, siendo cierto que muchas separaciones les hacen perder el contacto con su padre, hay ocasiones en las que lo que les permiten es descubrirlo.

Para mí lo más llamativo de todo esto es que haya padres que necesiten una resolución judicial para dedicar a sus hijos una tarde. Quizá deberían empezar a dictarse más.

martes, 11 de noviembre de 2008

Hombres

Con la mayoría de mis amig@s yo podría decir que comparto sexo si no fuera porque podría inducir a error, lo que yo más bien comparto es género gramatical. Porque, para mi desgracia, con esa parte (la verdad no muy amplia) de la humanidad con la que he compartido, puedo compartir o, lo que es mucho peor, aspiro a compartir… sexo, lo que no comparto es el género gramatical, y de ahí nacen gran parte de mis problemas.

Porque yo su lenguaje lo entiendo sí, todas las palabras, una por una, que tampoco es para tanto, pero sus intenciones…

La leyenda dice que cuando un “tío” te llama para quedar siempre quiere sexo, y cuanto antes, que las citas previas (que si un café, un cine, un teatrito, que si una cena, unas copas, una actividad aventurera…) no dejan de ser excusas o tapaderas para llegar al único fin… sexo, sin que se les note mucho. Luego están los chicos tímidos, que siempre ha habido, pero que no es que se salieran de la tónica general, no, era sólo que les costaba un poco más dar cada uno de los pasos.

Bueno, eso es la leyenda, porque la realidad es distinta. A no ser que la timidez en los mayores de treinta se haya convertido en una grave enfermedad de la que sufrimos pandemia (esa es la documentada opinión de una de mis amigas).

Porque a mí si un hombre me pide el teléfono diciendo que le interesa mucho hablar conmigo… por ejemplo de fútbol, y resulta que a mí me interesa él, pues yo le doy mi teléfono, y pienso que… vamos a ver, lo del fútbol es excusa fijo porque yo hablando de fútbol soy una ignorante casi total y él está rodeado de tíos que hablan de fútbol con mucha más propiedad que yo. Así que le doy mi número, y resulta que él llama, eso sí manteniendo la excusa del fútbol, y quedamos, y hablamos de fútbol, pero poco, y hablamos de otras cosas y nos hacemos los interesantes como corresponde a una primera cita, y tonteamos un poco… y poco más, que un día laborable no da para mucho. El hombre en cuestión se mantiene interesado, yo creo que en mí, y busca una segunda cita, y yo, que ya me he olvidado del fútbol, digo que vale, pero él, por teléfono, sigue hablando de fútbol, y venga fútbol, y más fútbol… y yo ya estoy hecha un lío… ¿a ver si va a resultar que de verdad lo que más le interesa de mí son mis conocimientos futbolísticos?.

Así que he pensado yo que tengo dos opciones: o me empollo las alineaciones de este campeonato de liga o le digo que yo en cuestiones deportivas me inclino más por practicar que por hablar de, y casi no voy a tener tiempo para quedar porque me apunté al equipo de fútbol del barrio y entrenamos a diario. Y no sé por qué me da a mí que optaré por la segunda. A ver si hay suerte y él se apunta también al equipo. Por practicar, digo.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Diálogo

- ¿Qué haces aquí?
- Es mi casa, puedo venir cuando quiera.
- Como desapareciste sin decir nada…
- Quizá a los demás no les dije nada, pero a ti sí.
- ¿Qué te ha pasado?
- Es cosa mía.
- Quedamos en que nos lo contaríamos todo.
- No, yo nunca dije eso.
- Pues yo creí que…
- No sé lo que creíste o no pero nunca fueron esas las reglas.
- Es lo normal en estas relaciones.
- ¿El qué?
- Contar todo.
- No sé si es lo normal o no, pero no lo va a ser en ésta.
- Una relación es cosa de dos.
- Esta sabes que no, aquí hay mucha gente alrededor.
- Pero los importantes somos nosotros dos.
- Vale, eso sí. Pero no eres tú el que manda.
- ¡Ah! ¿no?
- Pues evidentemente no, soy yo la que decide hasta dónde quiero llegar o no.
- Así que me utilizas, me manipulas.
- Dicho así suena muy fuerte, pero supongo que sí, es algo así.
- ¿Y cuál es mi papel entonces? ¿Esperarte aquí eternamente mientras tú apareces y desapareces?
- Pues… ahora que lo dices… sí, eso es, justo ese debe ser tu papel.
- No me parece justo, no quiero que hagas eso, quiero que sigas aquí, que me visites todos los días, que me dediques mucho tiempo, que me cuentes todas tus cosas, que invites a todos tus amigos y conocidos a estar con nosotros, que no te olvides de mí, quiero que…
- Ya está bien.
- ¿Ya está bien de qué?
- De exigir. Entérate de una vez, eres un blog, sólo un blog, no tienes ningún derecho sobre mí. Ninguno.
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- Dime por lo menos… ¿has venido para quedarte?
- No lo sé.
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- Vale. No hay problema. Vuelve cuando quieras. Yo estaré aquí.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Mi final del verano

El verano empieza en junio. El verano de todos, digo. El mío también. A veces coincide con el solsticio oficial pero otras no. Este año casi, casi. Mi verano suele empezar con las vacaciones escolares, porque es entonces cuando la vida habitual cambia, los horarios pueden relajarse y estamos en la calle casi continuamente. En las calles de siempre o en otras nuevas, en el campo, en la playa, en montañas, en pueblos nuevos o en lugares ya conocidos, pero al aire libre, casi todo el día. Y mis horizontes se amplían. Y me acostumbro a que desde mi ventana se vea el monte, o el campo, o el mar y el horizonte esté lejos. A que la tormenta se vea, no sólo se oiga el sonido del agua y el estallido de un trueno. A que, cuando el cielo abre, se divise a lo lejos.

Pero luego vuelvo a Madrid, y mi horizonte diario termina en la casa del vecino de enfrente, y mi campo es un parque vallado, y mi montaña la cuesta que tengo que subir hasta el metro. Y me cuesta acostumbrarme. Y me subleva Madrid. El cambiar barcos por rascacielos, la tumbona por el sofá, los “nos vemos en un rato” por “a ver si cuadramos agendas”, los paseos a pie por los viajes en metro, autobús o coche… Es difícil, pero lo termino consiguiendo y, cuando lo hago, es cuando para mí empieza de verdad el otoño, mi otoño en Madrid.

Ayer pasé, rozando el amanecer, un puente que cruza la Castellana y, gracias a uno de los primeros atascos otoñales, tuve que parar arriba un ratito. Castellana arriba y Castellana abajo en los altos edificios iban encendiéndose luces, la avenida despertaba poco a poco a la ajetreada vida habitual, como yo, y el horizonte me pareció grande, muy grande, como a mí me gusta. Y me sentí bien, y sonreí, un poquito. Bienvenida a Madrid, Ana, pensé.

Y, ya que me había acostumbrado… entré a saco en el pensamiento otoñal habitual en Madrid a esas horas: joder, que llego tarde…

domingo, 21 de septiembre de 2008

Ansiedad

En un aeropuerto “no identificado” del Estado de Maryland, en Estados Unidos, el Departamento de Seguridad Interior está observando a los pasajeros a través de un avanzado detector de ansiedad, a la búsqueda de terroristas. Dice la noticia que al parecer “hay expertos que han puesto en duda la correlación trazada entre sufrir ansiedad y estar a punto de cometer un atentado terrorista”. Es decir, que los expertos en estas cosas (por ejemplo un sicólogo de la Universidad de Michigan) no rechazan la correlación, no, sólo la ponen en duda, o sea que sí contemplan como muy probable la opción de que haya una íntima correlación entre sufrir ansiedad y estar a punto de cometer un atentado terrorista. Y yo no sé si entregarme ya.

Que la coincidencia en el tiempo del final de las relajantes vacaciones, el comienzo del curso escolar, el estrés laboral, los cambios en el tiempo meteorológico, alguna variación hormonal y los parece inevitables imprevistos domésticos, producen una ansiedad que no veas. Y el caso es que la opción de entregarme tampoco me parece tan mala porque, como cualquier delincuente que se precie, yo tiraría enseguida de la manta y aportaría una laaaaaarga relación de conocidos (bueno, mayormente conocidas) que pueden estarapuntodecometerunatentadoterrorista pero también incluiría una sugerencia a la autoridad competente como posible tratamiento de choque: un visionado de ¡Mamma Mía! con el sonido bien alto y en una sala grandecita para poder bailar todo lo bailable. Y seguro se nos quita la ansiedad… al menos hasta que volvamos a casa. Ahora que lo mismo nos da por planear el secuestro simultáneo de Colin Firth y Pierce Brosnan para destinarlos a uso doméstico. Pero, tranquilas autoridades, que no les haríamos ningún daño, de verdad de la buena, ninguno, ninguno.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Primer día de cole

Un nuevo profe y un nuevo pupitre, nuevos también el lápiz, la goma y el sacapuntas. Y, para guardarlos, el profe reparte un pequeño estuche de Mickey Mouse, también nuevo. Con el tamaño justo, para el lápiz, la goma, el sacapuntas. Pero algo pasa:

- Profeee, que mi estuche no cierra.

- El mío tampoco.

- Es que no cabe.

- Esto es muy chico, profe.

- Vaya, si probé y sobraba sitio. Intentadlo otra vez, apretad un poco.

Y sí, al apretarlo entra. El profe no lo entiende, los niños tampoco. Todos cuchichean. Todos menos uno. Marcos calla. Él lo ha visto todo. Él sabe que ahora en los estuches hay muchas más cosas, aunque no se vean. Una bruja buena, que él conoce bien, se ha dado un garbeo por la clase y ha ido soltando en cada estuche unos copos de valor, ciertas dosis de energía, cuarto y mitad de tesón, y cientos de motitas de esperanza. Nadie más la ha visto, y él no lo va a contar, porque no quiere que se rían de él. La bruja sabe que su secreto está a salvo, por eso al marcharse le ha guiñado un ojo. Y Marcos, que sabe ya muy bien cómo hay que tratar a las chicas, le ha respondido con un beso.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Rouge en los labios

Los expertos en hábitos de consumo han dado en estudiar sus variaciones en épocas de crisis económica y, supongo que tras costosos y largos trabajos de investigación de mercado y opinión, han llegado a la conclusión de que las españolas en tiempos de crisis compramos más barras de labios. Y resulta que también se incrementan las ventas de corbatas para los chicos. Pues tampoco hacía falta estudiarlo mucho, creo yo.

Es de dominio público el absurdo tópico (tan absurdo como real) de que a las chicas en tiempos de crisis (personales, no económicas) nos da por comprar. Si andas sobrada de pasta el tour te lleva por tiendas de modistos con nombre y apellido (incluso dice la leyenda que algunas se van a Nueva York), si resulta estás más justita de fondos... con Zara te arreglas, si estás a fin de mes te vas a la perfumería y echas la tarde para elegir un rouge de labios y un rimel con efecto alargador y rizador de pestañas, y si la cosa está ya más jodidilla, qué se le va a hacer: rouge de labios, nada más.

Lo de las corbatas no lo veo tan claro. No tengo ni idea de cómo solucionan ellos sus crisis personales más allá de los métodos clásicos de incrementar las salidas de copas, jugar con los amigos partidillos de fútbol o pádel, o darse a la multiaventura como si de una bebida alcohólica se tratara, pero lo de comprarse corbatas no me suena. Sí es seguro que las que les compran corbatas en tiempos de crisis son sus chicas. En tiempos de crisis de pareja me refiero. Porque cuando la rutina anida en una casa y la parte femenina del cotarro empieza a quejarse a sus amigas de que con lo divertido que era su chico (y aún lo sigue siendo de puertas afuera, suele añadir) en casa ya se ha convertido en uno más de los muebles del salón... el siguiente paso, y acción habitual cuando una se aburre de los muebles, es cambiar la tapicería. Y, vaya, retapizar un sofá cuesta un riñón pero una corbatita para el mueble humano es mucho más asequible. Así que lo del incremento en las ventas de las corbatas creo yo que sí estará relacionado con las situaciones de crisis, sí, pero con las conyugales, no con las otras. Y lo del cambio de corbata es tan sólo una primera medida de intento de salvación (así que estad atentos chicos), pero los efectos suelen ser débiles y pasajeros. De resultas de lo anterior podríamos deducir (tal como si de un sesudo estudio de cualquier universidad se tratara) que el verdadero mercado emergente este otoño va a ser ...el de hombres impares.

Así que voy a ir avisando a mis amigas solteras de este subidón en las ventas de corbatas, porque tendremos que ir afilando el rouge. Que nunca se sabe, lo mismo sale al mercado algo aprovechable.

martes, 9 de septiembre de 2008

Viriato

Ayer estuve forrando los libros para el nuevo curso de los niños. Bueno, ayer, antes de ayer, el sábado... y lo que me queda. A la vez que los forraba he estado echando un vistazo a cada uno, por saber más o menos de qué van y por buscar si está Viriato.
Cuando yo iba a párvulos (más o menos la educación infantil de ahora) teníamos un sólo libro por lo que, comparativamente, mis hijos van a ser al menos doce o catorce veces más listos que yo. Ese libro se llamaba "El parvulito". Evidentemente no me acuerdo de todo su contenido, pero sí de una página que se me quedó grabada a mis tiernos cuatro o cinco años. La ilustración reflejaba a un hombre moreno medio tumbado sobre una cama intentando protegerse con los brazos del ataque con cuchillos de otros tres hombres. Sí, bonita ilustración para niños de párvulos. Luego llegaba la explicación de la profe: el pobre hombre tumbado era Viriato, un héroe español que luchó valientemente contra los romanos, los otros tres (que lo que estaban haciendo era matarlo), eran sus capitanes, sus amigos según la explicación de la señorita Marisa. Guay. Ya a los cinco años yo me había enterado de que a uno sus amigos le pueden matar... ¿y cómo puñetas querían mis padres que yo fuera una niña sociable?. Así me pasó, tuve que pasar largos años de soledad, timidez e inseguridad. Todo por Viriato.
Y yo no quiero que eso les pase a mis niños. Así que estoy tan contenta, porque en los libros de ahora ya no existe Viriato. Quizá es por eso que valen su precio en oro. Quizá.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Casarse a los ochenta

Ayer yo había decidido dedicar mi tarde a conocer algún hecho histórico en profundidad y, ojeando la programación televisiva, observé que una cadena de televisión me lo iba a poner muy fácil, emitiendo una entrevista con la Duquesa de Alba (¿no es ella un hecho histórico en sí misma?). Así que me dediqué a vivirlo intensamente, y vi la entrevista casi entera. Ahora yo podría decir que vi sólo parte porque la vi por casualidad, que yo no suelo ver la tele, que a mí lo que me gusta es leer cuanto más espeso sea mejor, que en la tele yo sólo veo documentales, que soy yo profundamente intelectual… podría, pero sería faltar a la verdad, si no vi la entrevista completa fue porque una amiga y la lavadora se confabularon para entretenerme.

Por si entre mis lectores hay alguno verdaderamente intelectual, que no se haya enterado del tema, voy a resumirlo: la Duquesa de Alba es una señora de más de ochenta años, noble entre las nobles (de los de títulos, digo), forrada, con un montón de hijos adultos (que cambian de pareja cada dos por tres, como dice su madre) y más casas incluso que hijos. La señora se ha enamorado de un señor más joven que ella, nada sorprendente por otra parte, y como parece que él ha hecho lo propio, decidieron casarse. A algunos de los hijos la idea les pareció tan espantosa que decidieron impedir la boda y para eso buscaron incluso la intercesión del Rey, que llamó a la Duquesa para convencerla de que no hiciera locuras. Algo así.

Yo la verdad es que no conozco al Rey más que de vista y creo mi teléfono no figura en su agenda. Creo. Pero por si acaso algún día me lee (que nunca se sabe) y llegamos a ser íntimos, voy a irle avisando. No soy capaz de predecir mi futura vida sentimental, pero lo mismo a los ochenta años los avatares del destino me pillan en situación parecida a la de la Duquesa: con mis hijos crecidos e independientes (seguro más cariñosos que los de la Duquesa), con mi vida y la suya resuelta (espero), con un montón de achaques que traerá la edad (eso seguro) y con alguna esperanza perdida en cuestiones del corazón (si no todas). Si en esas circunstancias resulta que un caballero de buen ver y veinte años menor que yo, se enamora de mí, y yo de él, y los dos decidimos que a la vejez viruelas y que queremos cohabitar con papeles y bendiciones por medio… yo ya os lo advierto, Majestad, casi mejor no me llaméis. Que vuestro tiempo será muy valioso y quizá a mí me pilléis muy ocupada cosiendo un lacito azul a una liga o ensobrando invitaciones.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Septiembre

Ya empezó. Es el mes que más me gusta. El mejor del año. El de los proyectos (quién no tiene uno). El de los regímenes (quién no tiene… ¿varios?). El del aluvión de matrículas en los gimnasios, los polideportivos, las piscinas, los clubes de yoga, las clases de baile de salón, los talleres literarios… (sin comentarios). El de los reencuentros con los amigos, los compañeros… (aunque la mitad vengan cabreados por el fin de las vacaciones). El de los sueños por cumplir (que para fracasar ya está octubre). El de los comienzos (nuevos cursos, nuevos amigos, nuevas actividades, rooopa nueeeva…). El de los planes (“que de este año no pasa”). El de los cambios (aunque sólo sea de talla). El de poner en práctica lo decidido en el verano.


Un mes estupendo para empezar a acercarnos más a la vida que queremos tener.


Yo ya he empezado, que hay que aprovechar el mes. Y he decidido que los cambios van a ser drásticos. Por lo pronto ya le he cambiado la melodía al móvil. Con un par. Ya veremos por dónde salgo mañana. Miedo me doy.

jueves, 28 de agosto de 2008

Iñaki

En casa somos muy de creer en cosas casi increíbles, por ejemplo los superhéroes. Nos gustan, sí.
Los superhéroes son señores con superpoderes, eso está claro. Pero según nuestra edad y género la percepción es diferente: los niños entienden por superpoderes la fuerza física especial, el valor ante el peligro, la visión infrarroja, la enorme rapidez de movimientos, la capacidad de convertirse en fuego… cosas así; la madre, por no ser menos, considera también superpoderes en un hombre la especial fuerza… síquica, el valor ante el espantosísimo peligro de que una relación sentimental se alargue, la visión (infrarroja, miope o de cualquier clase) del cesto de la ropa sucia, la siquiera mínima rapidez de movimientos hacia la solución de un problema doméstico o la capacidad de convertirse en fuego… en al menos la mitad de ocasiones de las que bocanean que lo hacen, cosas así. En lo que sí estábamos de acuerdo los niños y yo es en que empezábamos a dudar de que los hombres con esa clase de superpoderes existieran. Hasta este verano.
Un día fuimos a pasar la tarde a un pueblo cercano a nuestro lugar de vacaciones que celebraba sus fiestas. Entre los jolgorios del día se incluía una exhibición en un polideportivo. Allí, en medio de la pista, una colección de pedruscos tan grandes como los niños y de pesos imposibles. ¿Qué es eso, mamá?. Piedras. ¿Cuánto pesan?. Pues, la que menos, más de lo que pesamos todos los que estamos en este banco. ¡Haaala!. Y entonces fue cuando apareció él, con su aplomo de hombre de verdad (sí, tal cual, como en los anuncios), tan tranquilo, tan sobrio, todo de negro, sin mallas ni capa, modelo superhéroe pero en elegante. Saludó, esparció unos polvitos blancos en las piedras y en sus manos y… allá se fue, a levantar piedras. Hasta casi los 300 kilos. Los niños flipados. ¿Es de verdad?. Sí, mi niño, es de verdad. ¿Y cómo lo hace?. Porque es muy fuerte y ha entrenado mucho (importante colarles ahí el mensaje nada subliminal de que hay que esforzarse y trabajar). Y el canijo con los ojos como platos. Al día siguiente el que empezó a trabajar fue él: levantamiento de taburetes. Mira mamá, soy Iñaki. Perurena. Y se le olvidó Superman.
Así que hoy mis niños ya pueden creer tranquilos en los superhéroes, porque ellos ya han visto uno. Suerte que tienen.

lunes, 25 de agosto de 2008

Pamela Anderson

Durante estas vacaciones mi objetivo principal, no muy original por otra parte, era no tener obligaciones. Descansar, vamos. No realizar actividades profesionales ni obligatorias. Y… no ha sido tan fácil como parecía. Porque resulta que a lo tonto, a lo tonto, lo que he terminado haciendo ha sido cambiar unas actividades profesionales por otras, estas últimas no remuneradas eso sí. Por ejemplo:

Profesora de educación infantil. Vale, sí, ya sé, tengo hijos pequeños, soy su madre, mi obligación es educarlos, de eso no se descansa por mucho que estés de vacaciones… eso ya lo sé, pero durante las vacaciones escolares, mientras sus profes, las de verdad, descansan, resulta que los progenitores recibimos una delegación suya: los niños tienen que hacer deberes. Una horita al día no cuesta nada, dice la profe. Qué simpática. Y yo, muy responsable, decidí asumir la delegación. Reconozco que como profesora no duraría mucho en ningún cole, porque mi horario no ha llegado a la media hora… que es la más estresante del día. Yo empiezo con ánimo, con ganas, con una sonrisa de oreja a oreja y diciendo…¡Vamos a hacer los deberes!, como si fuera un superplanazo. A los niños, que no tienen un pelo de tontos, no les cuela y empiezan las protestas, mi siguiente frase, menos entusiasta, es “¡Vaale, sólo un ratito! y luego nos vamos a la piscina”…, pero tampoco, así que se terminan sentando a la orden de “O te sientas o no vuelves a ver dibus en una semana”. Y como yo soy una madre paciente, aguanto la media hora con la sonrisa en la cara y sin inmutarme… “mi niño, al escribir no te puedes salir de las dos rayitas”, “mi niño, 3 + 5 no son 4, piénsalo otra vez”, “mi niño, ¿qué haces debajo de la mesa?”, “mi niño, no hagas catapultas con los lápices”, “miiii niiiiiñoooo…”, pero la sonrisa se termina convirtiendo en una mueca con dientes muuuuy apretados y opto por hacer la vista gorda y dar por terminada la clase.

Vigilante de la playa. Bueno la verdad es que yo de playa poco, lo mío ha sido más bien de pisci. Supongamos que decidimos ir a la piscina, mi equipación, cómo no, incluye bikini, chanclas, toalla… pero lo más imprescindible son las gafas. ¿Me baño yo con gafas? No ¿Me baño yo en la piscina? Pues… no exactamente. Si yo voy a la piscina con mis hijos sólo entro en el agua para colaborar en alguno de los juegos que se le ocurra al niño de turno, siempre que no haya amiguitos con ellos, que si los hay yo delego (lo he aprendido de sus profes del cole) y sin meter la cabeza en el agua, que queda feo con gafas. Mi actividad principal es estar a no más de dos metros de la cubeta, pendiente de los nadadores incipientes (y no muy duchos) que suelen empeñarse en alejarse lo más posible y estar incluso en piscinas diferentes: yo a la grande, yo a la pequeña, yo a lo hondo… tú… tú aquí, que yo te vea. Pero, aunque lo parezca, esto no es una actividad solitaria, no. La pisci está llena de vigilantes, y una va haciendo pandi, que además si hay suerte y los niños se hacen amiguillos puedes vigilar y conversar a la vez. Lo que no es posible es vigilar, conversar y nadar… bueno, salvo que seas una superheroína, y no es el caso. Así que en todo el verano… ni un solo largo, que para el deporte ya está el invierno. Ya lo he asumido, yo en verano, en la pisci, no soy deportista, soy vigilante. Como Pamela Anderson. Bueno, más o menos.